«Miré los restos de la fiesta de anoche y pensé: arroz y flores. Arroz con azafrán y una rosa china color té en nuestra cena navideña, en la casa familiar. Arroz para vivir y flores para tener motivos para vivir. Un poco de catecismo, un poco de mi madre, otro poco de Xia, otro poco de Sartre y algo de Confucio: cada uno termina haciendo una religión sincrética y natural con lo que puede, con lo que le va quedando, con sus propios restos, como una religión china. Debe ser insoportable vivir solamente con la verdad.
Me asomo a la vereda, la calle está vacía y en silencio, coronada con un aire fresco y dulzón de profecía del verano o de primera luna llena del solsticio en China. Por una vez en el año el súper está cerrado. El Chino descansa un rato sentado en el umbral del vecino, después de la pausa deberá empezar a trajinar con la basura del container desbordado. El plan de reparto es hacia el bajo Ayolas, hacia las vías de Gálvez y una parte confundirla en las pilas de cartones del súper La Reina, en calle Maipú.
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Y sin embargo, hay una hora de la siesta que el Chino está por decir algo pero no lo dice, o tal vez lo dice infinitamente, como Borges, y no lo entendemos o lo dice en chino, o es como una música del desierto de Sinkiang o esos dibujos de su alfabeto donde cada letra es un cuadro de diálogo mudo, porque la otra mitad quedó en Yangyuan, en la montaña de arroz donde vivía, en esa especie de barco en tierra que es el amor, aunque saludarlo o saludarla, es lo primero que hace todas las mañanas cuando amanece y sale a barrer Ayolas y mira al oriente, hacia el río Paraná, quinientos metros, por donde llega el sol y el reflejo entreverado de una mujer, que él a veces mira adentro de un camafeo que tiene escondido en el depósito del súper, atrás, arriba y a la izquierda, piensa, como una regla nemotécnica, en una lata falsa de salsa de conservas.
Entonces el Chino, ahora, a la siesta, con la calle vacía y amarilleada, saca el camafeo, lo abre, ve a la mujer un instante, y lo cierra. Vuelve a esconderlo en la pila de latas de conserva y sale a la vereda. Hay una hora de la tarde que el Chino busca en su bolsillo a la mujer adentro del camafeo y nunca la encuentra o la encuentra infinitamente».
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ESTE AÑO en la Biblioteca Argentina Dr. Juan Álvarez tuvimos el honor de recibir la donación de la biblioteca personal y completa de RAFAEL BIELSA, …