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Haikus

MARCE RIO 780

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Nunca fui malo en matemáticas; es más, en tercer año de secundaria me enamoré de los algoritmos, conjuntos, ecuaciones, Euclides. Y estuve a punto de seguir con esas ficciones en lugar de éstas. Pero algo me hizo desconfiar de esa pureza vítrica, de esa exactitud cruel, sangrienta, que domina el mundo y que paradójicamente asesinó de un modo bestial a su máximo exponente del siglo, Alan Turing, porque era gay. Por eso, cuando la periodista me preguntó porque yo no escribía HAIKUS, me escapé por esa tangente (geometría también me gustaba) y dije «no escribo haikus porque no se me dan bien las matemáticas…» Ja. No era cierto, pero pensé (y no le dije): ¿Qué es eso de 5-7-5…? Eso es un prefijo, ¿pero cuál es su número? El de ella. Su característica, su DDI, su código postal, su clave de Facebook. Cualquier cosa de ella es más larga que un haiku. Y para peor recordé a Leibniz (dos y dos son cinco), y los números infinitos, primos, y que hasta en el big bang hay algo que tiene una latencia sin límite, algo destructivo, atómico, liberador de una energía sin fin… Ya sé que conceptualmente todo poema es un haiku o un aleph, y más aún, una sola palabra, que seguramente será un verbo… pero no sé, yo prefiero repetir diez veces un sintagma (soy anafórico, obvio) que plantarme en esa reticencia casi muda de no decir lo que tengo que decir, o más aún, nombrar:
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Lo que ves aquí
es un enamorado
el mar de Marce.