«Pero eso sí, siempre que ella me ve, sonríe y ahí tiene diez años menos. Tanta luz parece irreal. Aparece el rayo ambarino en el horizonte pero aún es de noche. La operación es cegadora. Hay ejercicios así, recuerdo los que me hacía el oculista. Prender, agrandar la lente, ocluir, se produce un flash como ver por primera vez. El ojo crea el mundo. La percepción lo crea. El color es importante pero la luz es todo. Un sueño transparente. Glauco. ¿De dónde? ¿Por qué? La luz es una ilusión, el mundo no, la luz es un reflejo, un rebote, ni es cielo ni es azul, pero hay que haberse afirmado alguna vez en el sexo, el eros, para saber que la realidad existe, se vea o no. En la oscuridad, el tacto, el jadeo, la temperatura de los labios, la erección, la humedad, el bombeo.
Ariana se limpia el cristal de los anteojos y vuelve a mirar. Debería limpiarse los ojos si eso fuera posible y estuviera a la venta. ¿Pero cómo? Los ojos se curan durmiendo o algo así, como la vida eterna, si existiera algo así. Si fuera posible. Unos ojos de no ver para seguir viendo. Unos ojos vacíos, un punto ciego. Y la fe aplicada a los ojos: la visión. El punto de vista. No solo ver, hay que tener visión, una mirada. Ojos que no ven son los que verán. Si existiera tal cosa. Dormir al sol, sirve, pensar en nada, también, ir a campo traviesa, abrir nuevos senderines en la otra punta de la boca del perro, la hora imprecisa traerá otra vez la misma luz cegadora. Derivar. Zigzaguear. Ir y venir. Ir y volver. La ida, la vuelta. Andrea Lou cree que la vida no es más que el viaje en sulky que hizo con su abuelo a los seis años, del rancho al pueblo. La ida y la vuelta. Dormir al sol. No dormir. Los ojos se curan durmiendo. Cuando los vuelva a abrir no los cerraré por mucho tiempo. Y otra vez tendré el pensamiento de Nietszche, ¿de qué estrellas hemos venido hoy a encontrarnos?».