. Después de diez años del accidente, Esteban ha podido recordar con cariño, que cuando Renata afinaba sus poemas solía faltarle un adjetivo. Perfilaba con tal obsesión sus impresiones que nunca quedaba satisfecha. Algo se enrarecía en el altillo, allá arriba, cuando venía a sus clases particulares, y escribía, alta en el cielo. Y salían a la terraza para ver el río o el Monumento a la Bandera y se ponían a dibujar la noche con volutas de marihuana o escribirle piropos a Belgrano en los renglones de la bandera más larga del mundo, o volvían a intentar el poema con un rescoldo de carbón de la parrilla, sobre la cuadrícula de las baldosas naranjas. Un altillo como un penacho o cima. ¿O sima? Más bien esos penachos que flaquean en la cresta. Una piecita como un atalaya en la punta de una calle que desciende hacia el río. La calle baja y la pieza sube. ¿O al revés? Ese contraste la volvía fatal. Imposible no mirar, no subir. Un monumento a la guerra que odia, y una habitación sola en medio de altos edificios de bloque. Su ventana pequeña como un ojo de buey y la luz ambarina de una lámpara en la madrugada. Obvia referencia al faro. ¿O a la borrasca? Cruzando la calle, sin más, estaba el río Paraná como un océano, porque si se piensa en su caudal (que ha confundido a las ballenas) y en los 50 kilómetros de islas, y que a poco de andar llega el río Uruguay, en lontananza, es un agua que llama a la otra, un mar de fugitivos, un agua para perderse, la Banda Oriental como una Atlántida perdida y ahí nomás, el océano. ¡Qué son mil doscientos kilómetros cuando lo imposible se acuesta a tu lado todas las noches! ¡Qué prisa lleva lo inalcanzable! Con todo, no diría que el altillo de Esteban era algo sempiterno, erecto de entusiasmo como el Monumento a la Bandera. Más bien y dependiendo del día, era algo febril martes o viernes, y hasta la extenuación, con luna llena. Aunque lo más común era la deriva, esperando a las ballenas desastradas que confunden el río con la mar. Derrengado y enclenque, enrarecido, decía ella, aunque a él no le convencía adjetivar adjetivos. Lo que más abundaba era la demora, algo del tipo quesíquenó: que sí, pero no; sí, sí, pero todavía no. Es que la escalera larga y sinuosa, enrevesada, abonaba fantasías de escritora maldita y eso podía resultar un cliché, un simulacro de lo obvio. Lo difícil, era encontrar una silla, sentarse varias horas y escribir. Y no moverse del cuaderno y criar culo en el asiento hasta encontrar la frase. Dos sintagmas, una cuarteta decente. Una mujer que se empeñaba en criar culo desbarataba el cliché de la época. Porque a veces cuesta un día entero encontrar el adjetivo. Y ni hablar de enfocar el núcleo y que pase algo, aunque sea en superficie. Y ni hablar de poder ser otro. Otra. ¿Cirugía o literatura? Literagía, cirulatura. Un cirujeo. Y si es que subía todo el tiempo esa escalera y hacía sus mandados y lo ayudaba con los muebles, era porque Esteban iba siempre detrás de ella en la subida. A quince centímetros de su culo de bailarina criado a fuerza de buscar el adjetivo. Había que ver esa braguita negra o blanca, sudada, trémula como banderín de la infancia, un 20 de Junio helado esperando el desfile. Había que ver su crecimiento imperceptible a fuerza de tanta silla y el día en que el elástico se calzó en el centro de las dos nalgas y ese sano desborde cuando el objeto no contuvo más la desmesura de dos cachetes jóvenes, firmes, de carne dura, sin estrías, de pulpa encarnada, vellos suaves, olor a pichí mezclado con el resuello de alguna colonia dulzona de la mercería del barrio. Un jarabe, un elixir, un potingue. Escribir. ¡Qué diferencia entre 15 centímetros y mil doscientos kilómetros…! ¡Qué apuro…! ¿Cómo escribir con ese elástico en el medio de la luna remedando un guiso de mondongo, un pastel de chocolate, una almohada de crema? A quince centímetros de su cara daban ganas de morder, alimentarse del rabo y pensar seriamente en vivir de eso: del bebedizo de sudor, el elixir, el perfume y jugos de ella, mientras Renata hacía sus mohines de insatisfecha preguntando un sinónimo de rara. Terminaban hablando de teorías literarias, que hay culos que se hacen buscando el poema y poemas que se escriben de culo. Entonces adherían a muchas teorías, arriba, abajo, como perritos, de pie, sentados, en la bañera, colgada ella de la reja del patio. Escritos en el cuerpo: cirugía y literatura. Trabajo e inspiración. Cirujeo. Cogito ergo sum. Coger es lo máximo. Y viceversa o verbigracia. O bicerveza y vergagracia. Avanzaba la noche. Y subía, subía la espumita. . . ————————Marce
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MARÍA
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Antes de ayer fue Fabricio
hoy es mi hija
puedo dormirme en la terraza
los cumpleaños tristes
porque todavía es verano
la intemperie es suave
y es amable la luna
las estrellas, …