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Ayer fuimos con ANA a la gratuita de El Cairo, una función siempre bella y extraña.
Hojas de otoño al ocaso, un domingo frío en ese horario triste que Pessoa escribía el libro del desasosiego.
Y sin embargo, en el cine hay un eterno refugio, la misma semana en que murió Mario Piazza. O por eso.
Delante nuestro había tres hombres que viven a la intemperie: lo dijeron sin disimulo, que hacían un break de calefacccionarse disfrutando de algo parecido a una casa. Calor, butacas, entretenimiento.
Consumieron gaseosas de litro y sándwiches. Al terminar la peli se pusieron abrigos para cruzar una estepa o vivir en la calle.
En el film, «Bajo el peso de la ley», de Jarmusch, había un espejo, tres marginales que tratan de conseguir la sobrevivencia y quizás, un sueño. Hermosa peli.
Lo más lindo que tiene la función gratuita de El Cairo es su atmósfera, es un cineclub implícito, va gente que uno conoce de todos los ciclos de cine de la ciudad. Nos miramos y nos reconocemos de esa hora del rescate, de la pura magia de la cinefilia y la linterna mágica. Casi todos son artistas o sus espectadores, lectores, o comerciantes de librerías de viejo o casas de cuadros, bailarines, mozos que estudiaron teatro, paseantes de escuelas y universidades. Insomnes, solitarios, soñadores, todo un colectivo de deseos que sobreviven esas dos horas en la vislumbre ocre de la penumbra.
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Marcelo Scalona
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