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EL BULLDOG
(fragmento de la novela en proceso “No sabés cómo me gusta matar”)
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——-Primero le pareció una burla, una ironía. Después pensó que era su paranoia, su complejo, porque al fin y al cabo, él, Esteban, era petiso. Y más tarde, sin embargo, le fue pareciendo un buen detalle, fino, hasta un piropo (superando el eufemismo), que ella (que le llevaba al menos diez centímetros de estatura, con chatitas), le dijera en lugar del vulgar “petiso”, que él era más bien como un bulldog. Un bulldog inglés –aclaró Elena, la farmacéutica-, ni el falso americano ni el indefinido francés, que según el ejemplar, hasta puede parecerse a un pekinés. De ninguna manera, dijo enfática y se levantó de la nariz esos anteojos de carey, marco grueso negro, que le harían empalmarse la pija hasta a un caniche toy, de bolsillo.
-No. Sos un bulldog inglés, de pedigree –dijo ella. Con papeles: retacón, pero fornido, como un modesto pilar de rugby. Bajo (otro eufemismo), pero ancho, viril. A tu modo, sos grande. Y gruñón, por supuesto.
Ahora sí, Esteban se rió con gusto. Le iba gustando la paráfrasis, sobre todo adónde iría a parar ella o cómo iba a arreglarlo para zafar del entredicho. Entonces Elena, mientras fue y vino desde el local (cerrado a la hora de la siesta) por una toalla, agregó: – Y lo que cuenta, es ser grande, no alto…
-Bueno, bueno… está bien, no exageres, que eso ya suena a Narosky.
Sin embargo, para él estaba bien, cada vez mejor, especialmente cuando ella agregó: -… que de todos modos es indistinto cual de los dos debe inclinarse un poco para el beso. Fijate que en las parejas gays o lesbias no hay ese prejuicio. Lo que cuenta es si los besos son largos, dulces, caricias, que hacen cerrar los ojos para que dure.
-¿Para que dure qué…?
-El beso. ¿Qué importancia tiene quien debe inclinarse? ¿Por qué el hombre tiene que ser más alto…? Hay un resabio machista si no te lo bancás –dijo ella-. O un resabio machista de la mina, si es ella la que no se lo banca.
El bulldog de Tablada parecía estirarse, pero faltaba lo mejor. Mientras Esteban consultaba los horarios de la emboscada al Tuneadito González, escuchó que Elena decía: –Después de todo, lo decisivo y verdadero se dirime acostados. Ahí, en ese instante, un bulldog inglés, de raza, no tiene competencia. Sabe como nadie hacer la faena, protege y cuida con el abrazo una cama King Size. Tiene patas como tenazas, cortas, pero puro nervio, fibra, ágiles. De ciclista. Marca bien la presa, la sostiene en el lecho como si fuera el plato y con esa lengua juguetona y agitada de un chico grande, sumada a la dentadura de animal de caza, te devora de un modo que a más de pequeña, cualquier carne parece inconsolable.
Él recordó que su hermano Javier había sido el único en ganar el juego del Bulldog en el seminario de La Salle. El único en la historia de la congregación -le habían dicho- en cruzar un campo de rugby sin que puedan tacklearte los adversarios, considerando que al final del juego (30 participantes), son 29 contra vos solo. De allí podía nacer la leyenda familiar de los bulldogs Pereda, de pura raza, una seña en la frente como tenía “el portador”, Furlet –dijo su hermano-, algo así como la módica plenitud de unos pilares de rugby a escala. Pilares de clase media. Y entonces podía creer en su pedigree, aunque ya no parecía importarle mucho, cuando esa mujer vestida sólo con el guardapolvo blanco, desabotonado, tan grande como la estatua de la República de Lola Mora, le decía:
-Chiquilín… mi bulldog inglés, argentino, yo te miro desde abajo… -se lo decía casi todas las siestas en un dormitorio improvisado en el depósito de la farmacia, no sin cierta sorna, media hora antes de que llegara el marido para abrir el negocio, cuando ella se subía por segunda vez desde los pies de la cama hasta la cabecera, por un bosque de almohadones plásticos, con distintas propagandas de Bayer, de Roche, de Roemmers.
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Marce
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Capilla del Monte, enero de 2014
