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Bailando en el Titanic

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Esto escribí y publiqué en Página/12 en mayo de 2000, o sea, hace 24 años. Lo republiqué hace 1 año (mayo 2023), pero aplica igual hoy
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BAILANDO EN EL TITANIC.
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«Por enésima vez miro Blade Runner. Harrison Ford no parece el mismo cada vez. Anoche estaba más frenético, parecía un personaje que quisiera saber más que el guionista. ¿Puede alguien enamorarse de un robot, de una muñeca ? ¿Puede un muñeco (el replicante de Hauer) ser mejor que un empresario o un político (el Sr. Tyrrel)?
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Harrison quiere saber qué tiene adentro ese replicante femenino tan bello (Sean Young), esa estatua suave, callada, intrigante. El problema es que para saber qué tienen adentro los muñecos hay que abrirlos y matarlos. En otro canal sucede lo previsible: Tinelli o la entrega de los Martín Fierro, pobres gauchos, cabecitas, pobre Hernández… Tinelli o la entrega de APTRA es más previsible que ver cien veces a un replicante.
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La replicante le dirá a Harrison, el amor es una creencia que derriba tu incredulidad. La mejor frase del film.
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Al reproche de mi hijo, 14 años («Papi…¿otra vez esa película?») intento explicarle que aunque sean cien veces, hay algo que todavía no he descubierto en Blade Runner. No sé -digo-, la piedad del replicante de Hauer, la belleza del robot, el parecido del Sr. Tyrrel con algunos empresarios que llegan al poder.
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El film de Ridley Scott sucede en un tiempo apocalíptico y Tinelli y la entrega de los Martín Fierro también. Cuando el zapping nos lleva al salón bizarro del Oscar nativo, algo me dice que esos tipos, Suar, Tinelli, Repetto, están bailando en el Titanic y encima, con entradas truchas copiadas de Olmedo, Tato Bores y Mancera. Otro zapping muestra al Vicepresidente Chacho Álvarez alejado de una turba enfurecida en el otrora Valle Encantado de Cipolletti. Se escapa en una cuatro por cuatro del mismo modelo y marca con la que llegó al salón Titanic el primer actor «Larry de Claypole».
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Ni siquiera Harrison Ford podría darle un poco de emoción a la ceremonia. No es su culpa, Guillermo Andino también es un replicante, pero yo no mataría por salvarlo. Más bien lo contrario. Catriel Laport agradece el Oscar y por la elocuencia del discurso demuestra que: o no le cuesta nada hacer de Guevara o el box va en serio y ya tiene secuelas. Mi hijo dice que las peleas de «Campeones» son todas mentiras, que están todas arregladas.
El zapping nos lleva al dulce canal Azul donde Gelblung está destronando al Sai Baba, rebatiendo todos sus milagros, aunque de pronto, hay uno que sucede: mi hijo me pide, por primera vez en la noche, volver a la película rara, la de «Indiana» dice, Indiana cazando muñecos. Para él, Harrison Ford será siempre «Indiana» y supongo que para mí también. Ya somos tres los que huímos de la tele: yo, Matías y Harrison, por miedo a que aparezca Claudio María Domínguez a defender al Sai Baba.
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El zapping muestra un comercial más increíble que los replicantes: un empresario argentino feliz, que después de escuchar el aviso de De la Rúa, suspende el café con los amigos y va corriendo a la AFIP a pagar sus impuestos por adelantado. Mi hijo va entendiendo solo, se ríe cómplice como diciendo, «…este De la Rúa, ¿es o se hace?». En el viaje al canal Warner hacemos una breve escala en Crónica porque muestran un arma parecida al cañón de Harrison. Una 11,25 en poder de un pibe de catorce años en Villa Domínico, para robar un almacén. Hasta mi hijo sabe que la venden a la vuelta de casa, por cien pesos o dos trabajos. Matías quiere saber si las replicantes tienen tetas de plástico, le fascina Daryl Hannah, el muñeco acróbata. La mina es lisa pero en una escena lo aprieta a Harrison con las dos piernas de contorsionista, contra la vagina, para darle bella muerte. Pocas cosas son más fatales que un guión de Hollywood, pero Harrison es un héroe y la mata. Papi, eso es femicidio ¿no?. Hollywood es la catedral de lo previsto, ellos inventaron lo de bailar sobre el Titanic y a nosotros nos hacen bailar sobre el «Ciudad de Rosario».
Matías insiste con las tetas plásticas justo en el momento que Mersa Legrand llega al escenario con una sonrisa tan cosida, que le han prohibido ir a los velorios. El cirujano le ha dejado una cara en tres posiciones: a) risa fija para entrega de premios; b) llanto grabado en lagrimal recargable por si Suar la engaña y c), breve movimiento de labios para decir después del premio: «God bless you, god bless you…». Cuando nombra a los que están detrás de cámaras, no sabe, ni siquiera sospecha que somos nosotros, los que hartos de mentiras ya cambiamos de canal y preferimos un replicante a un presidente, un pecho liso a una teta plástica y un arma de verdad como las que compra el pibe de Villa Domínico. y los de todo el país de los cuatro climas y todos los paisajes.
Termina Tinelli y ya me estoy durmiendo, entonces imagino la última escena. Mientras nosotros estamos nadando, Guillermo Andino, Susana, Chacho Álvarez y Araceli bailan en el Titanic y en lugar de salvavidas está repleto de cuatros por cuatro. Solamente los que estamos abajo nos damos cuenta del hundimiento, los de arriba tienen todavía unos meses para saber que el God Bless You, muy pronto dará paso al Say No More».
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Marcelo .