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Locutores soñaron poemas

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LOCUTORES SOÑARON POEMAS
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A los 5 años la madre lo subió a un banquito en la cocina de la tía Nelly para que les leyera Sandokán a las vecinas. Y allí está, hace 50 años que lee como si nadara, como un maratón, lee como un empecinado, en bares, ciclos, talleres, el baño, la cama, los viajes, recreos, feriados, hospitales, fiestas, velatorios. En una ocasión terminó de leer por quichicienta vez «El guardián en el centeno» en una de esas cocinas horribles de las salas del fondo de Casa Bassi. Lee sabiendo que debe conservar las voces, las inflexiones, las pausas, los énfasis. Leer es un arte perdido como el lenguaje de las grúas de David Leavitt.
Él sabe que es mejor locutor que escritor, pero no se aflige, porque sabe que para ser un buen locutor, y luego un buen escritor, primero hay que ser el mejor lector. Al menos de la familia, luego de su cuadra, y después del barrio. Después no sabe que hay más allá, porque apenas es un niño. Tiene 5 años y su mamá lo ha subido a un banquito con un lomo duro y amarillo de la colección Billiken.
Sus vecinos siguen pensando que es su locutor favorito, y sus tías, su madre, el diariero, casi todos muertos, lo seguirán pensando donde estén. Incluso, sus alumnos lo creen. En el futuro, en su ausencia, dirán: ¡cada día lee mejor!
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Hace unos años leyó un artículo científico de física aplicada, de teoría cuántica, que dice que las ondas sonoras son materia, invisible pero real y no desaparecen, quedan siglos alrededor del espacio donde han sido dichas o leídas, como las promesas de amor o las que se hacen a los niños. A partir de allí piensa que morirán sus locutores, pero su voz, sus tronches del poema, sus declinaciones, sus silencios, seguirán en el aire, e incluso, ya hay laboratorios que están diseñando los aparatos (como unos embudos) para captar esas ondas o lecturas o voces y transmitirlas como si fueran una radio.
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Creyendo eso, nuestro locutor sueña poemas, algunas mañanas o sus noches, sube a la terraza y mirando hacia el río y las islas, lee en una ceremonia desnuda y solitaria. Lee y repite algunos aforismos, nombres, asteroides. En verano algunas frases saturan el aire con sus estribillos. Por ejemplo, esa de Ungaretti que dice: “De otros diluvios escucho una paloma”. Al final lo vence el sueño, baja de la silla y duerme en el regazo de alguna de las tías o vecinas que se lo disputan, sobre todo, las tardes que lee Luisa M. Alcott. Ese libro tenía una dedicatoria anónima, quizá de su madre, que decía:
«El niño que jugaba adivinanzas
acertó sólo para decir
que su orientación imaginaria
lo llevó donde había soñado».
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………..5-X-19……..Marce…
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