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Los chinos llegarán, dijo ella. Y lo repitió como una queja o una advertencia. Una señal de enojo consigo misma, conmigo, con el destino: los chinos llegarán… Hacía una hora que estábamos en silencio, mirando el río en la rambla con una cerveza, desconcertados por el final del verano y el final de su estadía en Rosario.
El pasaje de regreso de Xia a Beijing era un día próximo de abril y la muerte del estío siempre es así: un larguísimo domingo a las siete de la tarde. No es igual volver a China que a Europa o a Lima o a México. Irse a China para mí era como irse a otro planeta, a otro mundo, a otra vida. Yo tendría miedo de ir a verla a China, yo era un cobarde y no me animaría a ser un argentino en un chino del sur de Pekín o en el Tablashai Wang, un Tablada chino. Por eso el sintagma de Xia: los chinos llegarán, me denunciaba, como una queja o una advertencia. Los chinos llegarán y ya no estaré. Y mirando el agua, el río, como el mono de Zama, ella no sabía si irse o quedarse, entonces volvió a decirlo: los chinos llegarán.
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¿Y eso qué significa?
Que vendrán más, que vendrán siempre, vendrán todos y por todo y ya no serás el mismo. Ya no serás mío y no te veré ser como un chino, hablando a los chinos o queriendo a los chinos, y ya no serás vos y los chinos llegarán y no estaré para explicarte o traducirte y quererte y cuidarte.
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中国人会来 Zhōngguó rén huì lái y dibujó el ideograma en la última página en blanco de “Serotonina”, que estábamos leyendo a medias. No es sano u oportuno leer Houllebecq al final del verano o del amor.
Los chinos ya llegaron, dije o pensé, en pasado, como si la gramática pudiera ayudarme a asumir la perdida.
La gramática es inútil en los grandes momentos de la vida.
Los chinos llegarán, es pasado. Los chinos llegarán y yo me habré ido. ¡No te metas con los chinos…! Son una plaga. Una mierda. Los chinos llegarán y te romperán el corazón.