Tonequín sale del pasillo de las vías de Villa Manuelita a las siete de la tarde. Empuja por el barro del pasillo su moto enduro 4T de 650 cc., una máquina nueva, a inyección, que tarda 7 segundos en llegar de 0 a 100 kilómetros por hora. El último modelo de sicario. El caballo justo para entrar y salir rápido cuando deja los telegramas. En el pecho lleva cruzado el morral negro con el estamping de San la Muerte, su firma en los trabajos. Adentro de la bolsa, va la 9 milímetros limada que fuera del Comisario Osorio, muerto en combate, y su ametralladora corta, de puño, una Glock 18. Nada de baratijas ni pistolas reformadas como la Mac 10 o la Tec 9. Son trabajos cronometrados, no puede haber error, ni en la entrega ni en el destinatario. Ni en el regreso, con el aviso de retorno firmado por el muerto. —- Sale de la villa por la calle Flor de Nácar, un eufemismo, la flor en el fango. Como es enero, espera a punto del ocaso y recién allí arrancará rumbo a Maizal, para dejarle el telegrama de metrallas al Chacho. Saldrá a esa hora para llegar con el crepúsculo, más bien de noche, los horarios en que despacha. Aunque él no los ve, sabe que un kilómetro más atrás de su moto, irán un par de autos de civil del comisario Milisiuk, para liberarle la zona, apoyarlo incluso, si hubiera una emergencia para fugarse. Los canas no intervendrán en el atentado, van para contener a los zumbos del barrio, dar la data del sitio, empiojar la escena del crimen y ayudar a la fuga, si hiciera falta. —– Es una tarde bendita de verano, por la autopista a Córdoba hay un torrente de autos que van y vienen de las quintas de Funes, Roldán, San Jerónimo. Tonequín va puesto, fisurado, con lo normal para ponerse en vena o darse coraje: un saque de coca al mediodía y otros dos después de haber tenido sexo con las chicas de Reginaldo. Tres chicas, tres saques. En el peaje de Carcarañá, se corre a la banquina y se da el último saque en el baño, a la vista de un viajante de comercio que trataba de hacerse la raya al medio en el pelo escaso. —- Cuando llega a Maizal (70 kilómetros de Rosario), le vibra el celular (lo pone sin sonido en la escena del crimen), pero atiende, porque es Esteban. El Pereda de acá le insiste con que el trabajo es un susto, una advertencia, algo sencillo. Que nada de manchas rojas, le dice, en el telegrama de Chacho. Pero Tonequín no le da importancia, desde que repite su latiguillo, (no sabés cómo me gusta matar), no acepta que nadie le pida prudencia, templanza, ni ninguna de las otras virtudes del CD de Wim Mertens. Solo contesta ya sé, ya sé… ya me lo dijiste… —- Tonequín no sabe (no tiene porqué saber), que la semana próxima llegará Javier Pereda a Rosario y hasta entonces, no debe pasar nada que bata el parche, el avispero, que ponga en letra de molde a la familia, que prevenga a los milicos o a las otras bandas, que está llegando uno de los barones de la droga, al territorio. —- Tanto como de matar, Tonequín disfruta de hacerse ver, de hacerse oír, como si fuera una especie de Llanero Solitario, pero al revés. Antes de cualquier crimen le gusta pavonearse por la avenida principal, mirar las chicas, hacer un par de willys con la moto, ponerla en una rueda, subirse a la calzada, estacionarla donde quiera y tomarse una cerveza del pico a la vista de todos. Y estaba en eso, justamente, en un bar céntrico de Maizal, en la calle San Martín, el bar Caracolas, cuando recibió un mensaje de texto al celu, de Milisiuk. “Punto en Villa Dorrego, Gorriti y Tessei, galpón verde, matafuegos Fire, el dealer”. —- Le preguntó a la moza del Caracolas, que le indicó, pero se negó a darle su número de teléfono móvil. Conchuda, le dijo el Ton, siempre tan fino y salió arando de la vereda del bar en dirección al sur, hacia las vías que dividen todos los pueblos de la pampa argentina. La del paso a nivel era la calle Gorriti y hacia el fondo se espesaban los ranchos. Para allá era, donde iba la miseria. Buscar el galpón verde, el dibujo de un matafuego, la palabra Fire, el cruce con Tessei. Ya se había hecho noche completa y la luz pública falta o está rota a propósito en las villas. Vio el candil de un bodegón, unos pibes arrebujados con unas cervezas y fue a preguntarles. Los pibes tenían unas banderas rojas de algo, deportes, política, boy scouts de la iglesia. Para Tonequín era lo mismo. Los apuró con la pregunta, pero con tanta mala suerte, que los chicos ni estaban borrachos ni eran sumisos boy scouts de la parroquia. Eran tres militantes sociales del Frente Barrios Combativos, un grupo duro, de choque, cortes de calle, escraches; un Frente donde se juntaban grupos de izquierda, troskos y del peronismo revolucionario. Chicos acostumbrados a ir encapuchados, con bastones de quebracho, rompedores de cabezas, de cercos policiales. —- La prepotencia de Tonequín no les hizo ninguna gracia y en seguida se pusieron en guardia, de pie y sacaron sus machetes de las mochilas. Mientras se acercaban al ruido atronador de la enduro, Tonequín puso la música a 650 cilindradas y el freno, entonces la moto daba círculos de furia, echaba humo, gases, hasta unas chispas de roce con el asfalto. Algo disimulaba la desmesura, el humo, el ruido, las cumbias del bodegón, el caso es que cuando los pibes llegaron a la moto, Tonequín ya había desenfundado la pistola y les apuntaba. ¿Dónde mierda está el Chacho…? ¿Dónde, pendejos de la iglesia…? ¿Dónde está el matafuegos…? —- Uno de los militantes, Gergo (22 años, maestro mayor de obra, sostén de familia, diría la necrológica), atinó a blandir su machete y ahí nomás recibió dos tiros en el pecho. Un fusilamiento. Cayó muerto. Y cuando los otros dos (Tute, murguero, 25 años y Blas, letrista, pasacalles, pintadas, filetes), atinaron a hacer lo mismo, tuvieron la misma suerte. Todavía le sobraron dos balas de la pistola al Ton, para tirar al aire, de advertencia, cuando salieron los vecinos y amagaron correrlo. Y no había hecho ni cien metros en una gran Willy, con una rueda sola, que alcanzó a distinguir el bote rojo de un logo de matafuegos y el galpón verde, y el Audi blanco de Chacho, la patente N, y ese número igual que el programa de la tele, “6-7-8”. Y ahí supo dónde tenía que hacer el telegrama, el metralleo de dos pasadas con la Glock 18. —- Pero no hay caso, cuando las cosas empiezan mal terminan peor, porque al retroceder, unos cincuenta metros para volver a pasar por el frente y hacer la descarga, se ve que la gente de adentro del galpón, que había escuchado los tiros recientes, se asomó a la puerta justo en el momento que pasaba Tonequín con la primera ráfaga, y le dio a una chica que tenía un nene en brazos. Así y todo, como Tonequín no era de dejar un trabajo a medio hacer, pegó la vuelta y tiró la segunda metralla, aunque ahora apuntó más alto, a la marquesina, no fuera cosa que hiriera a alguien. —- Chacho salió ileso, se había tirado al piso en la primer balacera. Dicen que se cagó encima del susto y antes de que terminara el día, ya había pagado a Milisiuk, en un bar de la zona norte de Rosario, los 400 kilos de marihuana. El Comisario intentó disfrazar los crímenes con el consabido rumor de que los chicos baleados eran soldaditos de los dealers de la Villa Dorrego y los habían matado en un ajuste de cuentas entre narcos. Pero ya era tarde, los muertos eran militantes sociales. Y eran tres. Y un bebé grave. De madrugada, ya bajaban de Buenos Aires dos diputados de la Nación, comisionados por la Presidenta, para investigar el caso. —- Cuando Esteban le reprochó la salvajada a Tonequín, no pensó que volvería a escuchar el estribillo de siempre: –Si lo querés limpio, hacelo vos, tordo…
–Baleaste un bebé, hijo de puta.
–Donde no va cirujano, va carnicero.
–Los pibes muertos eran nuestros.
–Yo también.
–Salimos en la tele, hijo de puta.
–Ah bueno, decile a tu hermana que me escriba bien el nombre en el diario. Tonequín, con q y con acento, tordo. Y que la frase es mía, ojo…
–¿Qué frase?
–¡No sabés cómo me gusta matar! . . Marce Frag. novela inédita NO SABIENDO PARA QUÉ. p.82
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LOS TRES
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Me llama Pablo
que hoy está triste
que tomemos un café
y te recemos un rato
que repitamos juntos
alguna de tus letanías
“decile que me quedan 3 meses de …