.
. Miré los restos de la fiesta de anoche y pensé: arroz y flores. Arroz con azafrán y una rosa china color té en nuestra cena navideña, en la casa familar. Arroz para vivir, y flores para tener motivos para vivir. Un poco de catecismo, un poco de mi vieja, otro poco de Sartre y algo de Confucio: cada uno termina haciendo una religión sincrética, natural, con lo que puede, con lo que le va quedando, con sus propios restos, como una religión china. . Me asomo a la vereda y la calle está vacía, silenciosa, coronada con un aire fresco y dulzón de profecía del verano o de primera luna llena del solsticio de invierno si estuviéramos en China. Por una vez en el año, el súper chino está cerrado. Como si cerrara el sol. ¿Qué hará Fanny cuando no está en la caja o cortando fiambre o rellenando las góndolas? ¿Y Rubén, el marido, tendrá algún vicio donde relajar las amenazas de saqueos? El lunes pasado lo vi frenético con el celular y la puerta del súper a medio abrir «esperando a los bárbaros» potros de Atila. . En pijama me acerco hasta la esquina de Alem, porque allí está el panóptico barrial. Desde allí puedo ver hasta el centro, si es al norte, o hasta el batallón, si es al sur. Pero no, todo confirma que los restos de la noche descansan, las cumbias, las explosiones, las serpentinas, los espumantes, nuestra fiesta de los faroles chinos, esas lucecitas que se encienden y se apagan. Sin dogmas y ya en el siglo XXI, igual necesitamos creer en la fraternidad humana, y en la libertad y la igualdad, y nos saludamos con buenos deseos para todos. . Pero para que muchos podamos tener una celebración hay otros miles que trabajan en silencio y no cobran doble ni tienen convenios especiales, porque ellos, que esta mañana están juntando los restos de la fiesta, ellos mismos, son el resto de la humanidad, lo que sobra, invisible, silencioso y vacío aunque vayan por el medio de la calle tirando un carrito del supermercado lleno de desperdicios. Que además, son ajenos. Ya no es solamente la fiesta ajena, es la basura ajena. . Entonces lo veo, es Wu, el Chino que va por Alem rumbo al Bulevar Seguí, y luego viene, carga otra vez y enfila por Ayolas hacia el río. Y más tarde vuelve, carga otra vez el carro del súper con porquerías y va a tirarlas a los contenedores de la plaza Evita. Y ahora vuelve a cargar de botellas rotas y cartones el changuito y lo lleva rumbo a Maipú, para confundir su basura de súper chino con la de «La Reina», el supermercado grande y rico. Lo saludo dos veces, una mano levantada y a la segunda, con la V de la victoria. Siempre sonríe. Sin Navidad, sin Fiesta de los Faroles Chinos, sin el solsticio de Beiginj igual sonríe. Pero no habla, apenas lanza un «chá», que quizás sea un chau aunque a mí siempre me suena a Chan, uno de mis amigos favoritos de la infancia con el que jugábamos adivinanzas en el zaguán de la mueblería de Catalano donde ahora está el súper chino. Ya-chau-Chan. . Pero el chá del Chino también puede ser homófono de ya. A cada changuito lleno de basura que vacía dice ya o chá, como si recordara la fábula de Mao que dice que las montañas, por más sólidas y grandes que sean, se desarman de a una piedra por mañana. Una a una, sin descanso y día a día, cada guijarro que se quita, desarma el monte de la opresión. Y también comprando el arroz de Confucio, el arroz para vivir y las flores del Tao donde está el motivo para vivir. . Ahí Wu pasa de nuevo, sonríe, hace la V de la victoria y dice chá. . 25 -12-17……………Marce.