——- El relato no sería más que una anécdota si no fuera por el final. Durante los dos años de agonía de mis padres, mi hermano Oscar tomó el extraño hábito de hacer inventarios, archivos y casilleros de todas las pertenencias de cada uno de ellos. Su angustia, quizá se calmaba con ese juego neurótico de clasificar, encasillar toda clase de minucias de esos dos mundos que estaban terminando. Quizá se entienda. No sé, cada uno trata de rajar como puede a la muerte de los padres, sobre todo cuando el viaje es largo y doloroso.
A mí y a Ester, que era la principal asistente de la casa, nos causaba gracia el escrúpulo, la neurosis, el orden exasperante con que Oscar clasificaba botellas de perfume vacías, estampitas de comuniones de muertos, vajillas incompletas, arandelas, corchos y toda clase de envases plásticos o metálicos, solo por nombrar algunas de las cosas más inverosímiles que se pueden conservar. Y él, Oscar, como si fuera un entomólogo de Cambridge o el padre de Indiana Jones.
Muertos los viejos, los tres empezamos a hacer clasificaciones parecidas, pero más rápidas y displicentes, ahora y a la inversa, para regalar al roperito, el Ejército de Salvación, asilo de ancianos o directamente, para poner en el container de LIMPAR.
Ahora volvía a darnos gracia la velocidad de mi hermano, pero paradójicamente, a la inversa, para despachar aquellas cosas que tanto afán le habían exigido un año atrás. Su celo desprendido se volvió tan frenético como antes había sido guardador, al punto, que tuvimos que poner cuidado con quitarnos el reloj pulsera y dejarlo distraídamente en la mesa si íbamos a bañarnos en la casa. Todo podía ir velozmente al mendigo que tocara el timbre.
Empezamos a reírnos con Ester, por la razón opuesta que nos causara gracia un año atrás. Pero la risa se terminó anoche, al buscar el pijama de verano de papá, aquel dos piezas rojo a cuadros escoceses que usé todo el estío siguiente a su muerte en que dormí con mamá enferma noche por medio. Un pijama con el que escribí, reescribí y corregí “Mapa”, aquellos meses en que no podía moverme de su lado; los mismos en que el Dr. Estañol me pidió (un 9 de julio, ¡cómo olvidarlo!), que no se la llevara más, (“no la traigas más”, me gritó el médico), ni al consultorio ni al hospital, que la dejara en casa, que no tardaría en hacer el shock hipovolémico de tantas hemorragias. Vivió 7 meses más (20 de enero), así, sangrando, sin comer, sin tragar, sin hablar. Y yo con aquel pijama rojo de papá, el de cuadros escoceses, al final, casi tan deshilachado como ellos dos.
Después del 21 de enero no volví a ponérmelo, volví a mi casa, a mi ropa, pero cada vez que subía a su pieza, lo primero que veía, como una medalla de mi tarea, un pendón humilde pero seguro, eran esas dos prendas colgadas en el perchero, como en ristre, como una armadura de mi dignidad de hijo.
Ese pijama y otro de invierno (con el que grabé los poemas de Gabilondo), y un pullover de terciopelo de mi vieja, con cierrefácil, el que llevaba puesto el último día que fuimos de Estañol, aquel día que llovía y paramos en el semáforo de Bulevard 27 de febrero y Presidente Roca, y ella vio la cúpula del Sagrado Corazón de María y dijo “en esa iglesia nos casamos”. Y más tarde, cuando el médico ya me había dicho que no la llevara más, ella igual quiso parar en la panadería árabe de calle España y compró la docena de bizcochos cuadrados, de masa de pan, que ya casi no se hacían en ningún lado. Y llevaba ese saco de terciopelo. Y eso era todo lo que yo quería guardar, un saco y dos pijamas.
Y justo ayer, Ester viene a Laprida y me avisa que mi hermano estaba regalando toda la ropa de los papis como Francisco de Asís el día que se hizo hermano sol y hermana luna. A cualquiera, con la puerta abierta como esas ventas de garaje de los cuentos de Carver: mendigos, roperito, parroquia, y hacia allá partí apurado por mis botines y cuánta fue mi tristeza al ver el perchero vacío y gritarle, preguntarle, exigirle, por el paradero del pijama, del saco del cierrefàcil. Y él también me gritó y casi nos vamos a las manos (una locura), cuando me dijo que el pijama ése (un ése con desprecio), no era más que un guiñapo. Y luego yo le grité que guiñapo le iba a quedar la jeta si no los encontraba o no se acordaba adónde habían ido a parar.
Y anoche no pude dormir pensando dónde iría hoy a buscar un trapo rojo casa por casa de los desvalidos o desamparados de Tablada. Pero felizmente la neurosis de Oscar le duró también para el desprendimiento. Tenía anotado en un cuaderno “Gloria” dónde había ido a parar (más o menos) cada cosa. Parece que el pijama había ido al roperito de la iglesia San Cayetano, y en ninguna iglesia queda el pan de dios, pero como mi hermano es uno, allá fuimos. Y él quiso venir, entendió la reliquia.
De una parva textil húmeda e informe fuimos desbrozando todo lo que fuera rojo, hasta que apareció la armadura en ristre del verano más triste de mi vida. Oscar se puso a hablar con la vieja pía o arpía que administraba el amor de Dios. La mujer intentó alguna objeción y me pareció ver que Oscar sacó incluso algún billete para pagar lo que era nuestro, o solo mío. Yo ya había salido al atrio, a la calle, corriendo me subí rápido al auto como si me hubiera robado un cáliz bañado en oro o mejor, alguna forma del calor de mi padre.
Ahora mismo, estoy escribiendo esto en mi cama, con el pijama rojo, a cuadros, escoceses. Tranquilo, dichoso, como un remedo del hermano sol, de la hermana luna. En paz con esta noche estrellada, donde en alguna, quién sabe, perviva el calor de cierta desmesura, como siempre le gustaba decir a Bolaño.
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Nunca fui malo en matemáticas; es más, en tercer año de secundaria me enamoré de los algoritmos, conjuntos, ecuaciones, Euclides. Y estuve a punto de …