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. Empieza el día en “La Casa de las Anillos”, va a vender todas las cosas de oro de su madre. El padre siempre le insistía con no guardar cosas inútiles, pompas, símbolos vacíos. Tienen que arreglar aquella casa de fiesta de la familia, su pequeño Guermantes de Tablada: el dinero servirá para la vida. Cuando va cruzando calle San Luis y Maipú, recuerda perfectamente que la casa lindera a la joyería, por medianera, es la farmacia donde compraba el Interferón de su madre, la quimio, un año atrás. Exactamente. Borges: “a la vida le gustan estos leves anacronismos y simetrías”. Ahora va a vender sus alianzas de 18 kilates (incluso la suya, la de él), macizas, sólidas, como la muerte.
Lo atienden Mario, José, tan atentos y queribles como la pareja de Darín y Pauls en “Nueve Reinas”. Lo pesan, lo estudian, revisan, él no permite que lo hagan sino frente a sus ojos. Ahí ve como en un segundo trituran el anillo de esponsales de su madre con una pinza. Le devuelven los brillantes, los guarda junto con una pulsera para Martina y una cadenita que le pidió su hijo. Le dan muchos billetes, cuanto más papel, menos plata. Valor ninguno, por supuesto, pero hay que arreglar el garaje, la pileta, el parque. Sus padres estarán felices de que él no conjugue esta frase en pasado imperfecto sino en futuro simple.
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Al salir, el morral le ha quedado flaco, bailan allí su libreta Talbot roja, el cortaplumas, la Parker y una tuca. El dinero va en el bolso de tenis, tuvo un cliente en el estudio jurídico, usurero, que le enseñó a disfrazarse de tenista para ir con mucha plata por la calle. Y él se disfraza, no es fácil engañar a la policía santafesina. Da un poco de risa o pena verlo esos días de millonario tan parecido a Ricardo Cano, aquel tenista bajito, que nunca ganó un título en individuales, siempre a la sombra de Vilas, ayudándole apenas en algún dobles de los partidos más fáciles.
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De pronto, raspando el fondo del morral aparece el tubo de vidrio con sus siete agujas de moxibustión, en alcohol, y como tienen algún engarce y algo azulino del líquido al reflejo del sol, piensa en una clase de joyas de plata lappa o alpaca para escribir en su cuerpo, en su hora del taller de los miércoles, de neuroacupuntura para neuras.
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Y allá va, por una terapia de calor en el vientre (la vieja y querida bolsa de agua caliente), unos rayos ultravioletas, unas melodías de Winston o Mertens, una esencia de lavanda, unos masajes untuosos y la receta de comer salsas rojas, calientes, picantes.
Donde ella lo acuesta, la médica, la escritora en sus siete partes, la geisha, tiene de frente aquel cuadro de Kandinsky, el de los cuadrados con círculos concéntricos, que parece ideal para hipnotizarte. Como él, los círculos se mueven, pero dentro de un cuadrado, de un mismo lugar. Si quiere bailar deberá salir del nicho, del estante. Y cuando ella le ordena quitarse casi toda la ropa, se sale del cuadro, se hace redondo, ovilla casi desnudo para los lugares donde irán las agujas. Abre las palmas de las manos como si rezara, los pies en diez y diez como un lama, entrecierra los ojos, sencilla y rápidamente está relajado como un bebé de teta. Lo despierta más tarde el perfume de una crema untuosa que ella le pasa por los brazos, le da calor en los codos, en tres bandas que tiene allí del músculo fatigado. Nudos. Este año no tuvo nunca ese temblor de frío de madrugada, y eso que hace como un siglo que no duerme con nadie. Dormir abrazado, no confundir las enfermedades.
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Llegan los masajes de ella en el cuello, caricias, por las orejas, cervicales, un centímetro más y llegaría a sus mejillas. Ella aprovecha el relax para hacer preguntas fuera de agenda: dónde vive, en qué guardería amarra la lancha que no tiene. Dónde queda la casa de sus amigos en la isla. Que se termina el año. Hablan de sus viajes. Ella dice que aumentó la tarifa pero a él va a cobrarle lo mismo. Ella ha empezado a hacer unos mohines de risa pero entonces le pregunta por su estado de ánimo. ¡Ay…! piensa él, retrocedemos cuatro casilleros. Mala señal, “Tango 4” de Charly. Puede verlo triste, dice él, pero ella debería saber que “Como un dolor de muelas, aliviado”, habla de pegar la curva, salvarse. “A luchador no me gana nadie”, dice él y ahora el mohín de ella es casi una carcajada. Ahí está la geisha, piensa él cuando ve su sonrisa.
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Ella insiste con verlo dos veces más, incluso en enero. El quiere terminar todo antes de que den las doce del 31. Ojalá fuera esta noche el brindis que lo termine y no quiere agendar nada para el 2015, porque sería como conectar al futuro el tóxico del 2014.
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Sueña con un 1º de enero todo nuevo, original, como otra infancia, como un estreno. Como unos círculos concéntricos que bailan fuera de los cuadros, desnudos en una piezas de paredes blancas, ladrillos crudos, en una playa larga y cálida, de agua color verdín transparente y que cuando ella se desnude y le quite las siete agujas, apenas sangre.
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Marce
ALCORTA, la ida.
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Prepara el mapa: Alcorta.
Es casi la ruta a Firmat.
Hasta aquel poema feliz
de la esencia
cuando la conoció a ella
cuando cruzaba la cárcel
Piñero, Mugueta, Bigand
la …