El pronóstico del clima dice que hoy sábado lloverá todo el día (siempre sobre nosotros), en Macondo, en mi altillo y también en el sudeste de Córdoba, donde va la acción de mi novela. Mi altillo, cuyo alrededor mojado y fresco parece todavía más hermoso que el cementerio marino del poema de Válery, ya tiene sonando el disco de Bill Evans y Jim Hall, el Undercurrent. El Sueño de Gipsy, el tema 4, ha sido por diez años la mejor técnica previa para empezar a mover mis dedos o mis manos sobre la escritura en el teclado o en tu cuerpo.
Pero hay otra constatación empírica del pronóstico de escritura de hoy: el tritón no salió esta mañana (a saludar) de su guarida de atrás del grabado de cobre de Matías, siempre allá arriba, cerca de la ventana y a la izquierda. Tlön pertenece a esa raza extinguida de los viejos anarquistas, que alguna vez fueron dinosaurios, y hoy, a las puertas del fin del mundo, se valoran como el momento más feliz de la historia. Tlön no asoma, Febo tampoco, tengo mi ración de tés de cacao, miel y vainilla, mi taza de Bolivia (de ahí están regresando los personajes, justamente), el Jack Daniel (tirando a frío, acá “alta, en el cielo”), cigarrillos Camel (Box, de diez, para alguien que no fuma), jazmines. Bueno, lo último, antes de empezar, la plegaria sencilla de un chamán de Tablada:
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Nunca fui malo en matemáticas; es más, en tercer año de secundaria me enamoré de los algoritmos, conjuntos, ecuaciones, Euclides. Y estuve a punto de …