ALCORTA, el regreso
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Termina el acto, “Alcorta maldito”
es un grito joven de cien años.
Vigoroso, renovado
se oye más fuerte desde la 125.
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Es lo mismo que yo estoy escribiendo
en mi novela
“No sabiendo para qué”.
Ese dilema argentino
fundante, original,
irresuelto. Eso
y el amor extenuado de Leila
la mujer tan blanca
cansada del Ulises locutor
que se demora en lo ajeno del discurso
y descuida lo propio del verbo:
amar, amarte, amor.
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Y ya les digo un final posible,
un detalle sin importancia:
Esteban muere
mucho antes de que lo maten.
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El acto fue una épica sencilla
firme,
una multitud de militantes
en un mar de soja.
Poesía, crítica, academia.
Dos profesores de historia
sin ambages ni eufemismos.
Cerqueira “escribiría” mal como Arlt
pero te caga a trompadas como Monzón.
La gesta resplandece.
Si hubiera sido en Buenos Aires
sería feriado nacional,
inamovible.
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Mi locutor ha estado como nunca.
La gente me pide fotos, firmas.
Ya domino el speech con la certeza
de que a este pueblo seguirán otros.
Una módica mitología de la pampa:
el locutor que soñaba poemas
que soñaban con el llanto
de los pájaros muertos.
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Cuando salgo a la vereda de la Sociedad Española
alguien me describe el estilo
manierista de los balcones
pero el calor agobia.
Es una mujer que dice ser
profesora de música, armonía, composición.
Estudia braille en portugués, dice
para enseñar Mozart
a los niños ciegos del Brasil.
Me felicita, se presenta
María Esther
y supongo (mal) la convención
la charla trivial.
Fabricio Simeoni
me ha dejado para siempre
un prejuicio
sobre estos encuentros.
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No alcanzo a evitarla
cuando ella pregunta
sin preámbulo
si alguna vez oí llorar a los pájaros.
Lo pregunta una experta
en Mozart
en ciegos,
en armonía.
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(¿Oí bien? ¿Llorar a los pájaros?).
Ella los escuchó dos veces, dice:
una calandria y un gorrión.
A la calandria le mataron la pareja.
Al gorrión, los pichones.
-¿Y cómo es…?
-Lastimero, agudo, insoportable.
Un bebé malherido
un gatito cachorro
abandonado en las vías.
Dos días debajo de mi ventana.
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-Te creo María Esther.
Yo perdí un gorrión en otra vida
y hace un año, mi calandria.
Imagino ese llanto mudo
ensordecedor del infinito
del paraíso solitario de la flor
de un pájaro de otros diluvios
que prefiere el silencio.
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A la salida de Alcorta
me inquieta un cartel de vialidad
que dice “Corral”, 112
y aunque nunca fui genio en matemáticas
hago cuentas y pienso
que si doblo al revés
y agrego el número 20
aparecerá el sueño de la isla verde
en un mar de calandrias
donde ella vive
y vuelve
y canta.
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Marce
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en la foto, junto a Soledad Cerqueira y Carlos Cerqueira (autor de ALCORTA MALDITO) ayer, en el auditorio colmado de la Sociedad Española del pueblo de ALCORTA (Santa Fe, Argentina)
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en la foto, junto a Soledad Cerqueira y Carlos Cerqueira (autor de ALCORTA MALDITO) ayer, en el auditorio colmado de la Sociedad Española del pueblo de ALCORTA (Santa Fe, Argentina)