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ARIANA (2ª parte)
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Cuan do Ariana, la monumental asistente tanatológica, vio a Esteban tiritando, lunático, perdido, atinó a abrazarlo, rodearle su transpiración con un polar verde flúo del tamaño de la carpa del circo Rodas, y tuvo que repetirle varias veces la pregunta, zurrarlo un poco: qué iba a hacer: ¿que hará, doctor Esteban? ¿usté va a acompañarme? Bueno, lleve plataentonces, credenciales, documentos. Esteban, mirando a esa chica enorme, morena, con su sonsonete dominicano y todos sus detalles flúo en los objetos, quedó transido por ese atisbo de risa de ella, una especie de tic suave, como un rictus de piedad, adelantando siempre algo parecido al amparo en la conversación.
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Ariana sería uno de sus mejores recuerdos de los sanatorios. La chica vivía todo aquello como un trabajo de oficina, nunca dejaba de escuchar su IPod, leer sus revista “Gente”, comer, beber, en la habitación 109 y hacer rutina de todo lo que pudiera disimular la mejor técnica para ir suministrando la morfina. Ahí fue que Esteban aprendió, que aún en un sanatorio y en los peores días, se puede conocer gente dichosa, vital, rara, como encendida. Ariana era eso, una morena enorme y sonriente que vivía en la Villa La Lata, pero tenía modos suaves y un gesto definitivo: cada noche, cuando él estaba a punto de dormirse en el sofá de la sala de espera, le llevaba un capuchino de la máquina, lo arropaba y alguna vez hasta llegó a enjugarle una lágrima y los cabellos. Le decía frases hechas, del tipo Osho, Coelho, plegarias, cosas que en otra circunstancia, Esteban hubiera rechazado con acritud, pero que ahora agradecía, y lo ayudaban a esperar y a dormirse.
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Pero lo que sucedía no era un lazo romántico (más adelante, ya muerto el Umbi, ella lo llevaría un par de veces a bailar a Katoa, pero no era eso), era una dulzura, un candor, un plus de alivio (en la antigüedad se les decía ángeles), que hay que tener para hacer ciertos trabajos o compañía. Y lo mejor era su carácter, una auténtica butcher, Ariana: al pan pan y al vino vino. Otra cosa esencial de un asistente tanatológico: la determinación, prepararse para saber que después del adagio viene el rondó finalle en alegro.
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En cambio Esteban, a las preguntas de ella, y cuanto más perentorias, contestaba con otro interrogante: -¿Y qué hacemos…? Él, preguntándole a ella; el patrón a la empleada. Esteban a Ariana, qué hacer. Qué haremos. Una noche llegó a esa pregunta obvia y vacua que todos hacemos en esas circunstancias: qué haremos si se mueren. Entonces ella, sin arremangarse, lo llevaba para adentro como a un chico, le daba un té del microondas, le agregaba una pastilla y mientras juntaba papeles, estudios, análisis, que incluían fajos violetas y azulinos con la cara de Roca y otros más bonitos, con el rostro de Evita, le colocaba sus auriculares y parecía arrullarlo con sus músicas de corridos, bachatas y flamenco.
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Y más tarde, ya por la madrugada, internados, al bajar a la calle por algún café verdadero en la Petrobrás de Rioja y España, desde la escalera, ella iba escuchando (esa chica dominicana, inmensa y flúo), a su patrón, el doctor Esteban Pereda, musitando algo parecido a lo que siempre repetía un médico ruso (le dijo él), Antón Chéjov, cuando hablaba de estas agonías: “… que la vida eterna es un instante, no es un tiempo largo, eso no tiene importancia. La vida eterna es el momento en que se mueren tus padres, tus hijos o tu amor, y mientras las manos se van enfriando, les dices, muy sereno o con un llanto en sordina (para no asustarlos), que no ha habido en el mundo un amor así y que no te olvidarás, que no se olviden, que no te olvides… que ahora estaremos en la separación física, pero siempre, en la comunión del espíritu.»
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NO SABIENDO PARA QUÉ (novela), fragmento.
