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«Y si es que subía todo el tiempo esa escalera y hacía sus mandados y lo ayudaba con los muebles, era porque Esteban iba siempre detrás de ella en la subida. A quince centímetros de su culo de bailarina criado a fuerza de buscar el adjetivo. Había que ver esa braguita negra o blanca, sudada, trémula como banderín de la infancia, un 20 de Junio helado esperando el desfile. Hay que ver su crecimiento imperceptible a fuerza de tanta silla y el día en que el elástico se calzó en el centro de las dos nalgas y ese sano desborde cuando el objeto no contuvo más la desmesura de dos cachetes jóvenes, firmes, de carne dura, sin estrías, de pulpa encarnada, vellos suaves, olor a pichí mezclado con el resuello de alguna colonia dulzona de la mercería del barrio. Un jarabe, un elixir, un potingue. Escribir. ¡Qué diferencia entre 15 centímetros y mil doscientos kilómetros…! ¡Qué apuro…! ¿Cómo escribir con ese elástico en el medio de la luna remedando un guiso de mondongo, un pastel de chocolate, una almohada de crema? A quince centímetros de su cara daban ganas de morder, alimentarse del rabo y pensar seriamente en vivir de eso: del bebedizo de sudor, el elixir, el perfume y jugos de ella, mientras Renata hacía sus mohines de insatisfecha preguntando un sinónimo de rara, y él no podía dejar de pensar ¡qué prisa lleva lo inalcanzable!»
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……………. Marce
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(*) frag. de la novela en marcha, «NO SABIENDO PARA QUÉ»