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El atril del taller

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El ATRIL

Encontré un taller literario en el subsuelo de un bar. El bar se llamaba Faulkner. Era el año 2000, una tarde fui a tirar la basura y encontré un esqueleto de madera junto al container de residuos. De pie, afuera y al lado esperando que el ciruja o el poeta, lo llevaran sencillo y limpio, para hacer un fuego o un atril donde dar clases de escritura creativa.
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Le puse una tapa de corlock restante, tempera azul de una casa de cuadros que tuvimos antes del bar y que también se llamó Faulkner.
El retrato de Kundera fue lo primero, no ese libro,sino el título ambiguo de “La inmortalidad” con algo recogido en la basura.
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Le pegué fotos que nadie compraba en la casa de cuadros: Iris Scacheri, Artaud, Irigoyen, Hemingway, Bill Evans, mi sobrino Lisandro y la película El amante. Cartones pintados, chinches, stickers de Rosario y agregué tres palos de paillets, descartables que tarde a tarde, desde hace 26 años soportan las obras completas de Borges, de Dostoievsky, de Vallejo, los 400 poemas de Idea o Manfield y el tallercito de chapas donde Arlt arreglaba las muñecas.
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La levedad es lo que sostiene el peso: al mundo lo sostienen los libros, cuadernas hechas de papeles, de dibujos hechos de movimientos de manos:
una idea, la percepción, un gesto, la lágrima o la risa. Deseo. Viento. Como decía Juan Filloy que vivió 108 años: » Lo único que no pasa de moda es la belleza».
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Una vez prometí que la noche que terminara la última clase lo llevaría hasta el container de arriba, en Laprida, uno naranja que está cerca de la plaza 25 de Mayo. Iría a dejarlo allí, de pie, afuera y junto, por no saber si era orgánico o inorgánico el material que enseñaba. O lo que escribían que escribirán que estaba escrito.

-¿Cuándo entonces?

-Nunca pude devolverlo.

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Marce.

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