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Eugenia Luna – Apenas distinto

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APENAS DISTINTO  – 

por Eugenia #Luna

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Sentado en el borde de la cama, Gero miraba sus anteojos rotos, preguntándose si se había levantado realmente con el pie izquierdo o si, otra vez, había fallado en hacer carne la metáfora. Derecho o izquierdo, su pie había aterrizado sobre ese armazón de marco delgado que había comprado el año pasado, asesorado por Nina, quien destacó el diseño liviano. Quizás demasiado liviano, pensó él, mientras adivinaba qué movimiento lo había tirado al suelo.

El sol apenas se colaba por las hendijas de la persiana de madera, pero con eso le alcanzó para encontrar en el cajón de la mesa de luz los anteojos de repuesto. Por un momento le parecieron irreconocibles, y aún más cuando los acomodó delante de sus ojos. Nina odiaba ese armazón, siempre le decía que era viejo, marrón, demodé, con ese tono agudo e insoportable, que, seis meses después de la separación, él empezaba a olvidar. Aunque las lentes tenían la misma graduación que los anteojos aplastados, algo se sentía apenas distinto. 

El resto de su mañana parecía confirmar que el día iba a estar signado por aquel primer paso. Al levantarse chocó con la silla del escritorio, tirando los libros de poesía que estaba analizando hasta la locura por las noches. Luego confundió el cacharro de la comida del perro con el del agua, y arruinó la última ración de alimento balanceado. Otros hubiesen dejado de lado actividades más complejas después de tantos inconvenientes, pero él se distinguía por su perseverancia. Puso a calentar el café que encontró preparado, siguiendo la técnica que había aprendido de otros escritores, pero su tacto falló cuando verificó la temperatura según los pasos indicados, y se quemó la mano izquierda tocando la tapa de la cafetera.

En otro acto optimista -aunque a esas alturas podía tildarse de  irresponsable-, desbloqueó el teléfono y se entretuvo con las novedades de las redes sociales mientras ponía la mano averiada debajo del chorro de agua fría. Fue en Instagram donde encontró aquel anuncio que lo llevaría a salir de su casa sin desayunar. Llamó a los gritos a su hermana, que apareció en la cocina con la expresión de terror de quien corre a rescatar a alguien.

 

  • ¡Están haciendo descuentos en Yenny! – gritaba torciendo la cabeza para mirar a Paula, que revoleó los ojos y se acercó a ver qué le había pasado en la mano.

  • Casi me infartás, Gero. ¿Vas a seguir comprando libros vos? ¿Ya arruinaste los otros con tus anotaciones? – la agresividad de su tono lo tomó por sorpresa, pero no el contenido de lo que decía, ya que ninguno de sus familiares se reservaba esos comentarios. Ella sonrió, intentando alivianar lo antedicho – ¡Es una broma, che! – pero su expresión cambió cuando se acercó a la bacha y vió la mano de su hermano color bordó debajo del agua – ¿Qué te pasó en la mano?

  • Nada, me quemé un poco

 

No era una quemadura grave, de manera que el agua y las buenas noticias anestesiaron el ardor. Más tarde, revisando las mesas de novedades en la librería, descubrió que la piel recién quemada también le había dejado una sensación apenas distinta al tacto. Sólo para comprobar esa extrañeza, sostuvo el libro que encontró más a mano y paseó sus dedos por el canto de las hojas. Notó que su actitud estaba llamando la atención cuando escuchó a la cajera quejarse con el empleado.

 

  • ¡Qué bárbaro! Éste vino dado vuelta a las doce de un jueves. Andá a preguntarle si necesita algo, que para eso estás vos acá, Lucio.

  • Victoria, es un cliente. Dejalo que mire – arremetió con una voz suave y pausada que Gerónimo admiró -. Además vos también estás acá para eso, ni que fueras la dueña de la estancia.

 

Tenía que llamarse Victoria, pensó mientras se dirigía a la sección de poesía. Aquella parte de la librería siempre estaba en silencio, las alfombras limpias mostraban que no era una zona muy transitada. Gerónimo conocía perfectamente el catálogo de poesía, escueto y apenas variable, que ofrecían a sus clientes, esa gran mayoría que acudía sólo a pasear por las góndolas de las novedades musicales. Pero él, acostumbrado a hacer algo con lo poco que se le ofrecía, consideró que, para un lector en formación, esos estantes eran bastante, y aquel jueves decidió comprar la poesía completa de la que, según decían, había sido la enamorada de su enamorada.

Paseó su mano izquierda por los lomos de los libros, como si aquella sensibilidad nueva, que le había sido otorgada de manera accidental, le permitiera reconocer los ejemplares en cuestión. Tenía total conciencia de que no funcionaba así el reconocimiento que anhelaba, pero el intento le pareció en sí mismo poético. Pensó que si con ese gesto extraño podía hacerse del libro de Silvina Ocampo, podría apropiarse, en ese mismo acto, de los poemas de Pizarnik que analizaba y recitaba en voz alta por las noches. Estaba tentado a cerrar los ojos para seguir con la tarea, pero, en un instante de cordura, decidió que no iba a abogar por la hipótesis de Victoria. No iba a dejar que lo mandaran a la calle, diciendo que “estaba dado vuelta”.

Encontró los dos ejemplares que buscaba y los ojeó con la sonrisa de un enamorado, hasta que descubrió que el lomo del primer volúmen estaba dañado. Chasqueó la lengua, y suspiró, pensando en las manos que habían marcado el libro para siempre. No era un fundamentalista de lo impoluto, pero si los libros estaban subrayados o marcados, debían estarlo porque alguien lo había hecho con un sentido. Las marcas en los libros debían ser significantes o no ser.

Dejó que el libro se abriera siguiendo su voluntad, o más bien, la voluntad impuesta por otro lector torpe, y descubrió que también las hojas estaban llenas de marcas. En los márgenes de aquel poema encontró palabras escritas con una caligrafía que le pareció familiar. Por un momento pensó que era su propia letra, pero enseguida reconoció la palabra “niñez” escrita con una tinta azul. La caligrafía, el color, la presión sobre el papel, eran similares a los que había visto en el libro de Manuscritos literarios argentinos.

Acomodó sus lentes, otra vez, sin poder creer lo que tenía en sus manos. Gerónimo suspiró, convencido de que esa palabra había sido escrita por Alejandra, esas tenían que ser las marcas de su lectura. Claro que eso era lógicamente imposible, pero se sabe que los enamorados no entienden de lógica. La fascinación del muchacho de anteojos marrones lo cegó unos minutos, hasta que algunos movimientos a su alrededor lo arrimaron a la realidad.

De repente lo invadió el miedo a ser descubierto por la cajera. Pensó que si veía el libro marcado podía echarlo de la librería sin vendérselo, o peor, denunciarlo y llamar a la policía, o peor aún, descubrir el verdadero valor de aquel libro y negarse a venderlo. Consideró la posibilidad de robarlo, pero no tenía mochila ni abrigo donde esconderlo, y en la entrada había una alarma. Las opciones eran pocas, y ninguna satisfactoria. Puso los anteojos en su lugar y estudió el panorama. Era la una del mediodía, horario del cambio de turno. Se acercó a la mesa frente a la caja, sin prestar atención a los libros que había sobre ella, y observó los movimientos de los empleados. Su mirada y la del vendedor desgarbado se cruzaron un instante, y Gero tomó instintivamente un libro.

Tardó algunas inhalaciones en darse cuenta de que sostenía Serotonina de Houellebecq. Todavía no estoy para esto, se dijo. Nina había intentado regalárselo alguna vez, pero, por supuesto, ella no tenía idea de qué iba la cosa. Y pensar que había perdido tanto tiempo esperando que ella lo reconociera como lector y escritor, que al final olvidó que ese era el verdadero reproche detrás de las razones que esgrimieron la madrugada que decidieron cortar.

La palabra serotonina, además, le traía malos recuerdos. Algo tenía que ver con la regulación del ánimo, según le había dicho ella, y a Gerónimo le parecía que las palabras regulación y ánimo no podían ir de la mano. La asociación de ideas que se precipitó en su cabeza resultó caótica: Serotonina – regulación – honorarios – tribunales – tribuna – una – ninguna – Cero – grado cero – escritura – Barthes – discurso amoroso – Nina, de nuevo – fracaso amoroso – ¿La amistad? – Blanchot – El instante de mi muerte – angustia – exceso – defecto – regulación – Serotonina – Sergio con Nina – Serio –  Señor

 

  • Señor – insistió el vendedor, con la suavidad de quien se dirige a un desquiciado -, ¿puedo ayudarlo?

  • No, no, todo bien. Gracias.

 

Gerónimo se acomodó los anteojos que se le deslizaban, quizás por el sudor, y miró a su alrededor. Desde el mostrador, la cajera lo observaba con atención, y preguntó algo a su compañero cuando este volvió a su sitio. Pasados diez minutos de la una, dos mujeres con polleras negras y camisas azules se acercaron a Victoria y Lucio, que comenzaron a preparar su retirada. Ella se encaminó al baño, y Gerónimo, sin darle más vueltas, se precipitó, con una seguridad inusitada.

Puso sobre el mostrador los dos tomos de Silvina Ocampo, con un gesto tan delicado que le pareció ajeno, y trató de desacelerar su respiración, que estaba descompasada con el resto de su actitud. El muchacho de voz apacible lo saludó y acercó los dos libros a su computadora. Gerónimo transpiraba tanto que apenas podía sostener los lentes en su lugar, pero estaba decidido a no tocarlos, y disimular cualquier movimiento que pudiera levantar sospechas. Primero pasó el código de barras del ejemplar limpio, y enseguida lo metió en una bolsa con el logo de la librería, pero cuando tomó el segundo libro por el lomo, empalideció. Levantó la vista, con una expresión que Gerónimo no supo descifrar y quedó inmóvil. Abrió el libro en una página al azar, pero lo cerró inmediatamente cuando Victoria apareció junto a él.

 

  • ¿Qué pasa, Lucho? ¿No lo reconoce? – los dos leyeron enseguida la hipocresía en su tono amable

  • ¿Qué? No, no, todo bien. Gracias – dijo el vendedor, que de repente parecía más nervioso que el comprador.

 

Guardó el segundo libro en la bolsa, casi sin respirar, tomó el dinero que Gerónimo había dejado en el mostrador y le entregó aquel par de libros. El flaco de uniforme no podía emitir palabra, por terror a ser descubierto por Victoria, que no hubiese perdido la oportunidad de humillarlo ante tal escándalo. Los dos lectores se miraron por un instante, con la perplejidad que se observan dos extranjeros que sólo pueden comunicarse con gestos, y se despidieron con algunas fórmulas aprendidas, como “muchas gracias” o “que tenga buen día”, sólo que ninguno pudo recordar cuál había pronunciado.

Gerónimo apuró el paso para alejarse de la librería y caminó por calle Córdoba, creyendo tener en sus manos un objeto mágico. Sentía que su suerte había cambiado, quizás para siempre. Incluso creía que algo en su andar era distinto, más ágil o seguro; no podía precisar qué era, pero algo se sentía apenas distinto. No dejaba de sonreír pero tampoco de transpirar, como si adivinara que a unos metros de distancia lo seguía aquel vendedor de letra prolija, decidido a recuperar la que en realidad era su lectura de la poesía de Silvina Ocampo.