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EL RELOJ DE LAS TRES
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Mi reloj antiguo de las tres de la tarde empezó a funcionar otra vez. Como un infarto al revés, de pronto, en desuso y descompuesto da un clavado de agujas en el fondo del tiempo y vuelve a empujar levemente el segundero. El remo del segundo insiste al minutero y éste de a poco se insinúa a la hora: las tres. ¿No será un parto en lugar de un síncope…?
No es tan difícil saber por qué. Ni extraño. Estuve golpeando la pared de la sala, colgando otro estante de libros, cuadros, retratos y un pulso lleva al otro. Vivir se contagia, es una sinfonía que va de Marcelo a martillo, del clavo a la pared, a un retrato, a dos llantos entre los poemas de Eduardo Milán y ya sale esa melodía de raspaje suave, como si se frotaran dos papeles, un fósforo con poco azufre o las alas de un colibrí. La melodía del segundo es una leve fricción. Vivir es, mayormente, una leve deflagración. Una minúscula bomba atómica. Y otro raspón y otro y se hace el ritmo. Primero el reloj tiene bradiscardia, después taquicardia y finalmente se normaliza en 60 fricciones por minuto.
El médico ignora a menudo por qué sucede un infarto, como no sabe el relojero la causa del tiempo. ¡Quién sabe por qué decide resucitar un corazón que había clavado masivamente sus arterias y apenas, por un masaje y dos besos, vuelve a traquetear…! Si fuera tan sencillo, daría resultado con todos.
Mi reloj tenía sus dos agujas clavadas en las tres de la tarde desde hacía un año. Los alumnos del taller se cansaron de hacer reclamos. Luego empezaron los chistes y al final, como siempre, la resignación. Quedó como un mueble decorativo haciendo juego con otros anacronismos de ese living de pura miscelánea. Un año, dos, diez, veinte… 1983, 1991, 2005, 2014, da igual… el tiempo es una ficción y lo que lo mide, no puede ser sino un juguete. Por eso lo primero que hizo Dalí fue derretir las agujas: ¡muera el cronómetro, el despertador y el reloj con la tarjeta para marcar el empleo!
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Cerati no despertó, pero los comatosos de Pradier (*) -que plagió Almodóvar (**) sin despeinarse, como hace un buen cucú imitando al canario-, sí resucitaron. El asunto es cuándo. Porque el nuevo tiempo puede ser el destiempo y uno está dando las tres de la tarde a las tres de la mañana. ¡Qué problema…!
Yo a éste de la sala le llamo mi reloj de las tres de la tarde, porque ahí estaba el día que lo compré. Y allí estuvo hasta ahora en que ha decidido terminar con la pereza y forjarse algún porvenir:
—- ¿Es que avanza el tiempo? El tiempo ni mú. El único momento en que el reloj daba el tiempo era cuando estaba parado. Ahora que está en marcha, da la hora. El tiempo no…
¿Por qué entonces tener tantos relojes que no funcionan? Cábalas, conjuros, artificios. Para que el tiempo no pase, para anclarse en el instante eterno de la escritura, “relojes dos turnos de hoteles de pueblo (dobles)” o “relojes en busca del tiempo perdido ” (Swann) o “antiguo reloj de cobre” (versión Miguel Montero).
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Pero volviendo al mío, lo que me sedujo en San José de Mayo donde lo compré, fue el cuadro: la impresión que daría en el centro de la pieza, en medio de la pared húmeda, gobernando esa mancha arenosa y desvaída del humus de la lluvia estancada por las hojas de otoño. Lo compré en un cambalache, señalado por su aguja mayor, carmesí: un verdadero remo y timonel dentro de un armazón redondo como un estanque: las horas también son de agua.
Lo colgué en un clavo que había sido la estaca del retrato de César Vallejo pintado por Picasso. Quité al poeta de allí por la humedad, bastante agua había tenido el pobre con “moriré en París con aguacero”. Y todo en mi estudio, para recordarme que yo nací a las tres de la tarde, según mi madre, que de aquello sabía. Yo estuve, pero no me acuerdo la hora. Descentrado, excéntrico, anacrónico, impuntual para nacer, vivir y morirse.
¿Serían de la tarde o de la noche? ¿Del insomnio o de la siesta? ¿Las tres de la tarde del 21 de diciembre o del 7 de abril? ¿En qué calendario, en qué civilización…? ¿Las tres de la tarde en que te conocí o las tres de la mañana cuando te besé…? ¿ Las tres de la tarde del 5 de marzo o las tres de la noche alrededor de la derrota en una cajita de cartón…? ¿Qué tres son las tres…? Las tres gracias; las tres personas divinas; la estructura aristotélica; sujeto, verbo y predicado; vida, amor, muerte…
Justo ahora son las tres y lo estoy escribiendo, y quién sabe cómo y por qué el remo bermellón se ha desprendido del doce y avanza hacia el seis por aquél río donde Heráclito dijo que jamás nos bañaríamos dos veces. El tiempo no parte, ni corre a prisa, aunque Parménides ya era viejo cuando lo descubrió.
A veces pienso que nací a las tres de la tarde, a horcajadas del tiempo, rumbo al declive, camino al ocaso: distancias que para unos son un trámite para otros son un viaje. Depende del corazón, del deseo, del coraje. Habría que abolir el recorrido fijo del 133 y darle máquina a los bondis fundidos de la SIN-TUR… ¡Dale UTA, salite un día de la ruta!
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Todos los días a esta hora siento lo que dice Violeta Parra, que “la vida es eterna en cinco minutos, te recuerdo Amanda…”
Que el tiempo es el amor y el amor es puro recuerdo.
Sólo son cinco minutos: cuando nací o me desperté
y pensé en vos;
colgué el retrato de Fabricio
y pensé en vos;
la colección de libros uruguayos
y pensé en vos;
dos cajas de pelis nuevas, discos de Brubeck
y pensé en vos.
Tomé el segundo café, me puse a escribir
y pensé en vos.
Miré el reloj y vi dentro de la esfera
todos los rostros amados de mi leve deflagración.
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Marce
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(*) Pradier, Jean Marie “La Metáfora Teatral”
(**) “Hable con ella” filme.
