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El hotel donde soñaba Perón, p. 122

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EL HOTEL….  Frag.   Pag. 122

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Ellos son como turistas rurales por la colonia vieja alrededor de Maizal, la capital del distrito. Unos turistas accidentales que llegan por los pueblos buscando un montecito de Venus por Bombal o Uranga: una arboleda cerrada y frondosa de un apellido de estirpe, patricio, pero con acceso libre desde la ruta. Algo donde coger sin alambrado y en el pasto, sin remilgo ni horario con el culo al aire, como animales, como Adán y Eva para que mire Dios los días que está triste, que deben ser muchos.

               Después de la faena el que busca encuentra, y llegaron hasta el bodegón del pueblo. Pidieron dos cortados y las mujeres siempre tienen que ir al baño.  ¿A que no…?  A que sí.

            Leila pregunta al mozo por el váter y le señalan la única puerta, al fondo, en el patio.  Ella arranca con una sonrisa de desafío  y cuando pasa delante del pizarrón le cruza una raya de saliva por todo el largo  al nombre de la yegua: “La Dama del Cuore” y ahí nomás, le echa la falta,  lo mira a Esteban directo en posición y distancia  para que los parroquianos vean y oigan, y sobreactúa un leve ronquido de Marilyn, la voz cascada de happy birthday míster president: -¿A que no…?

            Él espera un minuto y sale a buscarla. No hay dos baños, hay uno solo.  Dos mingitorios, dos tazas Ferrum. Un solo gabinete. Bastante sucio. Baño de hombres. Esteban va nervioso y ni bien traspone el umbral ella apaga la luz. Son las siete de la tarde, verano, el patio es de tierra, un fondo de gallinas que mira al oeste, campo traviesa. A él le parece aquel monte de Venus de Bombal, cerca o lejos.

                Esteban ni alcanza a preguntar “a que no” que ella le arranca la ropa.  Él no conoce esa furia. Esa delicia. Lo han desvestido, pero nunca lo han forzado. A que sí, dice ella y como si lo robara, le saca cinto, remera, boxer y tira todo al piso. Un saqueo, le aprieta las pelotas le levanta las piernas, lo lame hasta el culo.  Hacía un siglo que a él no le dolían así las bolas, la pija. Le duele de dura, le parece que se le agranda tanto que no le alcanzará el cuero que la cubre.

–¿Y si vienen los gringos?

–¿A que no? -dice Leila y se pone el miembro en la boca. Pero de un modo que desaparece todo. Por momentos él siente una boa constrictor que lo va succionando a cuerpo entero. Deglutiendo, Esteban recuerda al empleado de Fravega explicándole cómo aspira el modelo triple SSS de Bosch, la aspiradora más potente del mercado que viene con un sistema de autolimpieza. Cuando acaba, el delirio no le permite saber dónde fueron los restos. Leila levanta la cara y hace la expresión que realiza a un hombre: una sonrisa asomada atrás del miembro erecto y húmedo. Se pasa la mano por los labios y a lo que ahueca, le agrega su saliva y va con todo eso hacia su boca. A la de él y se lo mete y lo besa con una boca enorme que podría tragarlo y arrancarlo del lugar de la duda para que Esteban ya no pregunte  jamás, en la puta vida:  ¿a que no… a que no?

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MARCELO SCALONA

Edit. Homo Sapiens, Rosario, 2017