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EL PORTADOR, últ. frag. «la épica»

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EL PORTADOR,   cap.  17  fragmento

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—-Entonces llegó el día, sofocante, soleado, pegajoso, mal tiempo y mal agüero. Monumento a la Bandera, cureña militar, honores: los restos de un héroe del siglo diecinueve, sin sabor y sin perfume. Decían que el aroma lo había dejado en la tumba del enemigo. Tanta fama sanguinaria y había muerto en la cama. Siempre lo mismo, los caperucitas mueren en combate, y los Generales, de esclerosis múltiple.
Empecé a notar una inquietud en los guardias, en el palco, una electricidad rara que llegaba hasta la cola de los caballos de los Granaderos. Un corrillo parecía, un rumor, el reguero de la traición encendiendo la pólvora del adversario. Alguien había escupido el asado, por treinta monedas o dos veinte alterna. Estamos fieros era la contraseña de problemas, se la dije al Topo y por las dudas, nos cagaron.
Cambios de última hora: Su Excelencia iba a comulgar en el palco. El cuerpo de Cristo de manos del capellán castrense. Rubencito tieso en el altar, hacía unas muecas desesperadas, la segunda hostia se le había pegado en el paladar. Es ese instante justo de la batalla o la tormenta que da vuelta el viento o la estrategia, un minuto de shock y el que golpea primero, gana. Y fueron ellos, estaban avisados y ya nos estaban metiendo en la bolsa. Primero fusilaron a los francotiradores, de espaldas, en las terrazas. Un Ala Uno cayó del techo del Concejo Deliberante. Les tiraban con itakas, son inútiles los escudos, antecedentes y prontuarios. Ni bolas de acero. La infantería sin bastones venía cerrando un cerco al medio de la multitud. El público hacia afuera, los milicos hacia adentro. Era el día de los santos inocentes, aunque faltara una semana: chicos, mujeres, ancianos debajo de las patas de los caballos, destrozados por la estampida, la multitud a locas, las balas al bulto. El Hombre Elefante largó la pirotecnia, pero el momento y el lugar eran inoportunos.
De pedazos de gente se hizo la crónica del acto. Casi todos caperucitas, votantes agradecidos o desesperados que iban al desfile por una caja de leche o los cincuenta pesos falsos que les repartía Vértiz.
Yo hice lo mismo que un padre de familia, atiné a salvar los chicos, un brazo para Rubén y otro para la Knicks. Rubén todavía balbuceaba con el pan en la boca. En mitad del escenario, lloraba del susto esperando mi seña. Muy tarde para darme cuenta de que era un chico. Yo miraba su destino desde la ola humana que me tiraba calle Córdoba hacia arriba, al centro, la peatonal, la plaza. Los matones lo agarraron del pelo, a puñetazos y patadas. Lo arrastraban a un furgón, pero de pronto apareció otro, inspector o jefe, por la elegancia, de atrás, decidido, sacó una pistola y la descargó toda en el pibe.
Tarde se da uno cuenta de los ángeles que lo rodean… Bajé los brazos, los ojos, la visión de algo que nunca tenía que haber visto. Me quedaban los oídos y cada martillazo al pibe me revolvía las entrañas. La ola me llevaba y me volvieron los temblores y el miedo. Mal momento, mal agüero. La Knicks chillaba como un animal rabioso, con los dedos apuntaba al escenario y con los ojos a mí, que lo había consentido. Cuando volví a mirar, el palco no estaba, las granadas del Topo estaban cambiando el decorado. Y otra más, y otra, y ya se veía mejor el río y las islas. No daba para finezas, si no lo arregla el cirujano, le toca al carnicero.
Cuando volví a girar, me vi a tres metros de seis manos choriceras, tipo Baldassini, rostros felices, de frente, hacia mí. Agarrarme vivo era la consigna, pero el privilegio no era por cabecilla, jefe o inteligencia. Era por el dato, yo sabía el lugar exacto del pozo, sacarían los cuatro palos y me pondrían a mí. No alcancé a llevar la mano a la cintura y una balacera me quitó el cerco. De Furlet, supuse. Uno de los milicos, herido y todo, me alcanzó en el cuello y se me colgó para ahorcarme. Con esas pinzas me hubiera ahorcado hasta después de muerto. Pero fue el instante, en sus ojos vi lo que me esperaba, el olor de la sangre, una baba, un corrimiento. Se le iba el alma del cuerpo y a mí me volvía. Saqué la Luger y le di en la cabeza, para que tuviera. Furlet venía capeando la paliza con dos formaciones ciempiés, veinte o treinta vectores por fuera, en redondo, y él y el Hombre Elefante en el medio. El Topo jugaba solo, era el único que podía. Estábamos diezmados, sálvese quien pueda. En un solo grito Furlet me dio el último mandamiento, la retirada, que me metiera en el ciempiés, dijo, y usara las dos pistolas. Que íbamos a tratar de enganchar a la Knicks, a meterla en el cerco y violín en bolsa. Por Avenida Belgrano, dijo, más abierto y al revés de los milicos. Si nos quedamos… fue lo último que entendí.
Cayeron dos hidrantes por la bajada de Córdoba y no escuché más que el crujido del ciempiés triturado. La ola iba menguando de gente, pero no de pavor. Nos fuimos arrastrando por la plaza hacia arriba, en el último malón desesperado alcanzamos a guarecernos en el Concejo Deliberante. La Luger no la tenía; la Smith sí, todavía sentía el calce por detrás, en la cintura. Traté de hacerme del público, del miedo, del sinsentido, algún matón me entrevió en el gentío, me tiré al piso, me buscaban, pasé dos puertas, una escalera y un ventanuco. Buscaba un hueco al aire, una chimenea, un ventilúz. De ahí a los techos, a los vecinos, a un baldío que había hacia calle Rioja. Entré en un baño, cuatro tabiques, en el último estaba el ventanuco, muy pequeño. Dudando qué meter primero, sentí la estampida viniendo al sitio. Era el fin, o peor, me llevarían vivo hasta el pozo de la guita. Me encerré temblando en el último tabique, levanté las piernas para que no me vieran de entrada. Me colgué del viejo caño de hierro del depósito del inodoro. De eso pendía mi vida. Entró una pequeña turba a los baños, revisaron de apuro, gritos, patadas, unos pasos y la voz. La voz inconfudible, el sonsonete, el acento:
– Déjenme en paz, cabrones, hijos de puta, esperen afuera, quiero cagar tranquilo… -Vértiz. Era Vértiz que no aguantaba la diarrea del cagazo.
Lo escuché desvestirse, limpiar un poco la tapa y largar el bufido de las entrañas. Moví dos veces la cabeza, hacia el ventilúz y hacia la puerta. Estábamos solos, no podía creerlo… el Presidente cagando en el tabique de al lado. Cuando me llevé la mano a la cintura, tuve miedo de que la Smith se me hubiera caído. La incredulidad de la dicha repentina, milagrosa. Uno a veces siente miedo de que la felicidad sea tanta o de golpe. Pero no, no era mentira, ahí estaba el revólver, el arma de Pamela. El Smith and Wesson había sido de ella. Y de arriba nomás, los tabiques no tenían techo, una mano al ventanuco para no caerme con la estampida y la otra en el gatillo. Ni cuenta se dio el mierdita… ¡Por Pamela!, dije al primer tiro. ¡Por Furlet, por Rubén!, y salté de punta al hueco. Primero saqué la cabeza. Es lo que dice mi vieja, yo estaba, pero no me acuerdo, los nacimientos son así… Creo que por ese ventilúz hubiera pasado todo el pueblo argentino. Salí a los techos, hacia el baldío de la calle Rioja. Pero en lo alto también dominaban ellos, cueteaban de arriba y de abajo, y no hay escudo que pueda contra la itaka. El Topo me cubría a los tiros, desde una claraboya, parecía un guiñapo colorado en una terraza blanca, y yo, queriendo avisarle que le faltaba un brazo. En la confusión hice el numerito de siempre, pedí un alto al fuego, levanté la credencial de la Corte Suprema y dije a viva voz que yo era el doctor Mariani. Se fueron apagando los tiros y multiplicando los ecos: es Mariani, no tiren, es Mariani. Ahora o nunca, pensé, y me tiré de cabeza a la multitud que subía por Córdoba. Cuando reaccionaron, ya estaba en la base de la correntada. Dieron vuelta los cañones otra vez hacia la terraza blanca. ¿A salvo? No recuerdo bien, no podía hacer más nada. No me quedaba aliento, recuerdo unos brazos, alguien que me acomodó en la marea, en la ola, para que me llevara. Yo iba flotando en la dicha, liberado, no me sentía los golpes ni las heridas. Miraba a mis vecinos y no podía comprender qué hacían en el suelo, con esas muecas de horror y espanto. Ellos no sabían, y no me salía la voz para decirles. Ni siquiera la Knicks me entendía, me enjugaba los cabellos con las lágrimas prestadas de Rubencito, arrasada de odio y de dolor, me apretaba unos besitos ansiosos como los que dan las nenas a las muñecas. Ayporquésporqués que ni Dios quiere oír. Y por eso se ha ido del mundo, por vergüenza.
Yo deliraba cuando nos recogieron, ni siquiera recuerdo si iba en auto o a cocoyito de ella. Dicen que decía incoherencias… que la Navidad, los santos inocentes, las vacaciones. A nuestro alrededor todo era fuego, el frenesí de rajarle a la muerte y un olor acre de la carne chamuscada; sin embargo, de pronto vi un papel, los bordes de un mapa dejaban un pequeño territorio de papel blanco… suficiente para mí, para hacer una tirita entre las salpicaduras rojas. Caperucita mató al lobo. Caperucita mató al lobo. Lo escribí diez veces, tembloroso y enclenque y lo pasé. Lo pasé con devoción como si fueran reliquias del despojo: Caperucita mató al lobo… unas tiritas de papel blanco como escarapelas del 25 de mayo de 1810. Vicente López y Planes, poeta y abogado, ¿le habría pasado lo mismo…? La infancia argentina, la única patria: Blas Parera, Vicente López, Furlet, la Knicks, el Topo, Rubencito. Que se hiciera una cadena y las fueran pasando.