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La plancha hace su magia

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LA PLANCHA HACE SU MAGIA

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Con la plancha, ahora, son cuatro veces que me pasó quedar “Traspuesto”, como el padre de Shepard dando de comer a sus canarios, a la mula y a él mismo, a media mañana, en el desierto de Arizona.
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La primera vez fue a los siete años, en el ábside de la iglesia del asilo, era monaguillo y había una luz marfil los domingos, una resolana en el vidrio, una hora antes de la misa de las once. Un dibujo de la Virgen en el vitraux de calle Necochea hacía una sombra femenina en la puerta de la sacristía. Fue lo primero que escribí, a los siete años, un poema a una mujer que era una sombra, ajena, imposible, sin sexo. Años después se encarnaría en una chica rubia, catequista, y nos dimos el primer beso bajo la luz del vitraux, me acabé en seco, en el pantalón y los dos entramos al paraíso, pero no sin dudas. Ella pensaba que se le notaría el beso, que quedaría tatuada una marca roja en su mejilla, infamante. Yo no sabía con qué tapar la mancha de almidón que empastaba la ingle de mi jean azul. Éramos dos chiquilines. Cuando la chica se fue, me vino por primera vez el flash aquel del fotograma donde veía toda clase de gente, como en un álbum de retratos de las miles de personas (ordinarias, accidentales, provisorias), que alguna vez me habían querido, ayudado, sonreído: Teresa, la mujer del verdulero de calle Deán Funes que a escondidas del marido, me daba los mejores duraznos. El enfermero de Salsipuedes, que diez años atrás me había puesto la mascarilla de oxigeno en mi primer falso crup. La señorita Yolanda, de primer grado, y su hija, Ana María, de cuarto, mi primera novia, aunque ella nunca lo supo.
Y así comenzó ese turbión de imágenes de gente que ha sido dichosa, buena o simple conmigo. Un inventario de fotos fijas, pero sin montaje de película, sin la ilusión del movimiento, nada de moviola o aventura, a lo sumo un gesto. Uno solo. Pero eso sí, como un atropello de un montón de personas, en especial, gente que no ha sido decisiva en mi vida. No son los seres más queridos, eso sería obvio. Son personas mínimas, comunes, que apenas he visto una o dos veces en la vida, aunque sin embargo, han dejado una resolana en el vitraux, un destello de bien, de verdad, de belleza.
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Ya de adulto, treinta años después me pasó un verano en la tumba de mi hija. Locuras del dolor insoportable. Creíamos con su madre que las flores que poníamos en el florero de la lápida no se marchitaban. Macanas. Pero lo que sí era cierto es que estando allí el tiempo no parecía transcurrir, se sentía una placidez de morirse extenuado, al sol, respirando un perfume de reliquias y se oían voces futuras del pasado efímero. El punto muerto, el mejor vacío, el puro presente, el río inmóvil. Premonición de eternidad, del otro lado. Yo musitaba -pegando mis labios a la losa-, los versos de Aleixandre “…cantas color de piedra / color de beso o labio/ cantas como si el nácar / durmiera o respirara”, y luego cerraba los ojos y empezaba el desfile de las caras provisorias, precarias, amables. Pocho Bernardo, el dueño de la funeraria, que contra toda ley nos dio la niña (sin papeles) en una caja de cartón para que la noche antes del entierro, la tuviésemos en casa. Un velatorio en la cocina. La fuimos pasando entre brazos de dolientes como a una muñequita de Navidad, de Reyes. Nunca hablé con ese hombre, ni antes, ni después (creo que ya ha muerto), pero su cara es una de las que siempre aparece, sonriente, compungido, casi tan desolado como nosotros.
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La tercera vez fue otro verano que íbamos con Matías, de 9 años, a pescar a la Fluvial o al Mangrullo. A mí nunca me gustó pescar, pero aprendí que es un ejercicio de paciencia formidable, como cuando uno espera la primera página del cuento, que termine el parto, que llegue la mujer a la cita o que Matías atrapara sus peces voladores en una faena reversible: pescarlos y devolverlos al agua. Pero era estar toda la noche vigilando a ese niño inquieto que supo agotar el stock de hilo quirúrgico de la sala de guardia del Sanatorio de Niños. Mientras él trasegaba riles, cañas, lombrices, yo leía con linterna, sorbía un cogñac y entraba en esa fisura de la ensoñación donde atropellaban los fotogramas de mis bienhechores accidentales, pasajeros: René, el cuidacoches de tribunales, por calle Cochabamba, el primero, en los noventa, en confundirme con el Inspector Columbo; la mucama del Hotel San Juan, en Miramar, que todos los veranos me propiciaba encuentros con el huésped favorito, Don Luis, el hijo de Alfonsina Storni; aquel Leo cusqueño que en 2001 compartió conmigo esa chica alemana en el “Sargento Pimienta”, de Barranco; Alberto Díaz, Gerente de Planeta, editor de Saer, de Sábato, que en 1991, en un escritorio de la calle Moreno al 3200, en Buenos Aires, viéndome por primera vez, sin recomendación alguna, se leyó todo mi anillado de “El camino del otoño” y me dijo que yo debía dejar todo y escribir. No dejar nunca de escribir.
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Y ahora esto, la cuarta vez, con la plancha Moulinex. Planchando (poco), los sábados de mañana, se me hace una pausa, una enorme pausa al vaivén de la máquina de vapor eléctrica. Un trance que al correr del vals de la mano, me va llevando de un acto conciente (leer, escribir, contestar mails, preparar una clase, un oficio judicial), a doblar una bermuda Legacy, ponerle el apresto, el parche Mendafácil y comenzar ese extraño ida y vuelta.
Oriento la tabla al sol, al río, al jardín lujurioso de Dante Taparelli y ese humilde estribillo de la mano llevando y trayendo el vapor caliente, me introduce en un zen, un yoga, un mantra sin esfuerzo, una hipnosis suave, luminosa, reminiscente.
Y entonces sucede, pasa. Pasa y se repite. Es un vals, el tropel de imágenes de pequeños gestos, personas comunes que en un instante han sido piadosas, comprensivas, felices, conmigo. Jorge, aquel chofer mexicano de Chamapula que nos llevó clandestinos al Oventic del Subco, en Chiapas. Jennifer, la chica inglesa que me orientó en el Raval (quizá me salvó la vida), una noche llena de junkies fieros, y me enseñó la Pedrera, el Montjuic, la Plaza del Diamante y que no hace falta el idioma para que haya lenguaje. El maletero de Gesell, que me confundió con Carusso Lombardi y no pude evitar firmarle un autógrafo en una camiseta de Tigre. Deborah, la ultima chica que atendió a Fabri en el puticlub de Pujato. Gabriel Razetto, inspirador de El Portador, llamando por cobrar desde la cárcel de Coronda, una madrugada, para advertirme que tuviera ojo con la educación de Matias, que la calle estaba dura. Y los ojos de mi gata Awful, invalida y desahuciada, mientras yo le ponía su inyección de morfina.
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Y podría seguir todo el día, un inventario como el que hace Leopoldo Bloom recorriendo el cementerio de Dublín, aburrido, abotagado, la mañana del 16 de junio de 1904. Entiendo que puede ser pesante para el que lo lee. No son muy entretenidos los éxtasis domésticos, transparentes, invisibles. Hasta en la Biblia hay efectos especiales en muchos pasajes para que el público no abandone la lectura o la iglesia. Pero yo creo que la ensoñación de esos pequeños gestos de dicha, real y concreta, es un acumulador de energía seguro para llenar la carga de sentido de una vida y de una escritura.
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Hace pocos días, Esther, que me ayuda en la casa, me sugirió que deberíamos cambiar la plancha. Negociamos. Voy a comprar una nueva para ella, una Whirlpool con sonidos musicales y luces tricolores según su marcha. Muy simpática, pero yo guardaré la mía, mi Moulinex Chronomate para los sábados, para ese rato infinito en que no plancho más que una camisa o dos remeras, y sin embargo, a menudo, como esta mañana, con sólo el vaivén apretado del hierro vaporoso sobre un par de medias, volví a ver a todos mis amiguitos de la playa La Perla, en el verano de 1971, jugando en la orilla a los roles de “Combate”, “Kung Fu”, “Batman”, o lo más común, haciendo castillos de arena, surfeando olas con una tabla de porolito blanco y más tarde, tomando un Toddy con unos sándwiches de mortadela, cuya fragancia no se me irá, al menos, hasta el lunes.
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