.
«»¿Qué es un país?…Podría haberse preguntado el narrador de «El hotel donde soñaba Perón» (Aclaremos: el narrador, no el autor).
De ser así, demás está decir que lo habría hecho por fuera de su texto: en su cabeza, dando una vuelta por la ciudad, y antes de poner manos a la obra.
Y quizás se hubiese respondido: un país es lo que hacen algunos hombres.
Quizás se habría dicho éso, pero pensando además que un país es lo que hacen algunos hombres con el resto de los hombres que en él habitan. Porque no se trata de deidades que manipulan las cosas a su antojo, sino de meros visionarios, incluso augures, que pueden detectar, en el signo de los tiempos, los cursos profundos que arrastran la masa abigarrada de cosas y gentes que en cada momento de ese país se debaten.
Así, ya no un país, sino este país, para ese narrador es lo que de él hicieron unos pocos creadores: Belgrano, Perón, o Kirchner, discretamente enmascarado bajo un seudónimo.
Claro, hablamos de políticos. Pero un país también es lo que hacen sus escritores, sus artistas, y por eso este país, para el narrador de la novela, es lo que hicieron Arlt, Macedonio u Onetti, ese porteño adoptado por mero trasplante de un lado a otro del río al que los primeros conquistadores hispánicos confundieron con un mar dulce.
Pero como ese narrador no es un cándido romántico, líricamente idealista, que suponga que la literatura revela las sagradas zonas del espíritu humano, piensa además que a este país lo hicieron también aquellos que son prácticamente el reverso -necesario, indispensable- de esos venerados creadores. Por ello incluye además, en su trabajo, a su contracara, su antifigura, ese envés imprescindible para lograr que el país sea lo que efectivamente es.
Que son toda esa serie de sujetos inescrupulosos, delicuenciales, que van desde un presidente que bien podría ser el filósofo de Anillaco hasta toda clase de narcos y criminales que están en la novela para hacernos saber que él país también son ellos, y que a veces incluso lo hacen como los otros.
Está claro que nada de ésto aparece de manera expresa en el libro.
Pero cuando uno lo lee, dejándose llevar por la abigarrada historia del Clan Pereda -apellido que recurre en las novelas de Scalona como clara señal de la voluntad de construir, como su amado Onetti, una saga- advierte, o por lo menos imagina, conjeturalmente, que el narrador debe haber amasado tamaña cosmovisión para poder contar lo que cuenta.
Porque sin ella la novela no existiría. O sería, en todo caso, uno de esos trhillers facilongos con que las grandes editoriales transnacionales nos atosigan constantemente.
Felizmente, «El hotel donde soñaba Perón» nada tiene que ver con lo transnacional, ni como mercancía ni como cultura. Y sí tiene que ver con lo argentino, incluso lo rosarino, por más que la ciudad tampoco se nombre, como si ese narrador, auténtico maestro de la ficción, prefiriese eludir los referentes obvios, para enseñarnos de tal modo que la literatura adviene cuando lo real se transmuta en ficticio»».
.
.
ADRIÁN ABONIZIO me escribe esto sobre mi novela
«El hotel donde soñaba Perón»
.
Marcelo, estoy leyendo «El Hotel…» y me encuentro por fin con una literaatura «no …