SAN MARCOS SIERRAS
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El lugar se llama “La tienda de Vicente”, homenaje al perro de la plaza, ya muerto, pero que supo ser como el demiurgo de la aldea pura y bohemia camino a leyenda hippie. Me muestran una foto de Vicente, una especie deFox Terrier bastardo, desgarbado, famélico, con una barba dejada, a propósito, muy parecido al hippie viejo que me atiende, sabio y pudoroso. Algo que se descubre rápido en el pueblo es un aire común de buena gente, sencilla. Su mujer tiene el mismo tono (aunque está más despierta), y completa la pareja salida del túnel del tiempo desde Woodstock o algún Barrock de los 80. También tienen algo evangélico, la consigna de aquel hermoso hippie anacrónico, palestino, que lanzó “Amor y Paz”, al comienzo de la era. Lo del Evangelio se confirma con el suave aliento alcohólico de él que da cumplimiento al San Juan de hoy miércoles, “el que bebe de mi sangre, vivirá eternamente”, capítulo 6, versículo 55.
Es San Marcos Sierras y yo busco unas remeras coloridas, batiks, bambulas, algo parecido a lo que supimos comprar aquel verano 2006 con Fabricio en “Amsterdam”, la tienda de la mujer de Fabi Gallardo. Algo que me confirme que ya estoy en otro paisaje, y después de revolver, consigo dos camisas pops, una roja, una oliva, con brillos: imagino a Nick Cave con ellas dando un recital de incógnito en el bar “Ayahuasca”, enfrente. También consigo un chaleco, y cuando me lo pruebo, me recuerda a Fernando Samalea, vestido casi de gala un sábado caluroso de primavera yendo al Charigué con Jorge, Ale y Rosarito Ortega. Samalea y Llonch son del séquito de Charly, se pueden poner un smoking para ir a comer sábalos barreros, pero yo tengo que tener más cuidado, como me dijo Levrino en el sueño de enero de 1979. Pibe, cuidado con las putas asesinas.
Me siento en una mesa del “Castañeda”, frente a la plaza, y pido un vino tinto de 3/8, agua, y una ensalada del chef, al que vi hace un momento trayendo el bolso de red desde alguna huerta cercana. Me siento fuerte, completo, como si otra vez fuera Marce, martillo, un bulldog capaz de ir solo hasta el fondo del jardín para que le hagan sus cosquillas en el buche. Como si llegara al punto donde madura lo buscado por tanto tiempo. El tiempo perdido. Entonces levanto la vista, hago un pequeño ejercicio de suprimir filtros, prejuicios y consigo mirar la plaza de San Marcos con una mirada limpia, pura, como si se pudiera dejar toda la faena solamente a los ojos. A esta altura, el éxtasis es algo razonable, posible, si se tiene media hora, si no hay Wifi, señal de celulares, ni multitudes.
Entonces pienso que de todos modos, nada de lo que escriba es totalmente transmisible, real, compartido. Que Camus no es del todo el médico de “La Peste”, ni Munro su bibliotecaria de “Entusiasmo”, ni Morábito el que pena por “La renta”. Siempre hay algo inefable, indecible; yo puedo afirmar, seguro, que estoy en San Marcos Sierra el 9 de enero de 2015, que es mediodía y lo escribo: pero el simulacro es imposible para cierta luz, sombra, un movimiento de nubes, el fulgor pálido del terral camino al río Quilpo. Por ejemplo, ¿cómo decir que un hombre solo ya no está solo? ¿Cómo explicar que tiene esperanzas cuando ya no espera…?
–¿Algo más…? –interrumpe una chica alta, pelirroja, la moza, con el aire típico de la mochilera camino del Inca, del Cusco. Le gusta.
–No, nada… todo muy rico.
–¿Postre?
–¿Qué te parece este chalequito…?
–Me encanta, te queda hermoso.
–Bueno, sos la primera a la que le gusta… ¿No me hace invisible…?
–¿Invisible vos…? Te hicieron un daño… -y antes de que él pueda decir nada de la vincha guatemalteca de ella, escucha:
–Esta noche toca Iván Noble en Cruz del Eje, ¿vamos…?
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Marce.