Era enero, como ahora, yo estaba en el Bar Kafka cuando me avisaron. Y al toque pensé en tres Kafkas, el escritor, el secretario de Cámara en Praga y el bar en todas partes. Yo estaba escribiendo EL HOTEL DONDE SOÑABA PERÓN, pero en el Hotel Santa Teresita, en Capilla del Monte, enfrente de la casa donde vivió GRICEL, la del tango de Mores y Contursi, la real, la de una de las historias de amor más hermosas del siglo XX. A poder ser, la versión de Spinetta. Gracias.
Bueno, yo estaba en el bar y me avisan que murió Esteban, de un síncope, de un infarto, el modo en que muere la gente buena que no puede salir del Castillo de Kafka: un grito atragantado los primeros días de la feria, que es como decir un domingo a la tardecita. Ese horario amarillo del Pessoa triste del libro del desasosiego.
.
¡Hay que ser Fiscal en la ciudad de los 290 homicidios al año y la guita de la droga entrando a mansalva en todos los negocios, cooptando desde el cartonero de Tablada hasta el ministro de Puerto Norte…! Hay que serlo…. Ser… ser es tiempo consolidado (Heidegger). ¿Tiempo consolidado de qué, edificios, cerealeras, concesionarias de autos importados, cuevas, Rockfeller… ? Tiempo o entretiempo, entretener, tener y no tener, de Hemingway. El guión de Faulkner, los protagónicos de Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Así cualquiera…
.
El Bar Kafka de Capilla es el único café vienés que no tiene tevé, y que tiene música seleccionada y pasa discos enteros de Simon and Garfunkel o de Cafrune ¿Cuánto hacía que no escuchábamos “Los sonidos del silencio”?
Como si fuera poco es el único bar de Capilla que no proclama #uritorco#mundoluz#soltatechiquitasoltate. Tamara, siempre gótica, me dijo: “el Uritorco son los padres” y más tarde agregó: «los que depositaron tampones, recibirán tampones”. Ella iba al bar todos los días con un libro distinto de Kafka y leía:
.
“” Abismado en la noche. Tal como a veces inclina la cabeza para reflexionar, así, estar completamente abismado en la noche. Todo en derredor duermen los hombres. Una pequeña comedia, un inocente autoengaño, es eso de que duermen las carnes sólidas, bajo un techo seguro: en realidad, estirados o encogidos sobre colchones, entre sábanas, debajo de mantas; en realidad se ha reunido, como una vez aquel entonces, y como, en un paraje desierto, acampado al aire libre, un número incalculable de seres humanos, un ejército, un pueblo, bajo un cielo frío, sobre tierra fría, echados al suelo en el mismo lugar donde antes estuvieron de pie, la frente apretada con el brazo, la cara hacia el suelo, respirando tranquilamente. Y tú velas, eres uno de los vigías. Agitando un tizón que has tomado del montón de ramas fraccionadas que hay a tu lado, descubres al vigía más próximo. Alguien tiene que velar; eso es así. Alguien tiene que estar ahí”.
(FRANZ KAFKA, frag. “La edificación de la muralla china”)
.
Entonces ella me preguntó quién era Esteban (ella sabía que así se llamaba el héroe de El Hotel donde soñaba Perón) y le dije las dos cosas, que había muerto un fiscal valioso, querido, en Rosario, y que mi personaje se llamaba igual, pero que no había relación alguna de homenaje. Mi Esteban de ficción había nacido en 2008, en otra novela, «Enrarecido»:
–Ah, sí, me acuerdo -dijo Tamara- la de la pendeja esa erotómana.
–Bueno, los dos eran erotómanos…
–Sí, pero ella era insoportable…
–¿Dónde estará ahora…?
.
Pero no lo dije por Renata, ¿dónde estará Tamara ahora, pensé, y más que todo Esteban, no mi personaje que volvió a meterse en la novela del chino, sino Franicevich, esa especie de Columbo de los fiscales ? Y no es que el sistema antiguo de acusación fuera mejor, obvio que no, pero me da nostalgia esa cosa de tenerlo siempre parado en el pasillo del medio del tribunal, en planta baja, fumando además, y poder hablarle de narcotráfico, del caso de La Vigil o de fútbol. Esteban era Columbo y podría haber tenido un bolo en Las alas del deseo como Peter Falk. Seguro.
Y cada vez que vengo al bar Kafka lo recuerdo y hasta yo mismo me recuerdo esos años en que él nos ayudó a recuperar la personería de la Vigil liquidada y saqueada por la dictadura y la sociedad civil cómplice; también la judicial, obvio.
Esteban Franicevich fue el único que se le animó a Pedro «Disneylandia» González con el tema de los terrenos de La Vigil en aquel Macondo VGG de entonces. No estoy diciendo que fuera el Quijote, ni siquiera el Cid Campeador, pero en el país donde está todo roto, que haya un funcionario que agarra la papa caliente y trabaja, es un milagro. De triste figura, eso sí. Y el horror siempre acecha la maravilla y eso es lo que a veces, de noche, en mitad del insomnio se te mete en el sueño y te mata de un ACV o de un infarto, de un grito atragantado: el horror que siempre acecha la maravilla. Y nadie te dice todo. O te lo dicen como el personaje del Conde de Lampedussa: que todo cambie, para que nada cambie.
.
En el Bar Kafka escribí muchas escenas de «El hotel donde soñaba Perón», y sin embargo hay algo que he olvidado. Yo, que me acuerdo siempre en este lugar de Esteban Franicevich no puedo recordar dónde quedó Tamara.
Eso no lo sé. ¡Qué pena! Esa antorcha pelirroja, siempre vestida de negro, con su metro ochenta encima de unos patines en el Parque España. Si alguien sabe, agradeceré cualquier información de ella, de Tamara. En la novela se llama igual y esta foto la sacó ella.