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Él se está durmiendo en un banco de hormigón,
detrás de los galpones de la juventud
frente al río, a las diez de la noche
un domingo que parece reunir
el jet lag de un año
en que dio la vuelta al mundo
dos veces
por semana.
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Van allí porque hay una pista
de patinaje más tranquila
para niños, familias
convalecientes.
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Ella es alta, pero arriba de los patines
es como una torre gemela
sin el par. Y él,
es pequeño como un iraní
volador,
pero con mala puntería.
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Pero por eso le gusta.
Porque ella no se parece a nadie
con quien haya estado antes.
Hasta le recuerda esa chica de Chernobyl
de la novela de Aira.
El colmo.
¡Lo único que faltaría…!
Esa chica que se estira hasta 30 metros
cada vez que salen de noche a un boliche.
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Y cada vez que se encuentran, ella
parece más alta. De hecho, él
le pregunta cuánto mide
y ella dice 1,75, pero ahora 1,77 o…
me parece que sigo creciendo.
Él piensa que a este ritmo
un día lo llevará en brazos.
Esto último será tema de charla
el jueves, en su terapia.
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Élla se pone los patines
y del río levanta una brisa que se hace viento
fresco, frío,
sanador,
justo para lllevarse el chubasco
y traer la luna.
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Él se toma el resto de una lata de Quilmes
mientras ella se lanza a la pista como una chiquilina.
A él, el viento lo arrulla y le viene el trance aquel
de la ensoñación, duermevela, aura.
Se arrebuja en el banco de hormigón
y usa de almohada las dos zapatillas
de ella, John Foos,
negras, por supuesto.
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Al rato lo despierta una nena
que está más allá con sus padres
en esos inolvidables picnics
de la infancia, de la clase media.
Se llama Lola.
Se miran, se examinan en realidad.
Debe tener tres años
y es tan traviesa que el día
que tenga patines
no le verán más el pelo.
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“Lola, Lola, Lola…”
todo el tiempo el padre
la llama, la reta
y él, así, no puede dormirse.
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Entonces va hasta el auto
por algunas cosas.
En su baúl hay una sucursal de Falabella.
Saca el agua mineral para ella
y una frazada para él,
una manta que siempre debe llevar
un soldado alrededor de la derrota.
Pilas de libros, películas
una silla playera inútil
dos matafuegos, el revólver.
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Ahora sí que va a dormirse
viendo el más bello espectáculo
de esa torre de cúpula pelirroja
deslizándose como si volara
como si lo hiciera sobre sus sueños.
De pronto ella, con la excusa de tomar agua
se detiene, lo besa castamente
y arranca otra vez, poderosa.
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Un rato después, él ya se ha tapado todo
y ahora sí, a dormirse.
Piensa en Cachilo
en todos los hermanos del mundo
que duermen su vida entera de este modo.
Aunque ellos no tienen, la mayoría,
una chica con patines
que los guarde, noche y día.
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Al rato, lo despierta Lola.
Está a treinta centímetros de su cara
haciéndole un examen macroscópico
del tipo “autopsia del señor raro”.
La ve irse y escucha que pregunta
a su padre, qué le pasa a ese señor…
Él padre va a lo seguro, el cliché, le dice:
“es un mendigo, Lola… un ciruja…”
Él sonríe bajo la manta,
el papá de la niña no tiene idea
qué piropo más hermoso
le ha dicho.
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Y luego, sí, se duerme,
y ya debe estar en el REM
porque está patinando
y eso solo puede suceder en un sueño
y el único intervalo de volar
son los momentos fugaces
en que ella viene a tomar agua,
le acomoda la manta
lo acaricia, sonríe y lo besa.
Ensoñando,
él la ve dar otras dos vueltas
o tres, mientras busca el sustantivo
el verbo, la frase, de este poema.
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M a r c e
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ROBADORES DE LECHUGA ————-
———————————————————————-a mamá.
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«Lissá» le decía su padre, como apócope de «Alessá», derivado de Alessandro que era su nombre. Tantas letras para un pobre …