© 2014 admin. All rights reserved.

Más lluvia

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

.

Hoy es otro día de lluvia completa en Rosario, además, domingo… la felicidad de un escritor cuando llueve es parecida a la del usurero que ve subir la tasa Líbor o la del chapista que ve caer aquel granizo del 15 de noviembre de 2006, en Rosario. La lluvia tiene para un poeta la misma delicia que estar encerrado en el granero, para el caballo de Felisberto en “La mujer parecida a mí”. Es eso. Un escritor se frota las manos también cuando llueve, pero por diferentes razones. La lluvia es capital para escribir, tiempo psicológico, es recuerdo (“…la lluvia, sin duda es cosa del pasado” –Borges), pero también son los muertos, es decir, la memoria (“la lluvia es de los muertos”, Raúl Gustavo Aguirre), y la lluvia es la infancia, claro, por eso me busqué la vida de Rimbaud, para recordarlo.  Y Macondo, claro, donde siempre llovía, y como tan bien enseñaba Calvino, la lluvia es la fantasía, la ficción, por eso nunca dejaba de llover en Macondo, y por eso no debe dejar nunca de llover para nosotros, escritores. «Y lloverá siempre sobre nosotros», dice en la última línea de su última novela (Cuando ya no importe) el más grande novelista latinoamericano. Y muchas cosas se embellecen con la lluvia, hasta aquel hermoso cementerio marino del poema de Válery, se vuelve (si es posible) todavía más sublime e irreal. He tenido que prender dos fuegos en el altillo, uno más obvio, la estufa, porque hace frío, está muy húmedo y ya saben que ahora cuido también de mi pequeño dinosaurio Tlön, que no se deja ver, pero me habla con el roce de su andar entre los afiches, libros y papeles. Yo lo escucho, él me escucha, porque cuando los dos hacemos silencio, ahí nos quedamos quietos. Uno es presa del otro, como dos enamorados. El otro fuego es lo obtuso, aquello que nunca debe explicarse. Aquello que quizá no tenga explicación.

.

.

Marce