© 2024 Marcelo Scalona. All rights reserved.

El Portador

.

EL PORTADOR
HomoSapiens Ediciones 2010.
.
«La Patricia, dijo Pucho, tiene que acompañarte. Y la chica no era tonta, ya había agarrado el estéreo, las llaves y el teléfono. Le colgaba una carterita al tono donde guardó un revólver. Me indicó el arma con ademán imperativo, para demostrar carácter. No me asustaba, nunca podía asustarme una criatura pintada como un payaso. Pero no tenía alternativa, así que por lo menos pedí que se corrigiera el maquillaje. Le di las quejas a Pucho. Me parecía obvio que la policía nos iba a agarrar en quince minutos. O por el BM Roadster (como el de James Bond en Goldeneye), o por la chica, algo me decía que los dos eran muy famosos. Dejé aclarado que yo no respondería por la vida ni el silencio de mi acompañante, y entonces no supe bien cómo nombrarla, si Aldo o Patricia.
Si todavía cuando arrancamos, ella me dijo algo más increíble al oído dijo:
– …decime Pamela.
.
Alguien les había hecho creer que yo tenía agallas o era curtido en las peleas: con una mezcla de pudor y orgullo me dieron a elegir entre varias armas. Yo no sabía manejar ninguna, y vaya a saber si por las películas, o los juegos de chico, me pareció más simple un revólver, de puño breve, caño corto, tambor rebatible, seis balas, calibre 38. Pucho me enseñó el seguro y dudó si sería suficiente, si no prefería una pistola de diez tiros, dijo, algo automático, de nueve, o de once veinticinco.
La verdad nunca dicha, es que pensé que con una pistola así, me iba a matar solo. No sé… yo sabía llevar un revólver debajo el asiento del auto, pero era para completar la pose del Goldeneye, no era para disparar.
.
Pamela no era tonta, dijo que ella había aprendido a manejar a los once, cuando todavía no estaba definida y se llamaba Aldo. Por lo demás, dijo, era una lástima que yo fuera tan estirado y machista, un cavernícola, dijo:
– …que la mujer no maneje, que no se pinte, una lástima, hubiéramos podido divertirnos- y se me colgó del hombro izquierdo, del mismo lado que tenía un pañuelo que me hacía un cabestrillo hasta la muñeca donde terminaba el vendaje de la mano.
Me gustó el abrazo y más el perfume, fuerte y dulce. Se sentía tan fresca, tan sana, tan sin pose ni mentira. Esa cosa indefinida la hacía parecer un efebo.
Y tan así, que puesta al volante y con los ejercicios que tenía que hacer con las piernas, para los frenos, embrague y todo eso, dejaba lucir unos muslos estupendos, largos, ágiles y macizos, pero no con la esfinge del deportista, del varón de gimnasio, sino con la forma suave y redonda de las mujeres. La verdad es que me bastó un viaje de diez cuadras para convencerme de que ella era lo más apropiado para conducir mi auto, incluso, vestida de leopardo.
Dijo que le gustaba la cabina con más espacio, y en mitad de la marcha corrió hacia atrás el asiento del conductor. Lo hacía adrede, sobreactuaba las piernas al conducir para liberar una bombachita blanca de encaje que asomaba del leopardo como un aliado invitando a la trinchera. Y se reía de todo, de las esquinas, de los peatones, de los imprudentes y de los veloces. Yo hubiera puteado a más de cinco en el trayecto, pero se ve que la vida debajo de los puentes era otra cosa y empecé a sentirme relajado, dichoso de compartir su risa y tararear un estribillo que salía del estéreo, que por cierto, ya no era de Bill Evans sino de Calamaro. Si el viaje hubiera durado un día entero y fuera el último, hubiera estado satisfecho. Me hubiera enamorado rápido, ya veríamos si era recíproco, si era mujer o varón. Ya no me parecía importante. Lo que importaba era la ausencia de poses. Ella daba ese tipo y ya casi le iba a sugerir algo cuando sin querer me toqué el revólver, me vi el semblante turbio en el espejo y más allá, un auto negro, sin patente, que nos venía siguiendo. Nos siguen, dije, y torpemente quité el seguro del Smith and Wesson».
.
.
.
Foto, Luis Machín ayer en Librería El Ateneo, Rosario: «¿Me lo envuelve para regalo?»