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El Chino en la lluvia

.El Chino 10

EL CHINO EN LA LLUVIA (10)

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El domingo de verano está lloviendo en Rosario y el Chino apenas lleva encima un capote de nylon transparente que podría ser un pilotín con mangas y capucha, pero también podría ser el rezago plástico que cubre los pallets de bolsas de azúcar o el tejido acrílico hecho con los blisters de agua mineral o arroz de las terrazas de Longji, en el pueblo de Ping, donde trabajó su abuelo, y donde una vez, en 1967, llovió dos mil milímetros en 48 horas. Monzones, tifones, el sureste de China donde el Himalaya no protege de la furia del mar. Y donde llueve mucho, como algunos días de enero en Rosario: lugares o personas que tienen vocación para el agua como amantes fugitivos.
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Cuando un rato después Wu se sienta junto a su pila de cartones en la vereda, pienso que la lejanía china en la lluvia no lo lleva a la distancia sino más bien para adentro. Ese lugar donde deben estar los sutras de su corazón, unas casas vacías, su cuerpo, la mente, la naturaleza, todo en una especie de desasimiento que le hace no estar nunca ansioso y que la sonrisa sea la primera respuesta a todo.
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El sutra de Wu está lavado de lluvia de 1967, impermeabilizado al capitalismo por un padre maoìsta o unos vecinos que acaban de asesinar al patrón que despidió a 25 mil trabajadores. ¡Vaya medida de fuerza el patronicidio!
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Wu parece vaciado de las aprensiones del comprador apurado de la última media hora del domingo al mediodía. Y como estuvo lloviendo, todos se lanzaron a venir al chino a último momento. Wu sonríe mientras ayuda a la señora gorda del pasillo 340 a subir los dos escalones de entrada al salón. A Wu le da gracia que los vecinos se atropellen, o peor, que se asusten por una llovizna. Quien ha visto el Himalaya, o un monzón, o los arrozales en las terrazas, o los cuerpos de los dos niños que jugando se asfixiaron encerrados en una heladera vieja abandonada en el basural del Bajo Ayolas, donde él fue a tirar sus cartones, no le teme a nada. No hay mal que pueda sorprenderlo. Wu está vaciado de desgracias, es como un mensajero de la lluvia de los días domingos.
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Le entrego dos envases vacíos de Stella Artois y me dice la segunda palabra en un año de amistad ideogramática: amituoyo, dice.
Yo supongo que es un sustantivo, y que tiene que ver con las botellas y le digo: -Sí, dos. Dos Stellas.
Él repite: amituoyo.
¿Amigo tuyo…? Digo.
Sonríe. –Sí, amigo tuyo…-digo y sonrío levantando el pulgar mientras él abre la puerta cristal de la heladera que tiene las birras y saca dos rubias.
–No –dice Fanny. Amituoyo es sánscrito. Significa vida infinita, vida larga con armonía, sonrisa, y se toca el lugar cordial donde todos tenemos el sutra, aunque el de ella no es el mismo que el de Wu ni el mío.
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Pago y salgo. Ya en la vereda, al saber el significado, le toco el brazo a Wu (esa manía de dar convicción a las palabras tocando a la gente) y le digo, con un énfasis asesino del zen: -Amituoyo… y lo repito, como si él fuera sordo, o necesitara que yo le explicara el Buda.
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Sonríe pero ya no me responde ni me mira o no me ve. Por un instante se queda mirando hacia el Bajo Ayolas, porque a él, como a mí, la lejanía en la lluvia no lo lleva a la distancia de Longji, sino más bien para adentro.
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…………..14 -1- 2018….Marce…