© 2021 taller. All rights reserved.

El Topo

.

Creo que fue en 1973, torneo Metropolitano, All Boys le ganó 3 a 1 a River en el Monumental y EL GRÁFICO tituló «La clase obrera va al paraíso». Ecos del film de Elio Petri que un año antes había ganado el Festival de Cannes, y resonancias de aquellos años en que era posible soñar con eso: «sean realistas, pidan lo imposible» (mayo francés).

Nosotros jugábamos allí donde es la foto, en el Bajo Ayolas, donde Antonio Berni inventó a Juanito Laguna y donde Rosa Wernicke escribió una de las primeras novelas sociales argentinas: «Las colinas del hambre», y donde la leyenda dice que alguna noche Perón, de visita en la capital nacional del peronismo (Villa Manuelita), había aceptado cenar en la esquina de Ayolas y Convención, en el mítico «Reginaldo».

.
Algún domingo caía a jugar EL TOPO GIGIO e iba al arco. No era siempre ni seguido porque nuestro equipo era el de la iglesia del asilo provincial (Ayolas y Necochea), la camiseta era vaticana y el que no comulgaba (ir a misa descontado), no jugaba. El Topo tenía otra clase de fe, del tipo arltiana, a lo Astier y no solo no iba a misa, sino que a la distancia creo que evitaba la sacristía por nosotros, porque no hubiera podido renunciar a robarse alguna pompa y eso hubiera puesto en crisis al equipo, la conciencia todavía débil o simple del resto de los niños, que aunque de clase baja, éramos burgueses y tímidos.

El Topo era petiso y retacón, fornido, con las orejas de asa, pero la altura no era problema siendo arquero, porque no había travesaño. El arco se hacía con dos muditas de ropa, y él escondía un Bagüal 22 niquelado debajo de uno de los montecitos de lana o fibra, la herramienta de trabajo. Él llegaba siempre sobre la hora, o con el partido empezado y podía irse antes. De vocación fuguista. Tenía 13 o 14 años. No le gustaba atajar, pero no había otro puesto para quien le gustaba estar siempre listo y tener el control de la zona y la fuga. Jamás hablaba de su oficio con nosotros y no se pavoneaba con el arma ni se exhibía ni amedrentaba a ninguno con su fiereza que parecía quedar escondida en el mismo lugar que el fierro. No se le caía un dato, un nombre, nada. Era grave, duro, traía una rabia muda de varias generaciones. Atajaba mal, pero iba al puesto que nadie quería. A veces venía con nosotros después del partido, a cobrar el premio de la gaseosa en el kiosco y jamás trabajaba en el barrio.
Tenía carácter, y hasta parecía tener cabeza, se le veía lo esencial, ya dije: la rabia… y se ponía taciturno y hasta decía cosas que había que hacer… Pero nadie lo tomaban en serio por la edad. En 1973 la infancia todavía duraba hasta los 15 años.

Y ahí nomás, como si fuera una fecha FIFA o la muerte de Perón, o la del pibe Vaschetti en la esquina de casa, el Topo salió en la tapa del diario como noticia: cosido con 50 balazos y atado con alambre de púas en el arroyo Saladillo. Comando Radioeléctrico «Suban el Volumen», al Servicio de la Comunidad. Empezaba esa época. Pronto se irían vaciando los potreros, hasta se decía que mataron al Papa y por eso dejamos de usar su camiseta. Vino otro film de Gian María Volonté y Cristo se detuvo en Éboli. La infancia empezó a durar sólo hasta los 8 años y All Boys nunca más volvió a ganarle a River en el Monumental.

………………..(#Marce).