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El Sigilo

Dali

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EL SIGILO
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Cuando no dicta clases
en verano
llega la sana costumbre
de hablar poco o nada.
Como un sigilo, la casa
el café, sus veredas
el mar o las sierras
todo parece hermético.
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Diciembre a marzo
es una estación
de módica plenitud
del hombre adentro.
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En una época
usaba el soliloquio
el monólogo interior
y hasta se grababa
en italiano
como un stronzo de Nápoli
merecedor de alguna burla:
snob, tilingo, vanidoso.
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Pero esta vez es otra cosa.
Como un ejercicio
de su acupunturista:
no solo desprecia el habla,
se está negando a pensar
y más aún, discutir.
Como el silenciero
de su adorado Di Benedetto.
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La cosa es así:
elige un objeto abstracto.
Uno solo
para que el acto sea puro.
Con los ojos bien cerrados
piensa en un arquetipo
que ni siquiera tiene contornos
ni color, ni textura, ni aroma.
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Cuando todo lo seguro
(lo dicho, pensado,
defendido)
desaparece
le queda la luz de las cosas.
No la idea, el sentido:
un tono, un calor
una piedad difusa.
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Una sola luz
para que sea puro
aunque siempre termina
haciéndosele de noche.
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Marce