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CAMINO A LA PALOMA

La Paloma-2

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CAMINO A LA PALOMA

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«Lo hace sentirse joven a uno. En alguna parte en el Este,
mañana temprano; partir al alba, viajar en redondo frente
al sol, ganarle de mano por un día. Seguir así, para siempre
nunca envejecer; un día más, técnicamente. Caminar a lo
largo de una playa en un país desconocido».
———————————-Ulises, p. 87. James Joyce
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«Hay una parte de mí que va, camino a La Paloma,
por un recuerdo de campo y mar, camino a La Paloma.
Conozco esa carretera como tu cuerpo en la oscuridad,
por que solo conozco, de veras, lo que una vez tuve que añorar.
Añoro esa lejanía como a mi propia felicidad, aunque a veces se añora en la vida, algo que nunca llegó a pasar».
——————————–Camino a La Paloma. Jorge Drexler.
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El mapa. Desde hace unos días juega con el mapa. Cierra los ojos sobre la cartografía y como un ciego trata de apretar los caminos con el tacto. Son juegos de la infancia que siempre están volviendo. Eran pobres, a menudo viajaba en el altillo. Cerrar los ojos, tocar, oler, presentir. ¿Hay alguna diferencia entre viajar, enviar una carta o escribir un poema, meterlo en un sobre y echarlo al correo? Todas son cartas o viajes: el mapa, el naipe y un «te amo» en un papel lavanda dentro de un sobre.
Cierra los ojos, más bien entornados y aprieta firme como si caminara suelo minado. Es una rabdomancia, siente humedades: un agua llama a la otra y todo para perderse los fugitivos. Del Paraná hasta el mar. Rosario, el puente, Victoria (¿Santa María de Onetti?). Gualeguay (Juanele). Larroque (Yabrán y De Ángeli), Gualeguaychú (Natalia Oreiro). Fray Bentos (tan laicos que parecen los orientales). La Mercedes uruguaya. Dolores (el mecánico Madrid), Carmelo (el barco de Luis), Colonia (calle de los suspiros del amor), Montevideo ( la casa inundada de Felisberto y Vilariño). Maldonado (casa de putas niñas), El Este (¿seguirá el Mercedes de Gostanián embargado por los empleados del Mejillón y el cuadro gigante del billete con la cara del sultán?), La Paloma (aunque durante Malvinas aprovisionaban a los ingleses) y Polonio o Punta del Diablo, Aguas Dulces. Un poco más y empieza el Brasil. Si evita el contorno del río Uruguay, es más directo: Mercedes, San José (las mejores antigüedades), Canelones, Montevideo.
———–Pero cuando uno pasea, lo mejor no es llegar, sino tardarse, derivar. También hay más directo: Mercedes, Trinidad, Durazno (de su aeródromo escapa Tesalio Feijoó en el final de «El Camino del Otoño»), Florida, Minas y La Paloma. «Conozco esa carretera, como tu cuerpo en la oscuridad» canta Drexler y me viene el eco del Nene Molina repitiéndome por enésima vez la anécdota de la minita que se levantó en «Luna» fingiendo que tenía una copia de «Radar», el disco más difícil del yorugua.
————————-Si el mapa tiene buena textura, como venas abiertas de América Latina (Galeano) se puede viajar por los dedos con los ojos bien cerrados. Así se salvó Nicole Kidman. Algo con relieve, proporcional al tacto, es inevitable oír la fauna, oler la flora tupida y exuberante del litoral. Hasta los mosquitos pueden sentirse si uno aprieta despacio y huele, en una banquina de la ruta 14, las coníferas de Celulosa, más allá el olor dulzón del río y a todo lo largo el más común del yuyo del pajonal. Con un apretar continuo puede escucharse la torcaza, el biguá y escabullirse al yacaré. Después están los cidís, Aznar, Buscaglia, Spinetta, Brubeck. Los libros de Knausgard, Zambra, Morabito, Fante en inglés, en el Kindle. Aunque al final siempre manotea un Ford, dos Onetti, por las dudas. Reúne sus libros como Tesalio, los mismos clásicos releídos. ¿Aburrido? Literatura para el fin del mundo. A veces vale la respuesta de Sergey Dreiden en el final de «El Arca Rusa»:
– No quiero salir de aquí… no me iré. ¿El futuro? ¿Qué encontraremos allí?
———–Tres Rayitos de Sol, factor 18, seis botellas de vino argentino (el uruguayo es malo y caro, como el expresidente Batlle), botella de aceite (multiuso), sal, pan, lechuga y tomate. Bolsa grande de orégano, dos longanizas, pasaporte italiano (por Batlle, claro), DRF naranja (seis paquetes), y cambio chico para los peajes. Matafuego, balizas, líquido refrigerante, mapa del Brasil (por las dudas), el arma descargada bajo del asiento, tres camisas, dos bermudas, sol de noche, un saco para el casino, heladera de porolito, Zippo a punto, Camel diez y vista al frente. Dos manos al volante; un corazón para no volver nunca. Pobrecito, ya se le había pasado, en una época pensaba que tanto ir al Uruguay le ayudaría a escribir un cuento como “La máquina de pensar en Gladys” o un poemita de Marosa. Como si bastara nacer en Liverpool para componer «Michelle» o en Villa Fiorito, para ser el Diego. De pronto, cuando van cruzando Trinidad (no puede dejar de perseguir a sus personajes) se larga un temporal con granizada y desaparece el camino. Ella se asusta y pide lo más normal, un beso, un abrazo:
– ¿Estás bien?
– Tengo frío, apretame, abrazada se me pasa.
– ¿Así?
– Sí, dame otro. Otro…
– Pasame el vino, no veo, ¿tenés el encendedor?
– Sí, tomá.
– ¿Y el libro?
– ¿Cuál? No veo.
– El celeste, de Morabito.
– Yo tengo el encendedor, abrílo.
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Marce.