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Andrea Lou

Andrea Lou

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ANDREA LOU

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Y así fue. Se dio más o menos así, pero hasta llegar a ese resultado hubo varias batallas, saqueos, conatos de guerra civil, villas miserias masacradas, miles de muertos y el magnicidio de Vértiz. Y como sucede a menudo, el Moisés que lo hace (Javier Pereda y Gabriel Furlet), miran la tierra prometida desde el exilio. Porque lo más terrible de Quimet fue su participación en la muerte de Vértiz, y peor aún, salir vivo, escaparse.

Vértiz era una lacra, un cliché latinoamericano de la colonia, típico exponente del populismo conservador, un dictador suave, pintoresco, colorido, pero de neto corte cipayo, favorecedor de las corporaciones extranjeras con un modelo de país (Bananian Republic and Co) que no producía nada, ni siquiera en sus tierras, las más fértiles del planeta. Desde entonces, Javier tenía captura internacional, de su propio país, Argentina, del FBI, Interpol, la CIA. Figuraba otra vez en un cuadro de honor, esta vez, ese dossier secretísimo de 20 carillas donde la CIA busca en el mundo a terroristas del establishment, como Tirofijo, Osama Ben Laden, Monseñor Arnulfo Romero o el Subcomandante Marcos.

Así fue a parar a Cataluña, por Ampurias, presumiblemente sin detenerse (blanco móvil, todo el tiempo entre Barcelona y Lyon), comunicado solo por el chat del Blackberry, porque según él, en 2011, por su cantidad limitada de bites, no podía rastrearse o prevenirse. Mientras tanto, la familia Pereda había quedado muy perjudicada en todos sus vínculos sociales y profesionales con esta situación. La quiebra afectiva, económica, los lazos. Tenían siempre un móvil policial en la puerta, pero no para cuidarlos, para perseguirlos. Fueron los dos años que Esteban se quedó prácticamente sin ejercer la medicina y no hubo hospital o sanatorio que le admitiera en su matrícula; embargo de bienes, divorcio, mudanza del tipo Éxodo Jujeño: colchoncito, pensión, altillo, Telefunken 14 pulgadas. La escritura del desastre.

               Fue ahí cuando se le ocurrió la aventura del taller literario. Los que no escriben, enseñan. A veces un psiquiatra conductista y un multiple choice te sacan de apuros. Su psiquiatra le dio la idea, e incluso, le mandó los primeros alumnos. Bastante tiempo, por lo bajo, en el ambiente literario de la ciudad el taller literario de Esteban era conocido como “El relato Valiums”.              

Hasta que por último, ahora, diez años después, justo cuando parecía crecer otra vez la panza de Sancho y apagarse el escándalo del zurdito burgués de Palermo Chico, la hermana menor, Andrea Lou (porque ella es la que tiene el carácter y el desenfado), trae otra vez a la biblioteca de Esteban los primeros capítulos del Quijote. Era indisimulable que la chica era el testaferro favorito del hermano magnicida, todavía en el exilio (?), las grandes decisiones las tomaba ella y en menos de un año había empezado a administrar grandes campos de soja de la zona Rosafé y pequeños campos de otros yuyos o yerbas en cualquier parte, tan o más rentables que el orgullo del granero del mundo. Campos, edificios, concesionarias de autos y en la última comida familiar hasta había hablado de poner una mesa de dinero, una financiera con saldos de la política. Hasta bromeaba con la idea de comprar un diario. ¿No querés volver a escribir contratapas, Esteban…? –le dijo sonriendo- y como don Umberto entendió que la chica quería hacerse canillita, le pidió que todas las mañanas le trajera La Nación. Andrea Lou (Esteban a veces la llamaba directamente Salomé), aclaró al padre que se refería a todo un medio de noticias, a un multimedio, que incluso podía ser toda una corporación de noticias e iba a necesitar que Esteban le hiciera un relato basado en hechos reales, como un diarismo mágico, inventar lo que pasaba.

 

                     Andrea Lou (Andrea Lucía Pereda) tiene ahora 31 años y es la hermana menor, más bien tardía, de la familia. El “Lou” se lo bautizó Esteban porque su hermana tiene el garbo y el tono de la Andreas Salomé. Nació veinte años después que Javier y once más tarde que él, cuando ya parecía que doña Teresa y Umberto se iban a quedar con la parejita modelo de los varones. 
La innovadora teoría genética o eugenésica era del excéntrico Don Umberto, apodado el Umbi por sus hijos, Umberto sin H, porque nació el año (1924) en que el Rey Umberto de Italia visitó La Argentina.

Como corresponde a un modesto empresario metalúrgico, don Umberto acuñó la curiosa teoría genética o eugenésica acerca de la cual convenía tener los hijos con intervalos de diez años. En ese lapso –decía-, si bien se perdían nutrientes por lo añoso de los padres, se ganaba en tener hijos de distintas generaciones, una familia multicultural, siempre adaptada, a más que en las nuevas semillas habría células renovadas, nueva sangre, proteínas o químicos que irían incorporando los padres en cada década, por el progreso de los alimentos, los remedios o terapias. El lapso del cambio son diez años –decía el Umbi, y para quien quisiera escucharlo lo explicaba en la mesa del café El Lido-, un hijo en cada generación, una familia multicultural, siempre adaptada, siempre joven. ¿Qué podía tener de cierto? El Umbi era encantador, eso sí. Eso era lo único que podía hacer volver a Quimet (millonario en Cataluña, con una familia definitiva, La Knicks ya Lorena Pereda y los dos niños), cuatro mil kilómetros de polizón en la bodega de un trasatlántico y otros diez mil en aviones fumigadores, hasta Rosario y zona, desafiando la captura internacional, las traiciones, las venganzas, el cambio de rumbo del museo de la novela de la eterna Argentina peronista.

                 Andrea Lou era It´s the next generation: remeras y discos de Los Ramones, tatoos por todo el cuerpo, estudiante de Empresariales y mandaba ella. Por eso cuando la familia quedó en el jaque subversivo de Javier, Furlet y toda la banda de bichicomes, ese temperamento fue de gran ayuda (tenía apenas quince, sin fiestita), y fue la única Pereda que no reaccionó con miedo o tristeza, sino más bien con desenfado (I wanna be your boyfriend), trivialidad y una especie de coraje que enseguida la hizo subir a la camioneta, meterse un revólver entre los vaqueros y empezar con los restos del circo, la utopía y las empresas de Quimet, aunque no supiera bien de qué trataba todo eso.

Ese tono «Lou» de Andrea, el tono Salomé, el registro cortadora de cabezas masculinas, esa seña tan definida de «siempre te pondré en el lugar del muerto, seas Nietzsche o Juan el Bautista», lo descubrió su hermano Esteban que fue quien la bautizó con el apócope en lugar de Lucía, que le había tocado a la chica por segundo nombre de una abuela. Esteban había puesto su cabeza (y parte de su pierna derecha), en una bandeja de plata del tipo Salomé, por su alumna erotómana, Renata, y sabía perfectamente que su hermana no había tenido fiesta de quince, pero era otra chica Cadícamo. Y una vez se lo dijo: 

– Una chica Cadícamo.

-¿Qué carajo es Cadícamo?

-Rara… como encendida. La letra de un tango.

– Tango no. Por favor, te pido. El otro (se refería a Quimet), me hace ir con la cosechadora por el medio de la llanura escuchando a Bill Evans. Es mi límite. Al menos tiene una batería, guitarra…

pero tango ni mamada…

– Mirá qué loco, el tango justo se llama “Los Mareados”.

     Andrea hizo un mohín recurrente que significaba algo así como “colgate de ésta”, aunque quizá debería traducirse como “chupame ésta”. Esteban iba al volante, ocasionalmente, porque habían comprado dos biplazas para fumigar desde Oruro, en Bolivia, hasta Corral de Bustos y llevaba un piloto y un mecánico para revisar los aviones. Además, ya le había parecido en el viaje de Navidad, dos semanas antes, que había algo de su hermana que le gustaba compartir o confirmar. Y es que desde que Andrea Lou viajaba todo el tiempo por las carreteras rurales, e incluso vivía en la estancia cerca de Camilo Aldao, ha empezado a tener otra idea del tiempo, del paso del tiempo, de la acción y del paisaje o a causa de él. Del espacio más transparente y en cierto modo infinito de la llanura. No como la música intraducible de la pampa borgeana, “esa hora de la tarde en que la llanura está por decir algo pero nunca no lo dice”, sino que a Andrea parece decírselo porque ella lo refiere por los signos del viento, del agua, de los animales o del cielo. Y después se queda ensimismada y el tiempo ya no parece sucesivo o en duración, sino largo, empozado, unitivo, extrañamente gozoso. 

Como si salir de la ciudad modificara la visión o la medida de las cosas y al ver todo un plano enorme, que incluye hacia arriba lo que se llama el cielo o el horizonte, suele tener enormes tramos de silencios y parece medir las cosas por viajes, grandes extensiones, a veces nada más que una tranquera o un ícono viejo a la entrada de un campo, un roble fulminado por un rayo a la salida del pueblo; fenómenos del clima, el viento, el granizo, los colores de los cirrus, la ondulación de las espigas o los marlos, una brisa especialmente arisca si uno mira el reloj (Esteban) y descubre que apenas son las tres de la tarde, de un ocho de enero, en el hemisferio sur. Quizá todo esto explique el gusto (raro) de una chica Ramones por Wim Mertens, ese disco de las virtudes morales y teologales, porque quizá esa visión de la pampa y un CD, sean el único lugar del mundo en el siglo XXI donde perviven.

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MARCELO SCALONA

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fragm. de la novela en progreso NO SABIENDO PARA QUÉ…