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Un azar de llanto

UN AZAR DE LLANTO
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——————————A Oscar, mi hermano.
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Ya se sabe que el azar es un relámpago, desgracia o dicha. Un rayo que quema la casa o que, pasando cerca, con el roce, hace una chispa e ilumina el patio. Ya se sabe que lo que no mata, fortalece y que el único azar revolucionario es el del llanto: que la noche se ilumina con los rescoldos de la casa quemada por la centella.

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Te pegó un rayo el 10 de noviembre de 1974 y por ese azar de llanto, ellos, están leyendo esto. Dos chicos jugaban a las cabezas con una pelota de goma (¿un pulpo en el río?), en la playa del Camping de la Biblioteca Vigil, el sur de Rosario, en la primavera de sus vidas, los doce años. ¿Qué otra cosa sino el azar elige los arcos imaginarios en el agua? ¿Qué otra cosa que el azar pone al borde invisible del remanso, remolino, a un chico que nunca sabía morir cuando jugaban a Combate? ¿Quién puede prevenirse del rayo? ¿Qué prisa lleva lo inevitable? El horror siempre acecha la maravilla.
Comprender que el fin del mundo está más cerca que la línea del penal y que no volverás a dormir hasta que no aparezca el cuerpo. ¿Cuál? El otro, el tuyo, el mismo. ¿Pero cómo pescar con los ganchos enormes de Prefectura un relámpago? Los siete días que fuiste a ver la pesca maldita de la que habla Carver en «Limonada», el papá de tu amigo silbaba; le silbaba al cuerpo desde la playa para que subiera, para que se dejara enganchar en el anzuelo maldito que ya lo había enganchado. ¿En que año Carver escribió Limonada? ¿Cómo es la visión del ahogado?

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Eso es el azar de llanto: ser un boludo una tarde y no volver a serlo nunca más en la vida. El azar ontológico, diría Macedonio: avivarse, eso es ser. Y luego el azar epistemológico, ser es conocer. Quedar medio pirucho, claro: el Panegyotis de Yourcenar, el hombre que se volvió tonto de tanto mirar el mar y alucinar con las nereidas. Dos Panegyotis: uno muerto, otro eternamente en la orilla abismada de Juanele. Dos Narcisos, uno en la Iliada, el otro en la Odisea. Uno yéndose, otro regresando. Hay que ver el espectáculo de todo un camping lleno de gente, un día casi de verano, repechando la subida de la barranca, cuando llegó la noche, volviendo a sus casas sin el pibe, sin el cuerpo, sabiendo que nunca más serían lo mismo. Nunca más oíste un silencio tan ruidoso.

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Siete días (7 es el número perfecto) sin dormir, los que tardaron los peces en contemplarlo y ponerlo en otro camping popular, el de Arroyo Seco. Eso es el azar, dos campings del pueblo, un pulpo (en las inferiores de River, a Gustavo, compañero de Ramón Díaz en infantiles, le decían el pulpo, un volante clase Riquelme o J.J. López, imposible sacarle la pelota). Quedó demostrado que era el más generoso de un mediocampo que ya no pudo completarse.
Siete días sin dormir, escuchando el silbido de la sirena más amorosa que hay en la tierra, la del padre que ha perdido un hijo. Ya se sabe (Kafka), que lo peor de las sirenas no es su canto o su ruido, sino su silencio. Siete días sin dormir, sin comer, hasta que el azar de un camalote, una rotación del viento, demasiado calor para noviembre, llenó de mojarritas el río, acudieron cardúmenes de dorados. Los dorados fueron. El azar es algo dorado que lleva un muerto de oro a la orilla abismada.
¿Qué podía hacer el niño ahogado en la superficie de su cama, castañeteándole los dientes, esperando que fueran las seis de la mañana y pasaran a buscarlo para ver si ese día había suerte con las tenazas de Prefectura o el silbido del padre?
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Entonces empezaste a leer. Tu hermano Oscar siempre te sugería cosas de su biblioteca infinita, pero vos no conocías el azar, tu vida era literatura clásica, aventuras, versiones infantiles de Ulises, el astuto, que sabía esquivar todas las tormentas. El silogismo aristotélico, el final épico, romántico, realista: Salgari, Verne, Swift, Carroll.
Pero esas noches, las siete noches, un lomo viejo de cuerina verde, en letras doradas como los peces rescatistas, decía “Temor y Temblor”. Temor y temblor era lo que te estaba pasando. El azar enferma, el azar trae la medicina. Esos médicos de nombres que alientan la genialidad de la cura: Kierkegaard. Marta Vitta, que ya empezaba a estudiar Letras te dijo que se decía “Kikergord” y que su nombre, Sören, quería decir Severino. O sea, era severo, pero amoroso, fino, dulce. Años después otro azar (Vallejo) te acercó el rayo de la síntesis, triste y dulce: Trilce.
Siete días sin dormir, siete días leyendo a Kikergord (así se dice), te enamoraste de la chica que te enseñó a pronunciarlo y que tenía, los cabellos de siempre para vos: rubios. Las nereidas de Panegyotis. Otro azar por esa chica, ella te advirtió que no fueras a la carrera de Letras, que vos no eras para crítico. Que ibas a ser escritor, que en esa facultad ahogaban pulpos en una gran olla que se parecía a un artefacto Rosa. (Rosa con mayúsculas, la marca del artefacto).
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Siete días leyendo las obras completas de Herman Hesse, la novelita “Bajo la rueda”, donde el adolescente se ahoga, claro, porque amaba el azar del poema y no quería la certeza del seminario de los curas hitlerianos. Y “Bestiario”, de Cortázar (incluso a la edad que Aira dice que hay que leerlo), todos esos cuentos de irse, de nadar, de fugarse. Siete días vomitando los conejos de Alicia. El azar ontológico dando paso al epistemológico. Aristóteles dejando la tarima a Macedonio. Ser en la desgracia, saber el origen de la tragedia. Dos Apolos jugando a las cabezas en el agua se volverán Dionisos. Borrachos de río, marrón, a lavarse en el mar, en la espuma. Un Panegyotis bebe tanto que se ahoga. ¿Vos tampoco saliste a flote? ¿Cuánto dura la resaca de beberse dos leguas fluviales del Paraná, pariente del mar…?
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Y después la cumbre del azar, más bien del tipo realismo delirante Laiseca: ese chico de tu barrio que siempre los confundía a vos y a él, pensando que vos eras él y él eras vos. Ese chico de la carpintería de Segui y 1° de Mayo que cada tanto pasa frente a tu casa, alza el brazo y te saluda, te grita: Gustavo, Gustavo… y se aleja, a pie, en bicicleta o desde la ventana de un coche. La última vez iba a bordo del 133, Rojo. Está convencido de que Marcelo se ahogó en el río Paraná, en el camping de La Vigil, el domingo 10 de noviembre de 1974.
¿Te acordás que una vez se detuvo y te lo estuvo explicando? Te contó la desgracia, cuando un chico que jugaba con una pelota de goma, un pulpo, en el río, se hundió a buscarla y desapareció hasta que fue hallado río abajo, siete días después, en Arroyo Seco. Van a cumplirse veinticuatro años, te dijo en 1998. Él contaba los años igual que vos y su confusión (terca por cierto), proviene de alguna semejanza física y de que vos y Gustavo andaban todo el día juntos. Escuela, plaza, iglesia, club. Al final nadie sabía en el barrio cuál tocaba el timbre y cuál salía corriendo.

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Aquél día fatal de muchas maneras (azar ontológico-epistemológico-de llanto) nos hundimos todos. Algunos salimos a flote más rápido, pero el agua siempre está cerca. En todo caso, los 10 de noviembre las lágrimas podrían llenar un balde y ya se sabe, en un balde, se puede ahogar un niño. El que fuimos. Pero aún no ha podido saberse. O separarnos. A veces me halaga la confusión terca de este jovencito que hoy a vuelto a pasar por tu casa y te ha gritado (esta vez desde el 147, Negro), con el brazo en alto, mi nombre. Y quién sabe, es probable que vos te hayas ahogado aquel domingo y yo esté ahora escribiendo estas notas, llorando todavía, por vos, Marcelo, como se debe.

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Marcelo Scalona
REVISTA MACEDONIO– oct. 2014

Chan, Gustavo