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EL ESCRITOR NONPALIDECE
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Le dan el alta a la mañana
y ya se va del hospital
con el turno. Mariana tiene
un consultorio. Lo espera el viernes.
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En el pasaje Santa Cruz.
Le parece buen augurio.
Todos sus recuerdos de esa calle
-también inclinada-
son felices, propicios.
Lo recibe más linda
sin guardapolvo ni prisa
no tan médica, sin poder
ni palideces.
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Unos chupines vaquero azul
blusa roja satén
sandalias de cuero crudo.
Esteban jamás se haría tocar
por una mujer animal prints.
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Igual empieza con un interrogatorio
y llega esa pregunta
que podría haber soñado
en la crisis de pánico del miércoles.
Y sin embargo no.
Acá está otra vez:
-¿Con quién vive?
(¿no lo había tuteado a las cinco AM?)
-Solo -dice él- pero inmerecidamente…
Ella sonríe y a él le cuesta un horror
no preguntarle lo mismo.
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Lo hace acostar en la camilla.
Desnudo, sólo con el boxer.
Lo revisa, lo ausculta
él tiene cosquillas
la palidez no aparece
la neurosis, todo el tiempo.
Ella lee los análisis, perfectos.
Queda la ansiedad, dice.
El dolor, dice él.
-¿Dónde?
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Él hace silencio.
Un médico debería saber
que el dolor de vivir es difuso
que no se sabe dónde perder
seguir, volver, cubrirse.
Que lo más pálido es la muerte
que hay dolores que solamente
desaparecen allí.
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Ella busca unas agujas
las saca de un blíster que dice moxibustión.
Flor Manasseri preguntará en la clase del lunes
si puede ir esa palabra, “moxibustión”
en un poema.
El dirá que no. Jamás.
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Son siete, largas.
Esteban recuerda unos echarpes naranjas
tejidos a mano.
Acupuntura en ambos pies, dice ella:
dos en la panza
dos en las muñecas
y una entre los ojos.
Masajes en la nuca
pulgares en los pies
él cierra los ojos
recuerda la geisha de
“Escrito en el cuerpo”.
Una crema suave
(¿o son sus manos?)
ungüento cítrico
(¿o es su perfume?).
Bolsa de agua caliente en la panza
-el remedio preferido de su madre-,
diez minutos. Le pone música
Win Mertens, los temas
de las virtudes teologales
que Pereda le hace escuchar
a su hermana Andrea Lou
cuando viaja traficando droga
por el sudeste de Córdoba.
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De pronto acepta el trance
se siente relajado cuando
Mariana vuelve a cada rato
a controlarle las agujas.
Le cambia la música
Nonpalidece: La flor
Tu Presencia.
El domingo tocan en el banquito
dice ella, en Vladimir.
Si vas (vuelve a tutearlo)
acordate de pisar el barro en patas,
y no aflojés con la bolsa de agua caliente.
diez minutos, todos los días
en la panza.
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No tiene bolsa en casa,
quedan dos en la casa de sus viejos.
Las de ellos y hasta es probable
que el agua que contienen
fuera la que alivió sus últimos espasmos.
Los mismos que lo llevan
a esta consulta de madrugada.
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Pone el agua en la pava
llena la bolsa, sube al altillo
calcula que en diez minutos
podrá describir todos los árboles
de una escena donde Andrea Lou
enamora a su novio aviador,
el “Mark Ruffalo de Cruz Alta”
y mientras lo pasea por la alameda
de la estancia de Camilo Aldao,
antes de echarse un polvo memorable
desnudos y embarrados en el rastrojo,
ella le irá nombrando todas las especies de árboles
que irán a plantar allí un día
cuando sean felices para siempre:
quercus, aguaribay, tilo, rhiuss, retama
álamo, abedul, abeto, ciprés
palmera, jazmín, sauco, almendro
azahar, encina, cedro, ceibo
naranjo rododendro secuoia
sauce roble ombú magnolia pino arce
lapacho olivo castaño casuarina olmo
jacarandá eucalipto almendro
y siempre su recuerdo,
el del Haroldo de ella, de Leila:
el álamo carolina
en siete partes de su cuerpo.
Siete agujas.
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M a r c e
