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NAIR KOZORIZ – El aleph de José León Suárez

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El Aleph de José León Suárez – 

NAIR  KOZORIZ –

“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió” se repetía una y otra vez Katsumi Ito a modo  de mantra, mientras iba camino a la biblioteca de barrio “Jorge Luis Borges”, creada allá por los años 60, por la Sociedad de Fomento  de José León Suarez, partido de San Martín, Diagonal 69, frente a la estación de tren. Estaba feliz, no por ser viernes, como podría suponerse, siendo una chica de diecisiete años a punto de terminar el secundario, sino porque cumpliría su primera semana de bibliotecaria, un trabajo que le fascinaba porque, en 1993, una biblioteca no era muy concurrida, por lo que dejaba mucho tiempo para leer e investigar. Disfrutaba de pensar que ese fin de semana se llevaría para leer cuatro libros, gracias a su prerrogativa de ser la bibliotecaria.

Katsumi, hija de inmigrantes japoneses, que vinieron a la Argentina alrededor de 1971 para poner una tintorería en el barrio, era una joven solitaria, desde chica fue muy reconcentrada en todo lo que hacía, le gustaba hacer origamis, y los hacía todo el tiempo, también dibujaba, pero dejó todo de lado cuando descubrió la lectura.

Fue en esa época que comenzó a frecuentar la biblioteca para llevarse libros y trabó una suerte de amistad con Carmen, Carmencita, la bibliotecaria, de la que finalmente heredó el puesto este año, porque según dijo, ya era hora de dar la posta a las nuevas generaciones. A ella, a Carmen, le debe el consejo que, según le dijo, se lo dio el propio Borges cuando visitó la biblioteca allá por el ´78,  el año del Mundial de Fútbol. Entonces Borges le dijo, que seguramente irían ahí jovencitos para buscar libros o información como tarea obligada de la escuela, lo que no tenía sentido. Entonces le pidió, en honor a él, que  los dejara deambular por las estanterías para que pudieran tomar cualquier libro que les interesara, sin ningún consejo. Así se acostumbrarían a leer por curiosidad. Leer sin prejuicios y  nunca por seguir la fama que precede a algunos libros, terminó sintetizando el consejo Carmencita.

 Katsumi, casi no leía literatura, buscaba información, biología, física, ocultismo, filosofía… la paciencia en su vida, se trasformaba en pura ansiedad cuando estaba frente a los libros, sentía que había algo en ellos que podía darle una respuesta a una pregunta que todavía no podía formular, pero que pujaba en su interior, que la incomodaba, que la hacía sentir angustia ante la certeza de que no sería capaz de darse cuenta si estaba frente a algo valioso, potente, maravilloso, en definitiva ¿quién da el valor a las cosas, o las cosas tienen un valor en sí mismas? Por eso siempre que tomaba un libro, un cosquilleo le recorría el cuerpo, tenía la secreta esperanza de encontrar ahí aquello que buscaba sin saber, algo que le llenara ese vacío que sentía no bien se corría un poco de las prácticas cotidianas.

Los años que fue asidua concurrente a la biblioteca, como fiel usuaria, gracias a la paciencia y   buena voluntad de Carmencita aprendió el sistema de clasificación de libros  que se utilizaba. La bibliotecaria repetía, que era muy importante ser ordenados con los libros, y ponerlos cada uno en su lugar,  porque un libro mal ubicado en la biblioteca era un libro perdido.

El sistema no era complicado, pero se debía tener la constancia y voluntad de seguirlos. El sistema utilizado era el «Sistema de Clasificación Decimal Dewey». Consistía en dividir en diez grandes categorías los libros, no por temas, sino por disciplinas académicas:   generalidades, filosofía, religión, ciencias sociales, filología, ciencias naturales, técnica y ciencias prácticas, arte y literatura e historia. Y cada cifra luego podría  subdividirse para identificar claramente cada tema.

A Katsumi no le resultaba fácil ordenar los libros por temas, se le complicaba la clasificación, pero no se hacía muchos problemas ¿quién vendría a decirle algo? Así que los ponía más o menos donde le parecía. Un libro que le generó varias dudas fue un cuento de Borges: “El aleph”. ¿Era realmente ficción literaria?

Sabía algunas cosas cuando se topó con El aleph, que era la primera letra del alfabeto hebreo, que era una letra cabalística, que reflejaba  todas y cada una de las posibilidades, como si cara y ceca de la moneda se presentaran ambas juntas al mismo tiempo.

¿Cómo concebir eso? ¿Qué efecto tendría en nosotros contar con un aleph? No se puede concebir, porque somos, por lo que decimos que no… que no hacemos, que no me animo, que dejo pasar, y por lo que sí hacemos, sí me animo, es una oportunidad, no la dejo pasar…

¿Qué seriamos si ya no tuviéramos la intriga del General que a cargo de sus tropas cuando tiene que decidir? Decide, entre un camino y otro, para un lado sabe que  lo espera una muerte segura porque van al encuentro desprevenido del enemigo, y para otro, se salvan. El General decide, y dice “ En marcha, derecha”, solo él sabe que no tienen la menor idea si van por buen camino, la tropa lo sigue confiada. Si decidió bien, se salvaron, y ahora el  General está en el bronce. ¿Dónde quedó la otra posibilidad? Y esa posibilidad ¿… pasó también? Y ¿Si el General llevó a su tropa a la muerte? Y ¿si tienen la gloria y la derrota?

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Carlos Soler escuchaba fascinado el relato, a pesar suyo, porque sabía que si había alguna posibilidad de ayudar a Violeta García, era sostener distancia y agudizar la escucha hasta encontrar algún hilo que permitiera desenrollarlo hasta llevarlo al meollo de esa catarata de ideas y acciones que resultaban tan perturbadoras y que terminaron en su derivación a esta  clínica psiquiátrica.

Recordó lo que sabía de la joven que tenía adelante hablándole a un ritmo acelerado: tiene 17  años, la traen por generar disturbios en la vía pública y resistirse a la autoridad. Los disturbios a los que se alude es haber  bailado desnuda en la plaza Miserere, (MISS ONCE, María Pía López), alrededor de una fogata que ella armó, y a la que se sumaron indigentes que acostumbraban a pasar la noche ahí.  No generaron ninguna agresión a otras personas ni entre ellos, el clima que se había generado era de fiesta, todos bailando alrededor de la fogata, cantando una canción que no se pudo reconocer. Por denuncia de vecinos la policía acudió al lugar y a los gritos quiso suspender lo que estaban haciendo, lo primero fue apagar el fuego, que hizo enfurecer a Violeta, quien se abalanzó sobre los policías, así pelada como estaba, mientras que los demás se dieron a la fuga, pues lo que menos querían era tener problemas con la policía. Una vez en la comisaria un médico legista diagnóstico rápidamente “brote psicótico”, así que aquí está.

A Carlos también le decían “El loco”, porque se tomaba mucho tiempo con cada paciente, y no de manera convencional, a veces se sentaba con ellos en el patio con un mate, no usaba guardapolvo, lo que ya le habían advertido que era peligroso, porque los enfermos necesitaban reconocer al médico a través de alguna insignia. Él, en cambio sostenía en principio su rol de secretario, hasta que pudiera darse el verdadero encuentro, ahí adelante siempre tenía un alguien con su verdad, a la que había que dar lugar.

_Entonces Violeta_ le dijo_ explícame, cómo es que llegaste  aquí.

Violeta se levantó, y caminó alrededor de la mesa hasta colocarse frente a Carlos. –Tenés que creerme, no estoy loca, lo que pasa es que quiero salir de aquí, de esta vida y seguir con la otra, la que se fue dando por una serie de buenas circunstancias.

–Violeta, bueno, porqué no empezamos desde el principio, contame de tu vida, ésta, que no querés.

–Mira, me ves mis rasgos, tengo cara de ¿Violeta García? Pensaste ¿por qué alguien oriental tenía este nombre? …Me lo cambiaron de chica en el Hogar, y después mis tíos  no pudieron cambiármelo. Ellos conmigo se portaron bien, pero yo no tendría que haber crecido con ellos. Yo tendría que haber crecido con mis padres, Akihiko y Aiko…

–¿Los conocés? interrumpió Carlos.

–No, pero podría  haberlos conocido y  haber crecido con ellos, haber vivido mi vida como Katsumi, estudiar,  trabajar en una biblioteca y ser una científica y activista del cuidado ambiental.

–Pero… vos sos Violeta García, tenes 17 años y podrías estudiar, trabajar en una biblioteca, ser una científica y también ser activista del cuidado ambiental.

–¿Ves que no entendés?…

–Explicame entonces…

–El tema, es que esta vida es la que se dio mal, la otra es la que se dio bien, yo no quiero vivir esta vida, quiero salirme de esta trampa eterna, quiero salirme del Aleph…

–¿Vos estás metida en un Aleph? ¿Cómo el de Borges…?

–Sí, tal cual, y alguien en este momento nos está mirando, y está escuchando esta conversación, pero no sé quién puede ser, Yo deseo ser yo misma viéndome en mi otra posibilidad de vida, y que viendo esto, pueda valorar la vida que llevo allá.

  • Hago esfuerzos Violeta, hago esfuerzos por comprender, pero me cuesta.

  • No es tan difícil, mirá, yo te conté cuando me trajiste aquí, la historia de Katsumi, Katsumi soy yo misma. Si cuando mis padres vinieron a la Argentina, hubieran puesto una tintorería como le habían ofrecido sus hermanos. No, en vez de eso, se metieron a estudiar medicina, y a trabajar de empleados de un hermano que tenía un comercio, y mientras estudiaban se hicieron amigos de un grupo de compañeros de la Federación de la Juventud Comunista, la FEDE, como la llamaban entre ellos.  El Japo y la Japacita, se fueron involucrando cada vez más en las actividades del grupo, iban a las villas miserias a realizar tareas de concientización de clases, entre ollas populares, obras de teatros, títeres, alfabetización. Estaban ilusionados con proyectos, con la posibilidad de instalar un centro de salud en las barriadas más pobres, y una escuela que educara para crear el “hombre nuevo”.

Estaban felices porque habían tenido una hija, pero sabían que corrían peligro, estaban por irse de la casa que vivían, pero justo cuando estaban por escaparse, ya tenían todo embalado, aparecieron los Falcons verdes,  primero agarraron a mamá, y la metieron en un auto, luego fue a papá. Yo me acuerdo que lloraba mucho, y gritaba mamá, mamá, y alguien me levantó y me dijo que me callara sino me iba a pegar. Me acuerdo el miedo que sentí. Violeta se interrumpió un rato, con el vano intento de evitar las lágrimas.

Carlos dijo entonces: –Es muy traumático eso que viviste…

–Pero lo que siguió fue peor… Me llevaron a un orfanato, después supe que mis tíos me buscaron, pero no me entregaron. En el orfanato, siempre me decían que ni mi mamá ni mi papá  me querían, por eso no había vuelto a buscarme, que no tenía a nadie que le importara. Pero yo eso no les creía, porque recordaba a mi mamá, su dulzura, su amor por mí, no pudieron borrar ese recuerdo, el de mi  época más feliz .El Hogar fue el  infierno, de día y de noche, ni podía dormir, porque  me despertaban   los manoseos de unos tipos que iban a jugar a las cartas hasta la madrugada. Nunca tuve un lindo día en ese lugar, con decirte que estando cerca de una plaza, jamás me llevaron, siempre fue maltrato. Me acuerdo  la vez que me llevaron a la jueza de menores, mirá, me acuerdo y me dan ganas de matarla a esa jueza.  Fue por 1983, los tiempos habían empezado a cambiar porque se iniciaba la democracia, así que como si les importara algo de mí, me citaron para explicarme que me iban a reintegrar  a la familia que me quedaba, que por suerte, siempre buscó recuperarme. Esa reunión fue una tortura, la jueza, con una bandeja llena de facturas en el escritorio, que yo, muerta de hambre como estaba, no dejaba de mirar y se me hacía agua la boca imaginando que ya masticaba una, pero como nunca me ofreció,  ni las toqué. Con el dedo índice levantado, lleno de anillos y uñas largas y pintadas de rojo,  me dijo que tenía que estar agradecida por lo que hicieron por mí, que me protegieron en el Hogar cuando mis padres me dejaron sola.

  • Carlos le acercó un pañuelito de papel y esperó que continuara.

–Después, con diez años, fui a vivir con mis tíos, realmente me abrazaron, me contuvieron mucho, pero yo ya estaba marcada, no podía dormir, era desconfiada, no me abría, hasta que un día me encontraron, ya con doce años, cortándome las muñecas con un cuchillo tramontina, ahí comencé mi periplo por diferentes psicólogos, psiquiatras, mi tía, pobre, no sabía qué hacer para hacerme sentir bien, pero no podía hacer otra cosa, no tenía ganas de vivir. Hasta que Tito…

–¿Quién es Tito?

–Tito, es un compañero del orfanato, que me buscó mucho cuando salió, un tiempo después que yo, lo adoptó una familia muy buena, me dijo. Bueno, Tito vino un día muy excitado y me contó que conoció un Aleph; yo no le creí, entonces me llevó a un lugar, que fíjate vos, es una Biblioteca que está por José León Suarez, está medio abandonada, casi siempre está cerrada, y se ve que no tiene mantenimiento. Cuando llegamos, nos atendió una viejecita, medio ida, Cármen, y le pedimos ir al baño. Para pasar me había dicho Tito, iba a tener que pasar por una puertita, que estaba medio escondida detrás de un armario, parece que ahí funcionaba antes una sala de teatro en el subsuelo, ahí tenía que ingresar, y ponerme en posición fetal en el extremo izquierdo, y entonces lo vi, vi todo, me vi , era yo y no, y vi a mi mamá y a mi papá, los vi, tranquilos, felices, atendiendo una tintorería, ¿Te das cuenta?

–Me parece que sufriste mucho, tanto que querés salir de vos, ser otra, pero quizás es un deseo que podés cumplir. Te puedo ayudar a tomar  las cartas de nuevo, y barajar con lo que te dio la vida y hacer otro juego.

–No, no me creés, pero estoy segura que lo que vivo yo, es  una de mis realidades, la otra es mejor, en la otra vida, mis papás aceptaron trabajar en una tintorería, no se conectaron con grupos políticos, y me acompañaron hasta que se murieron de viejos. Yo quiero vivir esa realidad, ésta, la quiero cancelar.

–¿Cómo pensás hacerlo?

–Con el ritual del fuego, cuando me encontraron, lo estaba terminando pero no me animé a tirarme sobre él, en realidad fue un segundo de duda y llegó la policía, apagaron el fuego y todo lo que pasó después.

–Carlos, ¿me puedo ir ya? Estoy muy cansada.

–Sí, claro. Mañana nos vemos.

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Mientras una enfermera la llevaba a su habitación, Carlos anoto en su libreta: Trauma sin tramitar, angustia profunda, y como mecanismo de estabilización, desarrolló un delirio del doble. Puede tener buen pronóstico si seguimos trabajando para que el trauma pueda moverse.

Alrededor de las 3: 15 am,  ya en su casa, lo llaman a Carlos por teléfono, que para su desgracia está lejos de la cama, y se tuvo que tirar prácticamente para alcanzarlo: era la secretaria de la Clínica, avisándole  que la paciente Violeta García, había desaparecido, y que nadie se explicaba cómo.

Carlos acudió urgente, y vio en el baño dentro de la bañera un montículo de cenizas, muy pequeño, y no dijo nada. La policía la estaba buscando, pidió que le avisaran si había novedades y volvió a su casa. Al otro día, a eso de las 8:00 am, salió con el auto camino a José León Suárez, porque tenía que encontrar una biblioteca.

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