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El Portador, realismo delirante

marce nadine

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EL PORTADOR cap. 11°, p. 188-190, «el realismo delirante»

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Al primer psicólogo lo dejé por milico, el tipo me daba órdenes, quería guiarme a la salvación y de eso ya me había empachado con los curas. La primera vez que me recomendaron al chamán, me habían dicho que uno pagaba al psicólogo para que lo escuchara, pero resultó que no, que seguía pagando para escuchar reproches y mandamientos. Caramba, dije, ¿pero es que así no era con mi madre?
– Es que usted no se anima a vivir por miedo a que los otros sufran…
– ¡Qué vivo, pensé! ¿y para eso me cobra quinientos pesos? Quinientos pesos por cincuenta minutos. En seco, ni vídeos, ni vaselina, ni un mísero vaso de Criadores. Era más cara que la receta de Rebagliatti y menos divertida: preferible un turno en el Amenábar. Turnos de dos horas, quinientos pesos, con todos los chiches. Hasta más froidiano parecía, ¿froidiano, se dice?
– Conductista… -me dijo Arturo, que era el que me mandaba-. A los psicólogos que mandan, se les dice conductistas. Mi suegro, afligido por mi tristeza de Caín fuera del paraíso, siempre me buscaba algún chamán para el espíritu. Pero hasta las putas que me prestaba se le habían quejado, entonces me recomendó de Nadine.
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Nadine era mujer, psicóloga, analista ortodoxa con un diván de cuerina negra y lencería al tono. Minifaldas, can-can negras y tacones de aguja. Cobraba quinientos pesos y había sesiones de una hora y media. Me dijo las mismas cosas que el conductista. Se ve que mi caso era uno de los tipos psicológicos de Carl Jung o de las fichas del Para Tí, con meter en el computador mis tres o cuatro manías más evidentes y la palabra search, salía titilando en la pantalla el diagnóstico. Caso número dos, decía: Neurosis. El número uno eran los Sicópatas, y el tres, los Borderline. Ja… y yo que creía que el único oficio que se ejercía con formularios era la abogacía.
– Puede quedarse tranquilo -me dijo Nadine-. Desde entonces guardé las pastillas. Sin embargo, después de tres sesiones me hice adicto. A ella. Las can-can negras no fallaban nunca. Ni la mini, ni el tacón de aguja. Nadine me apuntaba con una lapicera fuente que parecía un látigo. No veía la hora de acostarme en el diván, la doctora siempre con las piernas abiertas y yo, sin disimulo mirando hacia esa cavidad oscura que se ubicaba encima de mi cabeza, apenas a treinta centímetros de mi boca. De mi boca lerda, siempre más empeñada en dar discursos que lamidas.
Había días que iba tan sensible a la terapia que podía captar el olor o la transpiración dentro de los can-can. ¡Dios mío! Y pensar que la dicha estaba a sólo treinta centímetros de mi cabeza: la mujer arriba, mandando, aunque no fuera conductista. Toda de negro, tacón aguja, látigo fuente. Nadine me permitía gozar hasta el punto de irme siempre insatisfecho. Pero un día se produjo la rebelión del diván: ser o no ser, y me lancé al ataque. ¿Alguien sabe cómo se seduce al terapista? Yo hacia transferencia y ella, contratransferencia.
A lo máximo que llegamos fue a masturbarnos cada uno en su sitio, una sesión extraña. Ya hacía tiempo que yo iba solamente a la terapia para adivinar la forma de su vulva, la pelambre, el perfume y el sudor. Cada vez me agitaba más en las sesiones. Revolcando la cabeza en el diván fue inevitable que ella se diera cuenta y también empezara a inquietarse. Al fin y al cabo era una mujer y yo le agitaba una cabeza a treinta centímetros de distancia. Lo hice con educación. No crean que empecé a menearme como un pajero. Dejaba pasar dos o tres minutos, y de pronto le avanzaba un poco la cabeza hacia su silla de controles. Me movía hacía arriba imperceptiblemente y luego, ya más cerca de ella, en forma de péndulo. Ella empezó a recibir las ondas y a emitir más sudor que de costumbre. No podía evitar abrir y cerrar las piernas, y yo siempre igual en estos casos, sin acordarme las palabras, sólo los gestos. No sé si seguí hablando… ¡qué puedo haber dicho! Al final, cuando mi cabeza tocó sus rodillas los dos estábamos en llamas. Quise seguir hacia las piernas, pero ella dijo que no, que era un disparate, que por ese día me fuera. Le dije que eso era histeria. Yo no era el médico, dijo ella. Seguí hurgando con mi cabeza, y era verdad, todo era negro, medias, pollera, blusa, braga y el pelo de la vulva. El sudor era fuerte y el perfume desvaído por las horas y los chasquidos de las lenguas… ¿Por qué hablará el hombre? El lenguaje debe ser un castigo. Ella dijo no, no y no… ¡Basta! Y me fui en seco, con un semen tan abundante que parecía haberme orinado. No iba a volver, dije, que se jodiera, aunque era evidente que yo era el más perjudicado.
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M a r c e