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Mamá me mandó hasta la vía, un pasillo de ranchos, levantados a la vera del ferrocarril abandonado, entre Ayacucho y Colón, enfrente de la plaza Remedios de Escalada o Evita. Un nombre reversible, según fuera el gobierno, conservador o popular. Había llovido toda la noche, hacía frío, los 1° de mayo de mi infancia había escarcha, y un chico de clase media como yo, entonces, podía entrar sin temor ni peligro a un pasillo de ranchos en el barro. Era la primera vez que iba a ese pasillo aunque yo era un callejero, para mí no tenían secretos los baldíos, los pasajes, las plazas, Tablada, Manuelita, el Bajo Ayolas, el Mangrullo.
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El mandado era preguntarle a “la Juana”, que trabajaba en casa, si podía venir esa tarde a ayudar en la limpieza; quizá lavar una muda de ropa y planchar otro tanto. Habré tenido 10 años, para mí no había fronteras entre el asfalto y las calles de tierra, o entre mi casa de dos pisos, de material, y los ranchos de lata. Ni entre la Eva y Remedios de Escalada. Aún hoy, soy una persona que se acomoda bien en cualquier sitio, y creo que es porque no termino de encajar del todo en ninguna parte.
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El caso es que aquel día, cuando hice unos metros por el caminito irregular de alambres, gallinas, perros, humo de leña y grasa de peya, apareció un pequeñín tiznado, con dos patitas ateridas y chorreadas, una rodaja de pan blanco, ancha, a la que antes de morder pasaba la lengua para chupar el azúcar y la manteca. Esas confituras de los pobres, nosotros vivíamos en el asfalto pero teníamos la misma golosina. Esa, y el pan con aceite y sal, antes del almuerzo. Un barrio de trabajadores. De fronteras, mi viejo era empleado del Correo y patrón de un tallercito metalúrgico. El marido de la Juana era estibador en el puerto.
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Pregunté al chiquitín si sabía cuál era la casa de la Juana y me tomó de la mano con esa naturalidad con que vivíamos allí dos chicos diferentes. Me dijo que la Juana era su mamá, que él se llamaba “el Chino” y que tenía 7 años. Le dije que su casa era muy linda, que parecía una gran escarapela, con todas las tablas de las paredes pintadas de celeste y las chapas del techo, de blanco. Entonces me hizo notar un tragaluz lateral y su alero que estaba desplegado hacia arriba. Lo bajó y allí estaba pintado el sol amarillo de la bandera de guerra, pero me lo mostró con una felicidad como si él fuera el Tamborcito Tacuarí. Ninguno de los dos sabía entonces, que faltaban muchos años para que hubiera estas feroces batallas narcos, en estas mismas calles, en estos mismos pasillos, hoy, tejidos por el demonio.
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La Juana me dijo que le dijera a mamá que recién iría a las cuatro, porque era 1° de mayo y había hecho locro y empanadas, y comían con unos parientes que habían venido de Goya. Me dijo también que le dijera a mamá que ese día no iba a planchar, porque le dolía mucho la cintura. Me acuerdo de eso, un escritor se hace en los detalles.
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Hice el camino de vuelta con el Chino, empastados en la charca gelatinosa que ya iba deformando la huella y los bordes sólidos. Él ya casi se había comido todo el pan cuando llegamos al extremo en la vereda de Ayolas, frente al dispensario municipal, que todavía está allí. Entonces, a modo de despedida me dijo algo inolvidable. Algo triste y dulce como eran aquellos días. Dijo: –Por culpa de este barro, nunca entran al pasillo ni Papá Noel ni los Reyes Magos.
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———————–MARCE—
1° de mayo 2015
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DEJARSE
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Todavía quedan algunos trastos inútiles
en la casa de los padres muertos.
Cualquier papel, foto, hasta una percha
de 1960, del Hotel Savoy
puede ser una amenaza a …
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HOLOGRAMAS
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Stephen Hawking es uno de mis poetas favoritos. Acaba de decir que el cantante de One Direction, Zayn Malik, no ha dejado de participar en …