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El camino del otoño

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«A veces uno cree que le basta con escuchar la desdicha de uno solo, del que está más cerca. Cierto cristianismo individualista ha fomentado esa ética de que basta con atender “a uno solo de estos pequeños”. ¿Y el resto? En el resto está uno mismo, nosotros, y aquel al que acabamos de escuchar también.
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El resto queda en el lugar de la pérdida, o peor, en el de la rotura (es normal perder -Elizabeth Bishop- lo malo es romper -Salvador Puig-), donde comienza un desmoronamiento que cede y cede al rencor, a la soledad, a la locura, a la muerte y al olvido.
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Pasa de a uno, de a dos y a todos. A veces se quiere tranquilizar el dolor de vivir con un nombre o un signo inefable o colectivo, como si uno dijera Dios, dijera Argentina, dijera Amor, y sin embargo, la incoherencia, la tontería, el orgullo, hacen que a menudo la palabra sea un signo vacío por la ausencia de un nombre propio o del nombre propio de todos.
La fragilidad de morir no nos da derecho a estar rotos, pero tampoco a ser invencibles o a creernos invencibles, lo único que habrá de justificarnos es no perder jamás la capacidad de socorrer, de no darnos cuenta, o de perder el valor del sacrificio. Lo peor es perderle el rastro a la tragedia.
No me interesa el resultado, hasta es probable que uno sea negado, desmentido, condenado, y aún así, lo único que no debo perder es el sentido del sacrificio».
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Marce.
El camino del otoño
Ed.Corregidor 1995.
HomoSapiens Ediciones 2012.