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¿A QUE NO…?

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¿A QUE NO… ?

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-¿A que sí…?
-¿A que no?
– A que sí.

La noche anterior vieron “Asfixia”, la peli sobre el libro de Palanhiuk, donde los adictos al sexo se desnudan en baños públicos y dejan la puerta abierta, a propósito.
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-¿A que no?
-¿A que sí…?
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En la peli se desnudan en baños de lujo, primera clase de aviones que no desaparecen. Pero ellos son rosarinos, están en el baño del boliche del pueblo de Uranga.
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-A que no? -dice él
-A que sí…-dice ella.
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Es domingo a la tarde, en el salón hay 6 o 7 hombres jugando naipes, viendo carreras de San Isidro, partidos de fútbol sin interés. Junto a uno de los mostradores hay un pizarrón verde que anuncia con tiza una cena de homenaje a “La Dama del Cuore”. Ella pregunta al mozo si se trata de alguna personalidad relevante del pueblo.
-Sí –le dicen- es una yegua, que el domingo pasado ganó la 5° de San Isidro. Y es de aquí, de don Esteban Nasurdi.
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Ellos dos son turistas accidentales. Más accidentales que turistas. Andaban buscando un montecito de Venus por Bombal y llegaron hasta aquí. Pidieron dos cortados y las mujeres siempre tienen que ir al baño.
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¿A que no…?
A que sí.
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Ella le preguntó al mozo por el váter y éste le señaló la única puerta, al fondo, en el patio. Ella arranca con una sonrisa de desafío y justo cuando pasa delante del pizarrón, le cruza una raya de saliva por todo el largo al nombre de la yegua. “La Dama del Cuore”, tachada. Entonces, ella le echa la falta, lo mira directo y en una posición y distancia que los parroquianos vean y oigan le dice:
-¿A que no…?
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Él espera un minuto y sale a buscarla. No hay dos baños, hay uno solo. Dos mingitorios, dos tazas Ferrum. Un solo gabinete. Bastante sucio. Baño de hombres. Él entra nervioso y ni bien traspone el umbral, ella apaga la luz. Son las siete de la tarde, verano y el patio es de tierra, un fondo de gallinas que mira al oeste, campo traviesa, a él le parece que más allá está el montecito aquel de Venus, de Bombal. Ahí cerca o lejos.
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Pero ni alcanza a preguntar “a que no”, que ella le empieza a arrancar la ropa. Él no conoce esa furia. Esa delicia.
Lo han desvestido, pero nunca lo han forzado. A que sí, dice ella y como si lo robara, le saca cinto, jean, remera, boxer y tira todo al piso. Un saqueo, le aprieta las pelotas, le levanta las piernas,
lo lame hasta el culo. Hacía un siglo que a él no le dolían así las bolas, la pija. Le duelen de duras, le parece que se le agrandan tanto que no le alcanzará el cuero que las cubre.
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-¿Y si vienen los gringos…?
-¿A que no? -dice ella y se pone el miembro en la boca. Pero de un modo que desaparece todo y por momentos él siente como una boa constrictor que lo va succionando a cuerpo entero. Deglutiendo, y justo recuerda a un empleado de FRAVEGA explicándole cómo aspiraba el modelo triple SSS de Bosch, la aspiradora más potente del mercado. Que viene con un sistema de autolimpieza, decía.
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Al punto que cuando acaba, el delirio no le permite ver qué hizo con los residuos la boa Bosch triple SSS. Ella levanta la cara y hace la expresión que realiza a un hombre: una sonrisa asomada
atrás del miembro erecto y húmedo. Ella se pasa la mano por los labios y a lo que ahueca, le agrega su saliva y va con todo eso hacia su boca. A la de él y se lo mete, y lo besa con una boca enorme que podría tragarlo y arrancarlo del lugar de la duda, para que ya no pregunte, jamás en la puta vida: ¿ a que no…?
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Marce