© 2014 admin. All rights reserved.

EL PORTADOR, frag. «la infancia»

Marce B y N

.

NOVELA EL PORTADOR, p. 253-6

.

Cuando era chico me asustaba solo. Me encerraba en un cuartito de trastos en la terraza, una especie de altillo, apagaba la luz y corría las cortinas. Si no había cortinas, cubría con diarios y papeles los vidrios para que no entrase la luz. Me sentaba solo y a oscuras en mitad de la pieza. Esperaba un rato, hasta que se me iba de los ojos la claridad de afuera, el resplandor que todavía les duraba de haber estado al sol, en la calle. Sabía que cuando empezaba a ver en la oscuridad, era porque la luz se me había ido de los ojos y más aún, de los ojos de adentro también. Entonces sentía que estaba bien oscuro, solo, en el mejor de los mundos y en silencio; era la hora de la siesta y en esa época la dormían hasta los pedigüeños.
A veces me disfrazaba para la ceremonia, de mujer, de doctor o de Batman. Tenía socios y socias, seis o siete años. Pero lo que más me gustaba era estar solo, callado, pensando o asustarme; tenían un deleite esa soledad y el miedo. No me recuerdo un niño taciturno y no me faltaban amiguitos, pero naturalmente sentía un deseo contemplativo, inventarme un territorio solitario, un paisaje reconcentrado de silencio y cavilación, preparando la tarea de gustar de ir viendo todo y escribirlo. Y una de las cosas que me provocaba la fantasía era el miedo, y cuando no venía, practicaba un rito llamador. Me asustaba solo gritando: Popopo, Popopo, en un tono de voz neutro, de hechicero. Como una invocación. Popopo era una especie de cuco, bruja o demiurgo, el más temible de mis fantasmas: Popopo Popopo. Creo que se escribía separado, Po-Po-Po. Daba más susto en sílabas, como si la fonética fuera importante para los monstruos.
Popopo no venía, pero yo me asustaba, alguien o algo venía a ese altillo y me insuflaba un espíritu, un fuego, una gracia. Después me ponía a escribir. Algún demiurgo que me visitaba me proponía ideas, juegos, travesuras. Pero eso mismo me asustaba. Yo lo sentía como un poder o un don con el que podía jugar y hacer sufrir. Crear mundos donde otros podían perder (por mi lápiz en unos cuadernos de hule), todo y lo único que eran o tenían. Como si me fuera dado un extraño poder para dar y quitar la vida. Y no lo entendía del todo. Por eso me asustaba y a veces no dormía. Y temblaba bajo las sábanas esperando el alba. Y cuando llegaba el día, cosa rara, me metía en lo oscuro, en ese cuartito que más bien parecía un templo, ornado por mí con dibujos, diapositivas, disfraces hechos con ropa vieja o de muertos. Entonces escribía unas historias para jugar porque había descubierto el modo de hacer coincidir mi fantasía con la realidad, aunque no sabía el orden. A los ocho o nueve años me escribía los guiones para jugar a Combate, Jim West o el teatro. Preparaba escenografías, vestidos y a cada uno sus papelitos. Unas tiritas blancas con la letra que cada uno debía recitar, parlamentos para todos en una cursiva gorda y redonda, aunque la mayoría de las obras eran unipersonales o monólogos para un solo genio multifacético, dramaturgo, regista, actor, boletero y escenógrafo. La compañía callejera bien pudo llamarse Amigos y Primas. Montamos un Romeo y Julieta con un extraño anexo del juego del doctor en forma de epílogo. La escena en que el médico intentaba salvar a Julieta envenenada, tenía su voltaje adulto, con un completo examen macroscópico de los genitales. Hubo también un Otelo al corcho quemado, y un Rey Lear en versión próxima al western. Los dramas de Shakespeare eran concebidos para representar a parientes y vecinos en alguna gala navideña. La producción exigía dos niñas verdaderas, y los varones, Montescos y Capuletos, usaban armas automáticas y cartucheras de cowboy. Una vez, en la gala de pascua, cuando los varones intentamos aquel cruce dramático del Shakespeare con el juego del doctor, mis tíos se avivaron y nos dieron puerta. Con una lógica implacable, la prima Silvia decía que en la obra original no había médico que revisase a Julieta después del suicidio. Ni el traspié ni el desaire, nada haría que nos quitásemos la vida como el tonto de Romeo, a lo sumo, como los perros, nos sacábamos la mufa a los tarascones o nos desquitábamos con las manos o la pelota, en la placita Remedios de Escalada o Evita, el solar cambiaba de nombre según quién estuviera en el gobierno.
Pero cuando anochecía y las sombras cubrían el medio de la plaza, debíamos volver aprisa, teníamos una orden estricta de los padres. El ocaso era la hora en que los bancos de la plaza enredaban obreros y sirvientas. De vuelta a mi casa era inevitable cruzar por el 340, un enorme conventillo que truncaba la calle Ayolas, empezando por Ayacucho y saliendo por Deán Funes. De fondo siempre oía la voz del Mono Pantaleón imitando a Guaraní, Sandro y Goyeneche, y había un yiro (Graciela se llamaba) que siempre me decía que era el niño más lindo del barrio y que guardaba sus ahorros en una alcancía y que iba a esperarme… que cuando yo fuera grande, nos casaríamos. Entonces yo me iba de una oscuridad a la otra, volvía a mi altillo con la pelota y las imágenes de aquellas sombras, aleteos, sonidos. A veces lloraba pensando en que todo ese mundo maravilloso desaparecería. Lloraba a cuenta, por la destrucción de aquel paraíso, pero con una congoja tan fuerte que el hipo no me dejaba aliento. Y sin embargo era un niño feliz, pero era una parte de mí que debía hacer eso: una tarea que me había sido asignada, un paréntesis de lamentar el porvenir, una misión, como todos tenemos alguna y no es cuestión de gustos, como si uno fuera un lugarteniente de Belgrano, acólito de Asís o peón de María Antonieta. Ni modo de correrse. Pero luego me reanimaba escribiéndolo, conjeturando cómo pasarían las cosas, si podrían evitarse o qué hacer para que se consumaran. Entonces recuperaba la vitalidad y el tono y al final ofrecía todo en el altar de Po-po-po y él me recompensaba con las historias. Fue la época en que comencé a intercalar alegorías a la Virgen o juegos de soldados en los cuadernos de clase. En ciernes, aparecían mis epístolas. Po-po-po, Po-po-po le decía a mis musas, en sílabas; yo pensaba que la fonética era importante para los monstruos.

* * * * *