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NO SABIENDO PARA QUÉ… pag. 2.
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Esos dos años, Esteban fue Vladimir y Estragón al mismo tiempo. Tuvo que desdoblarse para esperar a los médicos, los enfermeros, la ambulancia, los vecinos, parientes de ocasión y finalmente, la funeraria. Esperando a Godot o a Dios, o como se llame eso que debe llevarse a tus padres al cabo de una vida larga y desgastada por el tiempo y su desdicha, coronada por una enfermedad cruel y simultánea. Ese tiempo vivió al menos en tres casas: la suya, el estudio y la de sus padres, sin contar sofás de guardias, clínicas o sanatorios. Una vez llegó a dormir tres horas en el auto, adentro de un estacionamiento. A menudo se vestía como médico para enseñar literatura y como un bohemio mal entrazado para llegar al quirófano.
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Y mientras tanto, Lucre (su moza del “Kafka”, su bar refugio del barrio), se tiró a su patio del piso 14 del edificio contiguo. Y su albañil favorito, hermano del Negro Laertes, se colgó de un tirante en Goya, después de una visita higiénica a su exmujer. Pero el asedio llegó al colmo cuando murió Mauricio, el poeta de los poetas de Rosario, la musa, el último talismán burlador de la muerte, el que jamás moriría mientras quedara una puta que atendiera cuadripléjicos o durante la escritura de un libro. Porque los escritores y los poetas no mueren mientras están amando o escribiendo. Es nuestra víspera. Hay excepciones, pero la regla es que una novela es aún más fuerte que el amor, incluso, que el amor en los tiempos del cólera.
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Y sin embargo ahí estaba. Otra vez al pozo. Enrarecido, ciego, buscando sus manos. Él pondría los pies, ella los ojos. Orfeo y Eurídice, el trato más común en un país lleno de muertos. Se habían vencido los plazos: el pasado es más largo que el porvenir. La demora, la deriva. Entonces empezó a tardarse en la farmacia, se abre un mundo allí donde falta una receta. Y como agua va, del Interferón de la madre a los pañales geriátricos del padre, y luego, algo para él, la gastritis, los problemas del sueño, y cuando la mujer iba yendo hacia la caja le dijo un murmullo:
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–¿Algo más…? Entonces él pensó que se abría una puerta. Se tocaron las manos en el pase de los billetes y la mujer comprendió que él era el enfermo. Grave. Porque una cosa es tristeza y otra melancolía. Por fin una tarde, Esteban le dijo:
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-Doctora, tengo que ser cortés, éste es el momento, si no leyó a Macedonio, no siga leyendo…
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Sin embargo no lo dijo. Lo pensó, pero no lo dijo. ¡Cómo iba a decir esa tilinguería literaria! Aparece escrito acá porque él lo pensó, pero se contuvo o lo corrigió. O lo dijo de otro modo, algo acerca de no leer entrelíneas u obsesionarse con cada frase. Pero la mujer le dijo que era el prospecto de la morfina y que había que leerlo con mucho cuidado, porque era irrevocable y fatal. Que cuando se comenzaba… y no hizo falta que terminara la frase. Que había que leerlo con el mismo cuidado que a… (entonces la mujer dudó acerca de qué escritor decir, pensó en alguno grave) y dijo: Shakespeare.
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Bien dicho, pensó Esteban y recordó una frase de su hermano Javier: “Onetti salió de Faulkner, Faulkner de Shakespeare y Shakespeare de Dios”, y vio en la caja que el remedio (irremediable), tenía una bella consonancia: “Nubaína”, algo infantil, blando, muelle, como un aliento del cielo.
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Marcelo Scalona
p. 2 de mi novela en progreso NO SABIENDO PARA QUÉ.
