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Boldo

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BOLDO
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En la casa de los padres no hace falta buscar nada, todo nos encuentra, todo viene pronto en nuestro auxilio. Cuando mamá ya no podía hacer muchas cosas, yo, adrede, me arrancaba cualquier botón de una camisa e iba hasta su casa para que ella lo surciera. Y ella lo hacía feliz y convencida de que por poco me estaba salvando la vida. ¿Qué vendría siendo la salvación…? El mundo está cosido en ese lugar. Tengo grabados sus mensajes del contestador preguntándome si había vuelto de Baires, si había comido, si me había lavado la ropa. Cada tanto los escucho, su voz tiene una energía de agua electrizada, intacta, y repaso aquellas tareas. Es algo práctico, a veces la escucho y salgo a comprarme una camisa.
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Todo eso nos dejaron. Y en nuestro caso (hablo también por mi hermano Oscar), eso, y una especie de ferretería que tenían en su casa. Nos dejaron todo y además una ferretería: el frasco dice «Boldo», es la letra de mamá (tercer grado), fibrón negro indeleble en un frasco plástico de un medicamento que se llamaba Gastropaque. Los dos tuvieron úlceras en el estómago.
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El contenido del envase es de papá, arandelas, chavetas,
tornillos, tuercas, remaches, bisagras, pinzas, llaves, niveles, clavos y su caja Eschier con las herramientas de la cerrajería.
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Era la vida del esmero: reparar el futuro con un plan de ahorro,
las previsiones, las estructuras fuertes. Dos trabajos cada uno. Dos hijos. Un Fiat 600 que mamá manejaba (la Beauvoir de Tablada). Vacaciones sindicales, aunque llegaron a Europa, Punta del Este y Estados Unidos. ¡Qué palabras los sostenían!
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Las herramientas siempre estaban en sus manos firmes
diestras, incansables. Mi primera imagen de ellos, para siempre, es que están arreglando algo, mampostería, hidráulica, pintura, algo en esta casa que pronto abandonaré, por eso hago el inventario: un mundo con bisagras, frascos, lubricantes y estanterías que yo y mi hermano reemplazamos con libros, nuestras herramientas, que sin embargo también nos legaron ellos, la colección Billiken, las Mil y una noches, los libros escolares y los premios Nóbels de Aguilar (conservo a Herman Hesse), donde abrir puertas para seguir buscando frascos, y en alguno de ellos estaba lo mismo que Daneri le da de tomar a Borges antes de bajar al sótano del aleph.
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Un mundo donde abrir puertas para seguir rebuscando en el fondo del tarro que dice «Boldo», un remache, un tarugo del 8, algo que agarre fuerte la memoria, la ternura, la lealtad y la confianza.
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.——-Marcelo