Él cree que puede ir hasta allá porque está pensando en ella. Ella está en París y él cree que el pensamiento de ella puede llevarlo hasta allá, aunque sea a contramano del cine, aunque haga frío y quede lejos. Él cree que puede ir hasta París porque está pensando en ella y eso a menudo él lo combina con la necesidad de ver todos los paisajes con la música de John Cage.
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El piano de «Landscape» ilustra un recodo del camino de Pueblo Esther, donde está él, pero no de ahora, sino un resuello que había en una curva en 1948. Y él suele tener una lógica imaginaria parecida a la de sus personajes, que cuando tienen que ir a alguna parte, siempre van al revés. Como si para ir hacia arriba hubiera que empezar por abajo y para cada punto cardinal comenzar por el opuesto.
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Esta tarde hace mucho frío en la plaza de Montmartre y ella entibia sus manos en la loza de la taza del bar Gascoigne. Aquí, hace mucho calor en Pueblo Esther, y camino a la curva hay un cementerio, la resolana es tan débil como el adagio disonante que sin embargo, después de un rato, vuelve a la melodía como el auto sobre el camino solitario.
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Él mira el reloj y piensa si llegará al Farina café por la película de Cantet y además, sabe que cuando llegue al parador de la ruta, deberá leer otro capítulo de Byung sobre el aroma del tiempo y deberá practicar el ejercicio: la demora del tiempo sucesivo, la duración en la que insiste el filósofo: el ser es tiempo consolidado en la repetición. La idea de Heidegger. La de ellos dos. El amor es un tiempo dislocado que se consolida en la distancia. La videollamada es tan nítida que ve su aliento hecho un hálito, ese lugar donde besar su espíritu, su alma. Es en película. Es nuestra forma de la eternidad ahora.
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Y eso, porque los dos saben que ninguna de esas cosas los lleva. Ellos saben que sólo pueden ir hasta allá porque están pensando en ellos. Juntos. Felices.