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La China de Fuego

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LA CHINA DE FUEGO… (40)

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Siempre creí eso de Bataille de que la mujer hacia la cual se dirige un hombre, como el destino humano encarnado para él, ya no pertenece al espacio del que dispone el dinero o el mundo. El enamorado no es real, de ninguno de los dos lados, ni como autor ni como receptor, y cuanto más me enamoraba de Xia, más sentía que su dulzura escapaba del mundo real por donde ella pasaba, sin dejarse encerrar, lo mismo que un sueño, y que al despertarme, en mayo, cuando se hubiera ido de regreso a Beijing, empezaría para mí la pesadilla. La desgracia me comería la cabeza entonces, por haber creído que yo iba a seducirla, poseerla y lo peor, esa necesidad enfermiza del varón de intentar reducirla para dominarla. La realidad de Xia conmigo era tan dudosa como un fulgor, pero uno pálido y vacilante que la noche volvería frustración y soledad.
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El primer alrededor, es la segunda parte del último y nunca más puede ser hasta mañana. Jamás, es todo lo contrario y a menudo, 2 y 2 son cinco, como enseñó Leibniz. Todos los relojes de ahora tienen la cara de Xia y los números en dibujos, no son números, son lo indecible, lo inefable del tiempo y del amor.
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Yo conocía los síntomas, recordaba las otras dos veces que me había enamorado de mujeres extranjeras, una italiana y una húngara, y sabía que ahora mi corazón volvería a ser el guardián del chino, del súper chino como si fuera la casa solariega de la felicidad o el palacio prohibido del emperador, 0 a 24 y polirubro, hiciera lo que hiciera, alrededor de ella.
En mitad de la película, (Transit, en el cine El Cairo), Xia dijo que iba al baño y no regresó, por supuesto. Yo lo tenía merecido, una vez se lo hice a una chica en un intervalo de Pequeña Orquesta Reincidentes, en el teatro La Comedia. Xia era esa clase de chica. Al día siguiente podía estar vendiendo postales caseras en la plaza de Brujas o aritos de vidrio en los jardines del Luxemburgo. Lo más probable es que me llamara desde allí, por cobrar, obvio, y me preguntara el final de la película. – ¿Al final, en “Burning”, el pendejo boludito ese que escribe, aprende o no aprende que las mujeres ya no queremos que nos cojan? Ahora cojemos nosotras. Los cojemos nosotras. Si queremos… ¿entendió? ¿Y vos…?
–¿Yo qué…?
–How do you do.
–¿Where are you now…? Balbuceé.
— Mañana me voy a Barcelona con un amigo actor, tiene un casting en una película de Bardem. Me fui al aeropuerto y un ingeniero de la Volkswagen (para cojerme obvio) me dijo que le sobraba el pasaje de la esposa, que a último momento se negó a ir a Beijing porque tiene pánico a los dumplings y a los doppelganger, y que en China está lleno, porque somos todos iguales. Y acá estoy… ¿nos vemos?
— Claro, ¿when?
– Esta noche, a las nueve, en el bar Rizzi. En la esquina de la plaza, es el más grande.
– ¿Qué plaza…?
– La de Victoria.
– ¿Qué Victoria?
– Entre Ríos, ¿cuál va a ser? Cruzá el puente. Jump Stephen, jump Truman…
– ¿Vos estás ahí o vas sola…?
– Yo ya estoy acá, esperándote hace dos días… mirá que sos lerdo Esteban. Y algo vendo, acá en la plaza. No es “Pichincha” pero algo me compran. Aritos de vidrio ya casi no me quedan.
– ¿Cómo se llama el bar?
– Rizzi. ¿Sabías que Victoria es una de las ciudades en que se inspiró Onetti para inventar Santamaría?
– Creí que era Paraná.
– No, eso es lo más evidente. No, era Victoria, mucho antes de la globalización y el puente, claro…
– A las nueve ¿entonces?
– Sí… si me demoro un poco, esperáme. Pero no te vayas, esperáme. Pasa que estoy parando en casa de un amigo artesano que vive en el camino a Nogoyá, es un poco lejos, los caminos son en pendiente y hay mucho barro. Las siete colinas y los ovnis, blá blá blá… Acá se hace todo en bici. Pero esperáme. No te vayas. Ne me quitte pas, non andare vía, don´t leave, 別走…

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Y nunca llegó, por supuesto. A las doce de la noche, a punto de la segunda botella y de cerrar trato con uno de los cadáveres que Larsen se había olvidado en el pueblo sesenta años atrás, sonó el celular.
– Tiene una llamada a su cargo, si desea rechazarla, apriete la tecla send.
– ¿Where are you Stephen…? -ella.
– En el bar Rizzi.
– Pero son las doce ya…
– Me dijiste que no me fuera por nada. Cualquier hora, dijiste.
– Me olvidé que era el cumpleaños de mi amigo y…
– ¿Y qué?
– Me invitó a cenar en Rosario, y ahora quiere ir a bailar, estamos en “Bound”, ¿querés venir?
– No, ahora mismo no puedo, acabo de cerrar trato con una de las chicas de Larsen.
– Mirá que sos putañero… son of bitch.
– Y decime Julita…
-¿Cómo Julita…?
-Ah, sorry… vos eras china ¿eh?
-Hijoputa… puto…
– ¿Tu amigo artesano, es Martín o Marquitos?
– Mi amigo es regay, así que no te pongás celoso. Si cancelás el trámite con la hija de Larsen; si me prometés que no la tocás ni con un palo, te espero acá sentada hasta las seis de la mañana.
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Entonces él salió volando a Rosario, y además de pagar por nada a la chica de Larsen, tuvo que disculparse. No es sólo el negocio, hay que tener cuidado con el desprecio. Larsen es un tipo que tiene código, y nunca se sabe, otra noche, o una sucursal en Rosario.
Cruzando el puente, en mitad del río Esteban miró el reloj pero se le habían borrado los ideogramas y sólo quedaba la cara de ella al fondo del cuadrante. Esa jeta china llena de imanes, boca, órbitas, mejillas y nariz de puente respingado. 0 a 24 alrededor de ella. Alrededor de la derrota. Y no iba a estar, claro. Sabía que no iba a alcanzarla, porque Xia no esperaría ni a Onetti en el bar Rizzi; ella tenía pánico a volverse a China y a no verlo más. No volver a verlo a él, a Esteban. Pero los hombres no entienden esa parte. Son lerdos, por la madre y todo eso… Xia huye de Esteban, de Mo Yan, de Mao y hasta de Larsen. Ella huye, y por las puntas del paisaje empieza a clarear cuando en mitad del puente, por el estéreo del auto de él, la canción de Los Piojos llega a esa parte que dice “Cuando veo mi boca en tu piel y me llevo tu risa en la mente y amanece ah ah ah ah… tus labios de seda no quiero perderlos jamás”.
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………………………………..Marce…..
17-03-19, Tablada.