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Un momento inolvidable, ayer, 7 de enero, cumple de Martina, mi nieto Tomás [3] nos interpretó durante 15 minutos un cuento de terror con un procedimiento musical inspirado en el ruido del viento y del agua y una eufonía de tonos bajos, graves, casi susurrados. Usó sin error varias veces las palabras «escalofriante», «embrujado», «celda» y «fantasma». Cada vez que pasaba delante del pasillo a oscuras que va a las habitaciones, cruzaba con prisa y temor, certificando que allí estaba el monstruo o el peligro. En realidad nunca supimos bien qué nos asustaba [Lovecraft]. Todo lenguaje y ritmo. El babero me llega a los pies.
En un momento que la hermana [Martina, 11, que lo banca, pero hace su vida], fue por el camino oscuro a su pieza, le advertimos que él debía rescatarla, entonces dudó un instante. Vaciló, y sin embargo, al calor de nuestro ruego, después de un momento, agarró una de sus crocs y fue al rescate con el apodo «Tati» como grito de guerra.
Celebrada la obra con mimos, pullas y aplausos, intenté desdramatizar diciéndole un par de veces la palabra escalofriante y él muy serio, grave, me dijo: «Marcelo [te dice el nombre no el título], no digas así, lo vas a romper… no se dice por nada escalofriante…»
Como decía mi abuela María: «nena, ese chico ya está criado».
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………………Marce