© 2020 Marcelo Scalona. All rights reserved.

María F. Trébol – El Hospital

.

EL HOSPITAL   (2 versiones)

La luz que atraviesa el ventanal tiene ese color de última promesa que tiñe del mismo modo el otoño que veo y el que asciende dentro mío. Por momentos, junto a la iridiscencia de la tarde, se cuela alguna voz, o el zureo de las palomas que musitan en los balcones contiguos.

Intento llevar la cuenta de los días que han pasado desde aquel que me vio llegar a este lugar. Es una tarea ardua. Las enfermeras procuran eludir mis preguntas e insisten en que imite a mis pares. A ellos no parece inquietarlos ninguna otra cosa fuera de la pantalla estridente que domina la sala. No es mi caso.

Yo prefiero la quietud de este rincón. Las practicantes no lo entienden y me dicen que no hay nada para ver y que, probablemente, tal realidad me perjudique. Yo permito su sermón; en algún momento se cansarán de darlo.

Detrás de los vidrios hay un mundo de variaciones sutiles: sobre el frontis del edificio del Banco se dibuja una sombra recta. Cada día, a la misma hora, se traslada un poco. Ayer tocaba el dedo índice de la estatua de Mercurio; hoy ha descendido. También el sonido va mutando. Hoy, el estrépito corriente de la ciudad se ha calmado y logro identificar el arrullo de las palomas de monte, tan diferente al de las demás. Su pequeño ulular me traspasa de ensueño. Por un largo rato, siento que soy aquel niño de seis años que las miraba anidar sobre la rama de un árbol cargado de pomelos, en el campo de mis abuelos.

El recuerdo funciona como un hechizo capaz de conjurar tanta paz como tristeza. En esa época ya conocía el significado de la palabra nostalgia, así como el refugio tibio de la soledad. Sabía que las cosas simples reservaban para mí aquellas epifanías que otros eran incapaces de captar en profundidad.

No encuentro una razón en la que pueda haberse fundado ese carácter. Intuyo, sí, que durante aquellas pretéritas observaciones que tenían lugar en el campo, lo que lograba percibir no era solamente un casal de pájaros, la marcha de una fila de hormigas o el inútil pataleo de un insecto en el bebedero del patio. Había algo más: un presentimiento o una certeza que se mantuvo ininteligible hasta ahora. Allí, en cada visión de infancia, moraba ya este espectro. Tenía entonces un rostro desconocido, que ahora encuentro cada día en el espejo.

Tal como yo hago ahora, él miraba morir la tarde detrás de los cristales.

b)

Miro a través de la ventana. Desde afuera ilumina la luz del otoño. Dentro mío también. Cada tanto escucho hablar a alguien, en medio del arrullo de las palomas.

No se muy bien qué día es en este maldito lugar, lleno de enfermeras que insisten con anclarme frente a la televisión de la sala, como lo hacen con todos los demás. A ellos parece gustarles, o tal vez no les importa y solo se dejan aturdir. Yo no quiero, y les pido que me dejen en paz en mi rincón de siempre. Me cago en las recomendaciones: -Abuelo, qué hace ahí todo el día, le va a hacer mal. No pasa nada ahí afuera. Pongo mi mejor cara de viejo perdido y me vuelvo hacia el ventanal.

Ellas no entienden nada, y por eso ven siempre lo mismo. Cada tarde observo los pequeños cambios, los sonidos que aparecen o se ausentan. ¡Qué carajo van a entender! No tienen ganas, ni tiempo, para advertir que, de ayer a hoy, esa sombra recta que se dibuja en la fachada del banco se ha corrido. La mano de la estatua de Mercurio se hunde hoy un poco más en ella.

Tampoco se dan cuenta de que hoy hay más silencio. Si ellas no estuvieran aturdidas también por la pantalla idiotizante, o dejaran un rato de darle a la lata en los pasillos, notarían que la mezcla de ruidos propios de la ciudad hoy está menos densa. Sin bocinas, logro identificar el canto de las palomas de monte, que suena distinto al de las comunes y me transporta a la infancia.

Casi puedo verme en aquel comedor de campo, más o menos a los seis años, también mirando a través de la ventana a dos palomas hacer su nido. El árbol de pomelos estaba cargado de pelotas amarillas que caían al suelo sin que mis abuelos les dieran mucha importancia. A nadie le gustaban.

Ese recuerdo es como una llave hacia mí mismo: me trae paz, pero también me hunde en una nostalgia que, no se por qué, ya sentía en aquel momento. Las enfermeras dirían que era un pibe triste. Yo no lo veo así. Tal como ahora, me gustaba detenerme en las cosas simples, mirar a través de ellas, tratar de verlas sin buscar entenderlas. No había tristeza, aunque sí, tal vez, nostalgia. ¿Por qué?

Hoy me doy cuenta: yo no veía, sino que intuía. Para mí, las palomas, las hormigas, el bicho que pataleaba antes de ahogarse en la pileta del bombeador eran ellos mismos y la visión de su propia muerte. Lo sé porque hace poco, en mi espejo, pude reconocer el rostro de aquella sombra que guió mi vida. Como yo ahora, era un fantasma que miraba morir la tarde.