.
AQUELLA NAVIDAD
.
———————————————- al Seba Riestra
.
Es la navidad del 2013, la madre agoniza, el hijo solo. El hermano, con unos parientes de la esposa; el hijo, con la madre, su ex mujer. Él solo, pero tiene la culpa. Casi toda.
A las nueve de la noche su cuñada le deja una vianda fría, pero él tiene los ocho apellidos italianos: comida es algo caliente, plato hondo, guiso, aunque haga, como esa noche, 40 grados a la sombra. Hace un mes que hace 40 grados, de día y de noche.
De las tres enfermeras, sólo una vendrá al relevo recién a las cuatro de la mañana.
¡Por favor, que no se muera esta noche…! ¡Ya aguantó mi cumple –reza-, que aguante las putas fiestas…!
Y no puede prender el aire acondicionado, su madre tiene una febrícula persistente, tiembla por algún espasmo que el frío agravaría. Paradojas en el umbral de la nada. Hay, eso sí, cuatro ventiladores nacionales (sólo así) funcionando las 24 hs al día desde hace un mes. Siente orgullo por la metalurgia argentina de la que su padre formó parte fabricando repuestos de bicicletas.
.
¡Por favor, esta noche no…!
El ginecólogo le había dicho el 9 de julio que no pasaría una semana, que no se la llevara más, que el tejido infectado ya había tomado todo. Que la próxima metrorragia haría un shock hipovolémico rápido y final. Pero estamos en Navidad, cinco meses la mujer “colgada del travesaño”. La muerte decepcionada. Intervalos lúcidos, caricias, de a poco dejó de comer, de hablar, de moverse. Cinco meses acostada con los dos puños cerrados. Una vez al día farfulla “papá”. Un día le dice a él que es Dios. Y lo peor, es que él a veces lo cree, como el personaje de “Asfixia”, de Palahniuk, que cree haber nacido de la inseminación de su madre con una reliquia del prepucio de Jesús, conservada por el Vaticano en Suiza.
.
En el canal Warner hay un maratón de The Big Bang Theory, para él es un consuelo. Picotea la ensalada rusa y en venganza, se abre un vino de trescientos pesos, un Rutini Malbec roble, reserva. El calor da un tono surreal a la escena, como si empezaran a indefinirse los contornos de las cosas, a fundirse en una especie de fade negro, como debe ser la muerte, o como suceden las cosas detrás del vidrio esmerilado de Saer.
.
A las once de la noche se corta la luz en todo Tablada, el barrio sur más populoso de Rosario, que merced a la torpeza, la cobardía o la corrupción del gobierno socialista, se ha convertido en un enclave africano o medieval en la segunda ciudad argentina, superando en más del doble la cantidad de homicidios de Córdoba. Dentro de cinco días, a siete cuadras de esta casa, la policía rociará a balazos a un tal Medina, financista del narcotráfico en la zona. La jueza de turno recién aparecerá a los ocho días y el Ministro de Gobierno, 30 minutos después del crimen, ya tiene en su living la notebook del caponarco fusilado.
.
¿Cuánto hace que se cortó la luz…?
.
A las once y media llama a su hermano y le avisa que ya pidió una ambulancia y que va a llevarse a su madre a su casa. A una cuadra de la municipalidad no se corta nunca la luz eléctrica. Que si se quedan en Ayolas, con los cuarenta grados, sin luz, ni la muerte habrá de notarse.
Lo único bueno del corte, es que cerca de las doce hay un silencio total en la calle y el contraste con el cielo estrellado da un aire de campo a la noche, un resuello que permite imaginar a los pobres de Nazaret (de toda la historia), buscando un ranchito, una sopa, un abrazo. A las doce, como en esos finales Disney, regresa la luz, el bullicio, los ventiladores carretean sus aspas como el avión de aquella película inolvidable. “El vuelo del Fénix”.
Ahora él va apagando las velas por la casa, llama a Urgencias para cancelar el traslado y le avisa a su hermano. Bebe la segunda copa de vino y entonces piensa en ella, si saludarla o no. No lo hace, está enojado con la vida y como aprendió de Kristeva, agrede lo que más ama. Se jode, claro.
La tristeza se le va empozando, la madre ha transpirado mucho en lo oscuro. Debe cambiar todo: camisón, sábanas, fundas. Revisa el suero, intenta que beba de una cánula pero ella aprieta los labios cerrados para más burla de la muerte, desorientada.
Le pone unas canciones que a ella le gustaban, “Razón de vivir”, de Víctor Heredia. “Somos”, de Mario Clavel, por Chavela Vargas.
.
¡Por favor, que no sea esta noche… que pase…!
.
Y hacia la una, en el colmo de la pena, de esa soledad espantosa, alguien toca el timbre y hasta piensa si estará dormido, si no será un sueño. Pero no, es el Seba, su amigo, un hombre que llega en ese momento que uno podría ahogarse y tiende una mano. Podrá parecer una escena de Frank Capra, pero es real. El Seba sonriente y fresco como ese pan tibio del que siempre habla en sus poemas. Cuando lo abraza siente que está a salvo, que estará a salvo esta noche, porque para la Navidad basta con eso, una charla, media botella de whisky y hasta un turrón inclasificable que no se sabe bien de dónde ha salido.
Ahora sabe que su madre no va a morirse esa noche, que todo irá funcionando igual hasta que la muerte se canse, hija de puta, de estar avergonzada, escondida, desde hace cinco meses en la casa. A eso de las tres, el amigo se va, pero deja la estela del canto, de la poesía, el consuelo de unos versos dolorosos de Ungaretti, que sin embargo, se llaman “La Alegría”.
.
A las cuatro, puntual, llega el relevo de Esther (hermana del Negro Centurión, le trae su saludo navideño) y él se despide de su madre, la besa, la acaricia, como si fuera a irse más lejos que dos horas, a dormir a la planta alta. Se da una ducha fría y antes de acostarse pone la alarma del celu a las seis, porque entonces deberá ayudar a Esther a cambiar a su madre. Enciende el aire acondicionado en el dormitorio de sus padres y mientras llega el sueño va pensando si esta crónica será un relato de Dickens o de Thomas Hardy. Mismo tema, misma época, mismo lugar, pero cuidado, son casi lo contrario.
.
.
Marce
