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ESCRIBIR.
Es esto. Hacer esto. Una caja de cartón. Todos los días se escribe algo en un papel. Se hace un bollo, se tira en la caja. Cuando se tienen 200 bollos, estás feliz, porque ya debe haber materiales para una novela. Ja. A vos te gusta el lenguaje, el tono, la subjetividad, esa rémora de la utopía en historias del siglo XXI. No es original. Nadie. Ya no. No importa. Ahora vamos por el lenguaje… Cuando mirás dichoso la caja de Mayonesa Hellmans que te dieron en el chino de calle Ayolas y donde los bollos parecen pollitos de papel maché pugnando por salir de la incubadora, aparece el mail (por fin) de tu editora y de la agente literaria (ambas mujeres) que te piden una estructura, capítulos, un índice, personajes, historia, subjetividad, un clímax, un final sorpresa. «No tanta digresión» (lo repiten), y como la agente literaria es española dice: «A poder ser… a poder ser menos digresión y más progresión». O sea, menos pensar y más acción. Clanck, bang, boom. Es medianoche, es como un domingo pero jueves, alguien toca unos bongós en un balcón vecino, a las doce, las bombas y petardos de siempre anuncian que llegó la merca a la U de Necochea al 3900, y vos empezás a tomar café, lo que has hecho casi todo el día, y empezás a sacar los pollitos de la incubadora. Y a poder ser, a poder ser… que se pongan en fila, en el índice, a poder ser, en progresión, como ellos, con esa luz halógena en plena noche. Insomne, solitario, alrededor de la derrota.
Marcelo Scalona.
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